
Mi vecino, creía yo, escuchaba discos de Bach. Pero no era Bach, era un piano que en mi vida había escuchado. Una tarde, al pasar por el pasillo, la puerta entreabierta del departamento de al lado, hizo que lo viera: estaba frente a una computadora, de espaldas a mí, escuchando ese piano. Yo entraba a mi departamento y abría la puerta del balcón, para que entrara el piano, callaba los ruidos de la casa, desenchufaba la heladera, me tiraba, con un poco de vergüenza, en el piso del balcón. A veces el vecino cerraba la ventana, y el sonido se perdía. Con el correr de las semanas, fui entrenando el oído. Es algo curioso: nunca escuché la misma melodía. No sabía quién era el artista, pero tenía una impresionante serie de melodías. No me llevó mucho tiempo conocerle los horarios a mi vecino y saber qué, apenas comenzaba a caer el sol, comenzaba el piano. ¿Lo tocaba él?, llegué a pensar que sí, pero había visto que no. Podría ser una grabación, justo cuando entreví entre la puerta. Comenzaba al atardecer y a veces no paraba hasta que amanecía. Yo me quedaba escuchando, hasta dormirme. Muchas veces me levanté del suelo del balcón, con la camisa arrugada y a punto de tener que irme a trabajar. Un día decidí esperarlo, en el pasillo, y preguntarle por el pianista. Si tenía suerte, hasta podía prestarme los discos. Me senté en el escalón del tercer piso. Dentro de poco, como hacía todos los días, llegaría, ya estaba atardeciendo. Lo escuché subir, con bolsas de supermercado. Grandes ojeras. Una barba despareja, algo pelado y con varios kilos de más. Algo que me llamó la atención, nunca lo había visto de frente y tan cerca. Parecía un verdulero, un productor agropecuario, un taxista, una persona, en suma, vulgar. Hubo un diálogo corto y seco. Me prestó el disco, un solo disco, grabado, que no tenía ninguna inscripción. Me dijo: tengo otro, llevátelo. Y se metió en su departamento. Puse el disco en el reproductor, y nada. La lectora de mi equipo no es muy buena, está algo vieja. Cambié, entonces, a la reproductora de la computadora. Entonces se abrió una ventana que me preguntaba si deseaba ejecutar un programa, pulsé que sí, me volvió a preguntar, pulsé que sí, tardó quince segundos, me volvió a preguntar si estaba seguro de instalar en mi equipo y volví a pulsar, perdiendo la paciencia, volví a pulsar que sí. Era un programa. Me puse los auriculares, subí el volumen, y nada. Silencio. No funciona, pensé. O me tomó el pelo, este viejo estúpido. En una ventana del msn, un compañero del trabajo me preguntaba algo, traté de responderle rápido porque quería ir a reclamarle a mi vecino por el CD. Cuando tipeé la respuesta, escuché, sí, unos sonidos horribles. Me extrañó. Mi habló mi pequeña en tora ventana del msn, le escribí una respuesta, volví a escuchar, una música un poco mejor. Ahí entendí. Cada nota estaba en cada letra del teclado, y en las combinaciones del teclado. Así que estuve toda la noche escribiendo compulsivamente. A la segunda botella de vino, confieso, mejoré un poco, pero era, de lejos, muy mal músico. De cualquier modo, le di duro. Había amanecido y yo seguía dándole al teclado, a veces priorizando una buena nota, a veces, buscando una buena frase. Ni cuenta me dí pero llegaba tarde al trabajo. Al salir, me encontré con el viejo. Le pedí que me mostrara lo que escribía. Me dio un CD. Cuando volví a la noche, puse el CD en la computadora, era un archivo de Word, sólo escritura. Leí toda la noche, sin los auriculares, en un completo silencio, leí la más maravillosa novela, acompañada por las notas de un piano que no sonaba pero yo, como la vieja imagen acústica, interpretada en algún costado de la cabeza. Cada frase era un acorde, cada acorde era una frase. El quiebre, la repetición, me fascinaron. No era una obra que simulara a Becket, como si fuera poco, sino una trama sencilla, de lenguaje seco y contundente, como la escritura norteamericana. Desde ese día, sigo escuchando el piano, pero no tirado en el piso del balcón, sino con los archivos de Word que me pasa el vecino.