Colateral al artículo de Ernesto TNmbaunm en La Nación, los Fernandez, Abel y Gerardo, exploran debates que son interesante para seguir. No es mi propósito refutarlos, porque Abel no me conoce personalmente, pero mi amigo Gerardo puede dar fe de que no estoy a la altura de ellos. Soy demasiado petiso, hasta el punto que recién en séptimo grado logré formar fila como segundo, gracias a que mi amigo Maxi tuvo la gentileza de ser más bajo que yo.
Los primeros años del kirchnerismo fueron raros. Había una negociación -en mi caso, con 32 años, vista por primera vez- desde la política y desde la presidencia con los factores reales de poder.
El mercado en su expresión más pura es como el político absolutamente coherente: una imposibilidad ontológica. Pero, las negociaciones en torno al poder de facto siempre fueron para favorecer a unos en desmedro de otros Kirchner inaugura una etapa tan lejana como inolvidable: no recibió por muchos meses -una eternidad argentina- a la CGT de los Gordos, a la Iglesia Católica, a la UIA, a las asociaciones de Bancos, etc. Tampoco recibía en público a los gobernadores heredados del menemismo -que ahora les cobran esas humillaciones en el Senado y en el peronismo que les gusta a los Disidentes.
Kirchner fue un presidente más débil que Illia, pero que supo construir un mínimo anclaje de poder. Ayudado por las circunstancias, en el 2005 sacó la friolera del 38% de los votos y la derecha ya hablaba de "hegemonía".
Casi todo el peronismo quería ser más kirchnerista que Cristina Fernández y el mal llamado progresismo, también. Así que abogados de la justicia social como Juan Carlos Romero y Carlos Verna eran kirchneristas al lado de revolucionarios en llamas como Luis Juez, Aníbal Ibarra y Hermes Binner.
Cada cual peleaba por su conchabo en el espacio ideológico -y ya que estamos, en el más tangible de los contratos, también.
El kirchnerismo, tras gobernar siete años -tres eternidades argentinas- fue concluyendo su ciclo, agravado por fantasmas recurrentes de la historia nacional: el populismo aliado a Venezuela versus los Estados Unidos del honesto paladín de las inversiones extranjeras, Antonini Wilson, fue el anticipo chiquitititisísimo de algo resueltamente imposible de hacer en la argentina: meterse con la oligarquía. Ni Perón pudo. Irigoyen fue su aliado y lo voltearon.
La suma de nimiedades desgastantes -la crisis energética, la de la Gripe A, las carteras, los extraterrestres, las invasiones marcianas, la escribanía, los mocasines, tocarse un huevo, etc- fueron nada, comida para los que comen faroles, al lado de ese pecado de agitar el viejo fantasma. Nuestra historia había dado por sentado que el peronismo, desde el 76 a la fecha, había entendido las reglas de juego. Desde el 74 hacia atrás la historia gira en torno al hecho maldito del país burgués. Desde el 74 se opera esa hegemonía de que con ciertas cosas no se jode, ratificada para los que tuvieran dudas con el período del 76 al 83. Puede, acá, agregarse la caída del sueño de la primavera alfonsinista, allá por el 85, 86, o si se quiere, 87.
El asunto es que el kirchnerismo se debilitó desde el día en que midió mal las fuerzas en pugna: progresistas y peronistas, en proporciones idénticas a sus fuerzas reales, huyeron. En nombre de lo que sea, huyeron. Una lectura fina de lo que se discutió en las cámaras legislativas el día que Cobos tartamudeó y votó a pedido de su hija en edad escolar, revela que ni entregarse de pies y manos a la pequeña y mediana oligarquía servía para nada: se había traspasado un límite.
Que te peguen por izquierda y por derecha, que se junten todos a pegarte, es el ideal de cualquier buen peronista. Pero. ¿Qué pasó, que el clivaje Patria vs oligarquía, Pueblo vs Unión Democrática no cuajó?
Hay varias hipótesis en danza. Y yo creo que esas varias mezclan dosis variables de realidad y verdad. Hay cambios en la configuración social e ideológica -aún quitando el espesor del medio pelo que se interroga: ¿Argentina, exepcionalidad histórica o vanguardia de la revolución europea en américa latina?; hay errores de lecturas de fuerzas, quizás, y de implementación (mmm) pero sobretodo está el peso de la historia. Las cosas que no debían decirse, sacarse a la luz, mostrarse siquiera como intenciones: con la clase social dominante y su imaginario de país, es simple, acá, no se jode.
Bue, de todos modos, este es otro debate, donde al cuete me metí, porque ya está resuelta la derrota, y en cierto modo, solamente el tiempo logrará que los balances se elaboren. Quizás mi único temor es que nuevamente se consolide el silencio en torno al peso de la clase dominante y su imagen de país: somos esto, en minoría los que no creemos que seamos solamente ésto, en franca minoría cultural.
El caso es que el debilitamiento del kirchnerismo y el apartamiento de peronistas y progresistas detrás de su supervivencia política, elevó los grados de tensión entre estas alas, al punto de que ahora el debilitamiento es achacada a un ala por la otra ala y viceversa.
Mientras el kirchnerismo no fue débil, Kirchner hacía lo propio de su mentor ideológico: gobernaba la tensión de la, ejem, diversidad. Incluso, convocaba a una síntesis superadora, pero solamente en los discursos.
Conducción peronista clásica. Distintas alas, poco más, poco menos enfrentadas, con grandes coincidencias pero que sus diferencias sólo podían ser resueltas por el líder.
Y así era.
Cuando se sacó el cuadro de Videla, me acuerdo que Hebe de Bonafini pidió que no estén los gobernadores. Lo que motivó el enojo de algunos gobernadores, que de todos modos asistieron.
Debilitado el kirchnerismo, una y otra ala acusa al líder de que el debilitamiento es producto de que se haya ido con una u otra ala.
En el interín quedó, para gobernar estos días, una minoría consistente y aguerrida, que muy pocos presidentes tuvieron tras tantos años en el gobierno nacional. Se verá en el futuro si la fragmentación opositora alcanza para el porvenir, o si se logra sumar lo que falta para lograr una primer minoría triunfante.
Pero en la actual etapa, así son las cosas.
Que Kirchner se haya cerrado sólo en el PJ y la CGT y esa sea la causa de la debilidad a mí no me cierra. Ojo, yo fui un modesto aportante a la causa transversal, insignificante en el escenario político real, pero bue, debo aclararlo para ser honesto. Así como ahora soy un modesto aportante al justicialismo.
La cuestión es compleja, como es la política.
Y sinceramente, no le encuentro la vuelta.
Quizás podría decirse que lo que queda es un sinceramiento -tras la huída de los admiradores de encuestas- de las proporciones reales que significan y representan, a grandes rasgos, el progresismo y el peronismo. En esas proporciones, hay que, quizás, pensar la política por regiones.
En la ciudad de Buenos Aires con el PJ posiblemente se saquen menos votos que con el, ejem, Partido Solidario. Pero con Heller, ojo, sólo se saca el 10% en ese distrito, un 1% a nivel nacional, dicho a grandes trazos.
¿Serviría tener en Tucumán a un candidato del Credicoop? Lo dudo. ¿Sirve ir con el PJ? La historia demuestra que sí. ¿Pero cuál porcentaje de votos nacionales aporta el PJ tucumano? No tengo ganas de sacar el cálculo, pero sí, hay que tener en cuenta que aporta mayor porcentaje, y además, intendencias, la gobernación, senadores nacionales (que en esta etapa valen oro) y una identidad de despliegue nacional.
¿Significa eso renunciar entonces a la identidad definida como de "clase media" (como si en Tucumán no la hubiera y no votara al PJ)? No, no. Las dos cosas. Mucha transversalidad, además.
El punto es a qué costo, en qué proporción y con qué incentivos.
Si el amable lector de este blog llegó a este punto de la lectura, es bastante probable que le interese saber mi opinión sorbe tan intrincada cuestión de qué proporción, a qué costo, en qué medida y con qué incentivos.
Pues bien, no tengo la más puta idea.