¿Existe alguna política editorial, una intervención estatal, una producción pública capaz de pelear en el mercado, en torno al precio y la calidad de los libros que circulan? La respuesta, que ampliamente desconozco, es intuitivamente NO. Pero, ojo, a tono con este franja morada que tiñe la épica de otra pronta semana santa -donde celebraremos la resurreccción de Cristo y de Alfonsín- me he vuelto propositivo; con propuestasquién sabe si inviables pero sí ampliamente ineficaces, y con un discurso, ciertamente, contradictorio a la práctica o de retroceso de posiciones de avanzada que bosquejo, en fin, Susana, ni sé qué digo; menos a qué iba. Ah, sí: estaría bueno tener, en la estructura del poder ejecutivo nacional, una secretaría de cultura, no? Tá, quizás aumente inútilmente el gasto público, derive en un festival de contratos a los amiguitos y curritos de consultoras de los funcionarios a designar, pero también, en una de esas, si la mira se calibra en la gente a elegir -y sino, claro, se la cambia- la cosa podría andar, se me ocurre. En fin, es una propuesta, nomás. Calma, soy Giordano y también me tiene loco el tema de la inseguridad.