No sé si alguna vez lo dije, pero tengo la sensación (muy particular y, en cierto aspecto,
orginil) de que todos los días pasa de todo y nadie hace nada. Posta.
Llegando, mejor, a temas importantes, porque venimos de la
chabacanería, qué país, queda bien hablar mal de
Tinelli, pero hay que ver a
Tinelli para hablar mal, lo cual resulta, este proceso de parecer de "conciencia crítica"
hartamente aburrido.
Iba a que mi flan de remolachas, ay, querida, qué ricura.
Ok, si alguno de mi oficina está leyendo estas líneas, sepa que tengo pensado -seriamente, meditado, incluso- ir a trabajar uno de estos días. Te digo más, posiblemente mañana,
mirá vos.
Bue, sigo: hoy tuve un día culinario. No es fácil, digo, desplegar estos talentos y que la Extraña Dama quiera decirle al mundo que es todo mentira y que pida una
pizza. Oh, los problemas que debe afrontar un hombre de treinta años en el mundo de hoy: nota de la revista VIVA para el domingo, de nada por la idea.
Mientras por el
MSN converso con una amiga que está en "Pan y Rosas" (no sé qué será eso, pero el uso de las palabras "burocracia" y "camarilla" revela que debe ser pariente de mi amigo
Brutroski) voy oliendo el dulce sabor del puré de remolachas con salsa blanca, crema de leche, nuez moscada, queso rallado en tiras; y
mozzarella apelmazada -es así: primero se corta en grumos, luego se hace una bocha quita nervios con la palma de la mano, y ahí
tá- que está en el horno, a baño maría (lo dejo una media hora, luego, le desparramo arriba morrones y tomates hechos como
pikles y algunas aceitunas, y luego lo meto unos minutos más al horno) y decía que mientras tanto me prometo recordar los tiempos de la adolescencia, regados con
Benedetti, que a su previsible muerte -
tá, toda muerte es previsible; hasta, incluso, la de dios: pero sobretodo, desde que el post
estructuralismo anda, como
Bush y como Obama, matando todo lo que está en pie, desde la palabra al libro al hombre al lenguaje, toda muerte es más previsible que la sana y sofisticada forma en que nos angustiamos por saber que moriremos- me da como que también, ha muerto un poco de mí. De lo que fui.
También tenía ganas de desquitarme de ese
submundo estéril que son los literatos, dónde
Benedetti, en los 90, y ahora también, fue una mala palabra. Dentro de 30 años, los nietos de esos malditos de pacotilla, quizás lo lean de otro modo (siempre y cuando, claro está, don Mario no siga siendo popular y leído masivamente, pecado que, se sabe, en la Facultad de Filosofía y Letras, para legitimar su quizás inútil existencia, es ampliamente rechazado: nada peor, para un estudiante de letras de las capitales liberales del
país nada peor, decía, que un escritor que sea tan traidor, tan paria, tan
hijueputa de ser leído por mucha gente de a pie:
ahhh, pecado imperdonable si los hay!); pero, de nuevo, quién sabe. Quién sabe si yo, y mis flanes y budines, estaré al pie del cañón o del otro lado del cañón en treinta años. Nadie sabe. Nadie sabe nada y por eso es que nadie hace nada y así estamos, Susana. Mezclando la biblia y el
calefón, cual si fueran lo mismo: querida, la Biblia la lee cualquier
boludo, fabricar
calefones es asunto de ingenieros! Por eso hay técnicos que arreglan
calefones y hay curas y pastores que interpretan la biblia. Los primeros,
laburan todo el día, se capacitan, pelean el mango. Los segundos, no
laburaron en su vida, escuchan pecados de la señora gorda de mi barrio y se sonrojan (saben que su compañero de seminario tiene pecados, a la sazón delitos penales, ampliamente más graves) y viven de arriba y dicen cualquier
boludez, que total la biblia, como la palabra burocracia y camarilla, sirven tanto para un lavado como para un fregado.
Ya debe estar mi flan.