Sarlo vs. Merklen
Una lectura de La audacia y el cálculo, último libro de Beatriz Sarlo. Adjetivos, descripciones y problemas de método. La sociología de Denis Merklen como salida al atolladero de la crítica cultural pre y pos moderna.
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1. “Sólo queda afuera de Celebrityland quien se retire del mundo” La muerte de Néstor Kirchner catalizó la publicación de una cantidad de libros que se sumaron a la bibliografía ya existente sobre el kirchnerismo. Entre todo ese corpus, se destaca La audacia y el cálculo, de Beatriz Sarlo, la única intelectual cuya lucidez es señalada consensualmente por exponentes tanto de la derecha como de la izquierda. Con una larga y muy fructífera carrera académica en relación a la literatura argentina, y con una filiación política que empezó en el maoísmo del Partido Comunista Revolucionario, tuvo un muy breve paso por el peronismo en los 70 y finalmente se decantó hacia el alfonsinismo y el Frepaso (siendo su último avatar la solicitada en favor de la candidatura de Hermes Binner), Sarlo construyó un lugar ligado al progresismo que en la actualidad critica al gobierno desde el foco de la cultura. La audacia y el cálculo es el libro en que se dedica a pensar específicamente la figura del ex presidente tras haber puesto un pie en la prensa grande escribiendo sobre política. Sin embargo, aunque el subtítulo sea Kirchner 2003-2010, aunque en la contratapa se lo mente una y otra vez (“Despótico, decidido, autoritario…”), y aunque su imagen aparezca en la portada, lo cierto es que el análisis sobre el ex presidente y sobre los núcleos centrales de la política kirchnerista (la resolución 125 o los avances en materia de derechos humanos) recién empiezan promediando el libro, después de más cien páginas dedicadas a Gran Cuñado, los blogs en general y la “blogósfera kirchnerista” en particular, los tweets de Aníbal Fernández en contraste con los de Macri o el vestuario de la presidenta. Además, según ha señalado especialmente la nota de Horacio Verbitsky en Página/12, los análisis parten de una serie de errores fácticos, lo que les quita precisión. Por el contrario, los desgloses previos acerca de la gramática, la sintaxis y el léxico de los medios y las redes sociales son muchas veces correctos en sus observaciones formales, aunque también muchas veces no pertinentes respecto del tema del libro. ¿O es que resultan pertinentes en calidad de fenómenos satelitales del kirchnerismo? En ese caso, no se entiende por qué no fueron igualmente considerados otros fenómenos de coyuntura como la sintaxis informativa de TNy Clarín (que no merece ninguna mención) o el caso Papel Prensa (que sólo merece un abigarrado paréntesis). La desorientación continuará, a menos que se invierta la fórmula y se trate de leer qué es lo que evidencia ese planteo de la composición general del libro. Si los señalamientos acerca de los medios ocupan más espacio y resultan más precisos que los que hacen a la política en sentido estricto, quizás no se deba sólo al hecho de que la crítica cultural sea el terreno de origen de Sarlo. Podría pensarse que hay algo más: la tesis general del libro sería, en esa perspectiva, que lo realmente significativo del período 2003-2010 no es el kirchnerismo, sus distintas acciones de gobierno y la renovada movilización social, sino… el imperio de los medios sobre la sociedad y la política. Nueva desorientación del lector: todo eso, según creíamos, era algo que había sucedido durante los años 90. En la actualidad, suena un poco extemporáneo reducir la esfera pública a un programa de televisión privado (o bien a “Celebrityland”), sobre todo después de diciembre de 2001, la recuperación del rol del Estado y el reinicio de los juicios por los crímenes de la dictadura (entre otras cuestiones). El empleo de itálicas para marcar distancia respecto de términos muy incorporados al uso, como zapping o tweet, subraya este efecto, y hasta fuerza la pregunta acerca de quién es el lector hipotético del libro, dado que se escribe como si estuviera dirigido a un público de una franja etaria no familiarizada con la tecnología. En el mismo sentido, si la idea de farandulización de la política recuerda a los argumentos propios de gran parte del progresismo resistente durante los años de Menem, se debe a que esos son, justamente, los lugares que Sarlo quiere para el kirchnerismo y para sí misma: el gobierno iniciado desde el 2003 se diferenciaría poco y nada del menemismo frívolo, su lógica es “la lógica binaria de los medios”, y ella sigue siendo la intelectual que critica el vaciamiento de la dimensión política. Sin embargo, ese extenso análisis inicial (que prepara el terreno para leer, páginas después, un kirchnerismo “farandulizado”) revela también una fascinación con los medios propia de una lectura posmoderna pura y dura de la realidad, según la cual la política se juega ahí, en la instancia mediática, y no en la negociación de conflictos sociales y económicos a través de medidas concretas y movilización. Sarlo ha hecho de la crítica a la posmodernidad un bastión fuerte de su carrera intelectual; ahora, al revés, hace una lectura posmoderna y ése es su bastión contra el kirchernismo. 2. “Cristina Kirchner no ha entendido esto bien” Las observaciones sesgadas o no asistidas por una justificación continúan durante todo el libro. Por citar dos ejemplos: se menciona que el peronismo, “a diferencia del radicalismo, siempre se metió con los medios”, descontando señalar las diversas intervenciones y manipulaciones de la Junta Coordinadora de Enrique Nosiglia durante la presidencia de Alfonsín (ver El Coti, de Darío Gallo y Gustavo Álvarez Guerrero, que salió por Sudamericana en 2005); se escribe que el imaginario mediático de “Celebrityland” tiene una influencia muy importante, contradiciendo el dictum, pronunciado durante su participación en 6,7,8, según el cual hace mucho tiempo que los medios han dejado de tener influencia sobre la población (la argucia de esa contradicción es evidente: Tinelli influye, por lo tanto idiotiza, pero TN no influye, por lo tanto no hay cargo para imputarle). Ese conjunto de imprecisiones debe vincularse a la indecisa posición enunciativa que adopta Sarlo en sus líneas. “Para entender hay que describir”, redacta, mientras con la otra mano interpreta, juzga, descalifica, en oraciones de claridad cartesiana que a veces disimulan mal el tono crispado traducido en hipérbole: “ser progresista”, ironiza sobre los Kirchner, “es violar todas las leyes y normas y necesidades del federalismo”. Sarlo califica y no califica los objetos de descripción alternativamente; esa decisión le asigna al libro un plus de arbitrariedad que no se condice con las críticas al kirchnerismo. Resulta más confuso todavía que frases cargadas hasta la médula de connotaciones peyorativas sean camufladas como enunciados objetivos. El escamoteo busca construir un lugar de enunciación más allá de los tironeos de la política, lo que en este caso es impracticable desde el vamos. Volvamos al imperativo antes citado: “Para entender hay que describir”. La preocupación casi obsesiva del libro es entender todo lo que ocurre a su alrededor en tiempo presente, lo cual sería elogiable si no fuera porque su consecuencia a nivel de la enunciación es el permanente reparto de atribuciones: “Kirchner entendió mucho de política”, “La ropa pública no es una acción privada. Cristina Kirchner no ha entendido esto bien”, “Artemio López es un viejo peronista que entiende perfectamente este potencial” (se refiere a los blogs), “Eso es entender a la perfección las reglas de Celebrityland”. El objeto de análisis y comprensión va cambiando, pero lo que no cambia es el lugar de enunciación omnisciente, que todo lo comprende, y desde el que resulta natural escribir la siguiente humorada autocontradictoria: “Quisiera que los siguientes calificativos fueran leídos descriptivamente: abigarrado, ampuloso, barroco, pesado, falto de claridad conceptual, demasiado engamado o de un cromatismo chillón. Así se vistió, hasta la muerte de Kirchner, el cuerpo ceremonial del Estado”. Que se haya entendido mejor o peor el canon según el cual la presidenta debería elegir su indumentaria no resulta, en todo caso, tan relevante; importa más en cambio cuando esa enunciación autosuficiente, pre o posmoderna (ya veremos) e imprecisa, aborda la relación del gobierno con las clases populares. 3. ”La relación del kirchnerismo con las organizaciones sociales consistió básicamente en cooptar a sus dirigentes con cargos en el Estado y paquetes de planes sociales y mantener el nivel conflicto lo más bajo posible” La fijación con los medios de La audacia y el cálculo no construye sólo un kirchnerismo frívolo. Apunta, también y de manera más estructural, a ofrecer una imagen decadentista de la sociedad -especialmente de las clases populares. La argumentación hace pie en el consumo cultural y se dispara hacia otras esferas. Por ejemplo, y sin escalas, al terreno ético: Sarlo señala que la cabeza de Maradona “se moduló en el cruce de Fiorito y el país de la fama, una tierra donde se puede hacer cualquier cosa mientras se adore a los hijos y a la madre”, lo que implica: superficialidad y sentimentalismo de las clases populares, pues ellas también están, recordemos, configuradas según los patrones de los programas de farándula que consumen. El lugar de “fiscal de la cultura” que adopta Sarlo (simétrico al de “fiscal de la república” que ella ve en Verbitsky) le permite exponer esta conclusión sin necesidad de matizarla. De hecho, la misma forma del enunciado obstruye esa posibilidad, ya que la frase parece pertenecer menos al terreno de la observación sociológica fundamentada que al de la opinión. La ecuación que propone el libro es simple: las clases populares prefieren Celebrityland, y Celebrityland idiotiza; por lo tanto, al no mostrar interés por nada que escape a esa pauta de consumo, las clases populares se encuentran despolitizadas. En efecto, si “el ocio configura de modo bien profundo las costumbres y capacidades (…), los umbrales de tolerancia a la dificultad, la disposición a encarar cuestiones menos simples”, raramente quien elija ver programas frívolos en su tiempo libre podrá dedicarse a la complejidad que implica la dimensión pública. La degradación cultural tiene así su correlato en la completa pasividad política. A Kirchner, leemos, “no lo conmovían los principios que conmueven a una izquierda del siglo XXI: la dignidad y autonomía de los miserables. Los entregó atados a los caudillos que, a su vez, se le sometían”. Es secundario el hecho de que Sarlo no mencione medidas como la AUH o el plan “Un alumno, una computadora”, una de cuyas características principales es dirigir recursos del estado a los sectores populares sin mediadores; lo fundamental aquí es que el tono patético trae hasta el lector el omnipresente fantasma del clientelismo, concepto seudoexplicativo de casi todos los males de la Argentina (que también aparece en la solicitada a favor de Binner). El subtexto de ese término, por si hace falta repetirlo, es que las clases populares están sujetas a un esquema de intercambio de favores por votos que les impediría ejercer un sufragio “libre”, “ideológico”; desde una visión metonímica de la política, la consecuencia sería que estos sectores votan con el estómago o el bolsillo y no con la cabeza, en una suerte de ciudadanía imperfecta opuesta a la ciudadanía libre de determinaciones de las clases medias y altas. Y sólo así, por la negativa a reconocerle a los sectores populares una politicidad activa y una capacidad de organización virtuosa, se explica el comentario de Sarlo acerca de la marcha del 24 de marzo de 2010, en la que “prácticamente todo el espectro del progresismo estuvo para representar la continuidad histórica entre las organizaciones de derechos humanos y decenas de agrupaciones políticas y sociales a las que se agregó, como novedad de último momento, una Juventud Sindical de la CGT, que no se había visto antes en manifestaciones de este tipo. Sin embargo, para quien ha visto muchas ´plazas´, lo nuevo era el nucleamiento de 678 Facebook”. La frase concede y al mismo tiempo niega: sí, la JS fue algo novedoso, pero no tanto como el grupo de clase media reunido a través de Internet y la televisión, fetiches argumentativos de La audacia y el cálculo. El desconocimiento (cercano al ninguneo) de la transformación política que supone el compromiso con los derechos humanos de una rama joven y muy activa del sindicalismo peronista, liderados por un dirigente que construyó un sindicato desde la base (el de Trabajadores de Peajes y Afines), sólo se puede entender si pensamos en que, para Sarlo, lo que hacen las clases populares no es del todo política, o al menos siempre se verá deslucido ante las manifestaciones de los otros sectores. El inconveniente de esta posición es que no sólo resulta sociológicamente poco productiva (por ejemplo, como señala la politóloga María Esperanza Casullo -click aquí-, es difícil de cuantificar cómo el clientelismo afecta el devenir de la política) y problemática en términos ideológicos, ya que restringir la política “libre” a los sectores medios y altos de la sociedad supone una lectura más antipopular que antipopulista. Además, indica una desactualización en términos teóricos. Hoy en día, [hasta el diario La Nación admite algún matiz a la imagen de las clases populares como pasivas políticamente, atadas a los intereses y conveniencias de dirigentes corruptos (por ejemplo, click aquí, con la puesta en perspectiva del término “puntero”). Más extraño aún resulta que Sarlo no mencione, ni siquiera para rebatirlo, a Javier Auyero, politólogo que con sus trabajos etnográficos viene estudiando (y complejizando) el concepto de clientelismo desde los 90. O, todavía más pertinente, al sociólogo uruguayo-argentino Denis Merklen. Su libro Pobres ciudadanos (del 2005, hay una segunda edición del 2010 por Gorla) desarma la “alternativa errónea” entre clientelismo y ciudadanía postulando, en cambio, que las clases populares están “condenadas a la política” para sobrevivir; esto es, a ejercer presión, a negociar con el Estado, a poner juego capital político y legitimidad social. “La larga y paciente construcción de lazos sociales a nivel de los barrios del conurbano”, escribe Merklen, “fue enteramente ignorada por aquellos universitarios que leían la política en clave exclusivamente ciudadana”. Este movimiento que señala Merklen se comprueba por partida doble en la frase sobre la marcha del 24 de marzo antes citada. Allí Sarlo logra, extrañamente, hacer a la vez una lectura posmoderna y una lectura premoderna de la realidad. Posmoderna porque lo que importa no son los trabajadores organizados sino los consumidores de TV y los usuarios de la web; premoderna, previa a la Revolución Francesa, porque la política se ubica donde están los ciudadanos “libres” de las clases medias y altas, mientras que hacia abajo sólo hay, como la misma autora define, miserables entregados. 4. “A veces, un flash la asimila a una buena actriz de la televisión representando a una gran mujer política” Las escasas notas de reconocimiento a los logros políticos de los últimos ocho años aparecen, en el curso del libro, puestas entre paréntesis, subordinadas a una oración principal que las atenúa, objeta o directamente anula, o bien como nota al final de capítulo. Es cierto que la sutileza de esa decisión parece más inteligente que la iracundia de otras figuras públicas que resuelven su deshonestidad intelectual apelando a comparaciones del gobierno argentino con el fascismo. Sin embargo, a los efectos de la polémica, los dos disensos resultan tan estructurales y deshonestos que no se plantea ni siquiera el piso común de lo hecho y de lo que falta por hacer. Lo que se busca es antagonizar permanentemente las posiciones –cosa que no está mal, salvo porque esa disposición al antagonismo es lo que critican, con sentido común republicano, sus propios artículos sobre el kirchnerismo. En La audacia y el cálculo predominan imágenes de Kirchner y del kirchnerismo cuyo grado de novedad en términos de percepción de movimientos populares y democrácticos es cercano a cero. La adhesión −organizada políticamente o no− al gobierno de diversos sectores sociales, la normalidad electoral con que fueron elegidos sus representantes y las transformaciones tangibles del 2003 en adelante son acontecimientos que la prosa de Sarlo elige desconocer o desdibujar hasta volverlos irreconocibles. A cambio se escribe sobre la “versión inventada para apoyar la ley de medios”, “los sectores medios a los que les tocó el lado bueno de la reactivación”, el “ignorante patetismo” de CFK cuando “reconoció no ser muy sarmientina”, la “rusticidad” del trato de Kirchner o la “violencia estilística de Aníbal Fernández”, contrastantes con Duhalde, quien “practicó la moderación hasta que la policía, en un episodio oscuro, asesinó a los militantes Kosteki y Santillán”. En estas citas del libro, sumadas a las anteriores, el lector reconocerá un compendio de acusaciones que no le resultará históricamente ajeno: incivilidad, ignorancia, impostura, y otra serie de sustantivos con prefijo negador. Nada resulta muy distinto en “Victoriosa autoinvención”, el artículo en que Sarlo analiza la reelección de la Presidenta. Más que analizar el nivel de convocatoria y participación popular en Plaza de Mayo, Sarlo parece estar glosando las líneas de “El simulacro”, aquel cuento de Borges publicado en 1960. No se ve cómo puede pasar por complejo y lúcido un análisis político cuyo punto de partida y de llegada es que el kirchernismo resulta una gran puesta en escena. Escribía Borges en “El simulacro”: “¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez sino muchas, con distintos actores y con diferencias locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal (...) El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una crasa mitología”. Cincuenta y un años después, Beatriz Sarlo escribe en “Victoriosa autoinvención”: “La Presidenta Viuda fue la protagonista y la directora de la obra, una creación suya y de un grupo muy chico de publicitarios e ideólogos, que la dejó hacer y perfeccionó lo perfeccionable (...) La Presidenta hizo una actuación de alta escuela, mezcla de vigor y emoción; se colocó a sí misma al borde del llanto y se rescató por un ejercicio público de la voluntad. Es la gran actriz de carácter sobre un escenario diseñado meticulosamente por ella misma”. Con semejante desestimación de la voluntad popular, no es extraño que Sarlo termine el artículo de esta manera: “La novedad, por primera vez en la historia electoral argentina, es el lejano segundo lugar del Frente Amplio Progresista, dirigido por Hermes Binner y muy heterogéneo”. Sería falso negar que este segundo lugar ocupado por el partido que apoyó Sarlo es un dato relevante de la noche del 23 de octubre de 2011, pero a los ojos de cualquier lector resulta poco serio que no se mencione, como hicieron absolutamente todos los medios de comunicación, la histórica diferencia porcentual con que se impuso el Frente para la Victoria. Y, además, la estrategia argumentativa elegida implica, de nuevo, una desactualización conceptual: ¿se puede realmente seguir apelando a los mismos argumentos que en 1945, sin incorporar ningún matiz nuevo, en un esquema conceptual blindado con respecto a la realidad? En verdad, tal es la fijación en la idea del simulacro que internet y la televisión son lo único nuevo, ya no del kirchernismo, sino de la propia argumentación de Sarlo con respecto a las formulaciones del antiperonismo clásico. Parece dudoso, entonces que La audacia y el cálculo sea un libro que nos sirva para entender la coyuntura. En estos años, desde sectores tanto cercanos al gobierno como contrarios a él, se ha planteado la necesidad de que el kirchnerismo discuta con los intelectuales críticos a su gestión. El debate, en efecto, es una instancia saludable. De todas maneras, resulta importante aclarar previamente el panorama e introducir algunos matices en la politicidad de las clases populares; si no, se corre el riesgo de caer en falsas polémicas o argumentaciones poco sutiles, por ejemplo la de Martín Caparrós, cuyo último recurso, tras el 54% obtenido por Cristina Fernández de Kirchner, consistió en cuestionar la “razón democrática”. Tras décadas de historia argentina y también de peronismo, seguir reduciendo la vida política nacional a una oposición entre clientelismo y ciudadanía, como consignaba Merklen, configura una posición legitimista y simplificadora, hasta el punto en que parece preocupante que figuras intelectuales, para apoyar el armado de Binner en tanto alternativa realmente progresista, adopten como propia esa separación. Lo mismo ocurre con los zapatos de Cristina o el tono de Aníbal Fernández por radio: es cierto que forman parte de la época y por lo tanto deben ser analizados, pero su lugar es periférico y de ningún modo puede convertirse en centro explicativo del presente. Para entender realmente la coyuntura y el futuro próximo, en cambio, se impone un análisis serio y honesto del rol de las clases populares en la política, que vaya más allá de los lugares comunes y el maniqueísmo.
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viernes, diciembre 02, 2011
La manteca muy enojada la retó en inglés.
jueves, diciembre 01, 2011
Darío Gallo, sos un fraude.
Gracias, Gordo Motoneta, corazón! GRACIAS: sé que lo hiciste de puro corazón, por pura beneficencia. Ayer contaste en Twitter que hablaste con un funcionario del Gobierno Nacional (lo nombraste, comprovinciano y amigo) para que intenten ayudarme echándome de mi trabajo.
Tu plan caritativo era perfecto: lástima que te respondió que yo no soy funcionario, ni integro este gobierno.
El otro detalle de tu plan perfecto, altruista Gordo Motoneta, es que no te vas a poder hacer una campaña de victimización. Es una pena que te salga mal: porque vos sos un gordo inflado de amor, corazón.
Sensible y altruista, Gordo Motoneta, lástima que ayer estabas sacado PERO MUY SACADO contra mí, un montón de insultos, calumnias, fabulaciones, pero, Gordo Motoneta, a las 6 de la mañana todavía no contaste lo de la nota de Máximo, que no sé si sale hoy o mañana o la guardarán.
Sí, la nota que van a sacar sobre Máximo Kirchner, la que arreglaron conmigo, como fuente, la semana pasada.
Para reunirnos.
Y pasó esto y lo otro, Gordo Motoneta. Qué cosa, Gordo Motoneta, te paseé, a tus secuaces, los que me mandaste a organizar un almuerzo con vos, Gordo Motoneta, mientras conté una historia de que anduve alocado por ciudades del conurbano durante tres días, Gordo Motoneta, les contaba a los de la editorial porqué no pude cumplir con la entrega a tiempo de mi novela.
Gordo Motoneta, inventé una historia sugerentemente inmoral, perdido en Ciudadela, de ahí a la villa La Matera, en Solano, y una plaza de Quilmes y un señor bajo el puente de Liniers.
A tus mandaderos, Gordo Motoneta, los que me mandás para ofrecerme trabajo, Gordo Motoneta, les conté otra historia, inmoral, claro, bien para tu cabeza podrida de archivar tus frustraciones, de un trío, en mi casa.
Oh, Gordo Motoneta, tu jefe de política de Libre, Gordo Motoneta, y vos, Gordo Motoneta, me contaron que cierran el jueves, la Revista Noticias, Gordo Motoneta. ¿Porqué, Gordo Motoneta, el jefe de Política de Libre, el que vos me mandás a ofrecerme trabajo, me habla de "un pibe de Noticias", nota sobre Máximo, no la hace un pibe, vamos Gordo Motoneta, no tienen una puta fuente, Gordo Motoneta, te diste cuenta a la tarde que te estaba paseando hasta que llegue el cierre y después, Gordo Motoneta, reírme de vos, Gordo Motoneta.
Y mostrar cómo fabulás, Gordo Motoneta. Fijate la hora, Gordo Motoneta. porque yo sé, Gordo Motoneta, que los carpetazos te los venden (en realidad, te pagan por publicarlos) ex agentes echados por delincuentes y con pedido de captura, de esos miserables, que a vos te gustan.
Te encantan. Encima, Gordo Motoneta, los de Libre que me mandaste el jueves, te contaron que me iba a Paraná. Necesitaba estar en muchos lugares, para que varios se rían y te conozcan. Darío Gallo, Gordo Motoneta, a ver si te queda claro: tus ataques de ayer, de esa vulgaridad tan peligrosa de los Oscuros cuando se ponen nerviosos, para después retroceder, los entendí perfectamente, Gordo Motoneta. Me avisabas. Necesitabas la foto.
Los rumores, las fotos de las reuniones, algo cierto para sostener alguna canallada, ya veremos cuál (ay, está hecha ya la tapa...) y no existe nada.
Sí, la nota que van a sacar sobre Máximo Kirchner, la que arreglaron conmigo, como fuente, la semana pasada.
Para reunirnos.
Y pasó esto y lo otro, Gordo Motoneta. Qué cosa, Gordo Motoneta, te paseé, a tus secuaces, los que me mandaste a organizar un almuerzo con vos, Gordo Motoneta, mientras conté una historia de que anduve alocado por ciudades del conurbano durante tres días, Gordo Motoneta, les contaba a los de la editorial porqué no pude cumplir con la entrega a tiempo de mi novela.
Gordo Motoneta, inventé una historia sugerentemente inmoral, perdido en Ciudadela, de ahí a la villa La Matera, en Solano, y una plaza de Quilmes y un señor bajo el puente de Liniers.
A tus mandaderos, Gordo Motoneta, los que me mandás para ofrecerme trabajo, Gordo Motoneta, les conté otra historia, inmoral, claro, bien para tu cabeza podrida de archivar tus frustraciones, de un trío, en mi casa.
Oh, Gordo Motoneta, tu jefe de política de Libre, Gordo Motoneta, y vos, Gordo Motoneta, me contaron que cierran el jueves, la Revista Noticias, Gordo Motoneta. ¿Porqué, Gordo Motoneta, el jefe de Política de Libre, el que vos me mandás a ofrecerme trabajo, me habla de "un pibe de Noticias", nota sobre Máximo, no la hace un pibe, vamos Gordo Motoneta, no tienen una puta fuente, Gordo Motoneta, te diste cuenta a la tarde que te estaba paseando hasta que llegue el cierre y después, Gordo Motoneta, reírme de vos, Gordo Motoneta.
Y mostrar cómo fabulás, Gordo Motoneta. Fijate la hora, Gordo Motoneta. porque yo sé, Gordo Motoneta, que los carpetazos te los venden (en realidad, te pagan por publicarlos) ex agentes echados por delincuentes y con pedido de captura, de esos miserables, que a vos te gustan.
Te encantan. Encima, Gordo Motoneta, los de Libre que me mandaste el jueves, te contaron que me iba a Paraná. Necesitaba estar en muchos lugares, para que varios se rían y te conozcan. Darío Gallo, Gordo Motoneta, a ver si te queda claro: tus ataques de ayer, de esa vulgaridad tan peligrosa de los Oscuros cuando se ponen nerviosos, para después retroceder, los entendí perfectamente, Gordo Motoneta. Me avisabas. Necesitabas la foto.
Los rumores, las fotos de las reuniones, algo cierto para sostener alguna canallada, ya veremos cuál (ay, está hecha ya la tapa...) y no existe nada.
che, consulta, un pibe de Noticias va a escribir una nota sobre Máximo, se quería tomar un café o una birra con vos.
Y mientras estaba haciendo un trío en mi casa de Palermo y con Luigi y Cyru en la costanera de Paraná y TAMBIÉN, además de esos dos lugares, fooooo, los chicos de Libre que me siguen en Twitter no lo notaron, bue, pobres, el Gordo Motoneta me amenaza con carpetazos, y los buitres se comen el personaje, salí por primera vez en días (estaba escribiendo, reescribiendo, la novela que hace años reescribo: se llama Las Pelirojas y la terminé hoy, después de días sin salir de casa) un rato al bar de la esquina de mi casa, donde están los cuidacoches que me cuentan lo que pasa en el barrio. Estaba en tantos lugares, Gordo Motoneta, estás acostumbrado a extorsionar putitas en moteles, estás acostumbrado a creer que conocés los resortes de la perversión, a que todos quieren "arreglar", a que ofrecés buen trato a cambio de datos, a que la amenaza de un carpetazo, a la eficacia de fabular. Gordo Motoneta, te metiste conmigo, Gordo Motoneta, te metiste conmigo, y te divertiste en Twitter porque estoy solito.
Vos escribiste, Gordo Motoneta, que La Cámpora me detesta y ridiculiza. Gordo Motoneta, está en tu Twitter, no trates de borrarlo, Gordo Motoneta, porque es obvio que los guardé, no confío ni un tantito así en que no le busques la vuelta para concluir que hay un montón de fuerzas del diablo desatadas confabulándose contra los valores INMENSOS Y PUROS, que vos, extorsionador de telos-redacciones, vendrías a representar.
Porque, Gordo Motoneta, y aprovecho para decírtelo, porque capaz que tu emisario no te fue lo suficientemente claro, me importa un pito que tengas los senos como magnolias o como pasas de higo, pero a vos, forro, no te voy a perdonar la canallada que le hiciste a Pablo Ferreyra.
Vos escribiste, Gordo Motoneta, que La Cámpora me detesta y ridiculiza. Gordo Motoneta, está en tu Twitter, no trates de borrarlo, Gordo Motoneta, porque es obvio que los guardé, no confío ni un tantito así en que no le busques la vuelta para concluir que hay un montón de fuerzas del diablo desatadas confabulándose contra los valores INMENSOS Y PUROS, que vos, extorsionador de telos-redacciones, vendrías a representar.
Porque, Gordo Motoneta, y aprovecho para decírtelo, porque capaz que tu emisario no te fue lo suficientemente claro, me importa un pito que tengas los senos como magnolias o como pasas de higo, pero a vos, forro, no te voy a perdonar la canallada que le hiciste a Pablo Ferreyra.
miércoles, noviembre 30, 2011
Soberbias de mi barrio
Mi barrio, la patria de la infancia, no me dejó nostalgias. No me dejó, como una novia de colegio, esa licencia poética de las clases altas. Para quienes el tiempo es oro y el pasado un tiempo sin desperdiciar.
La nostalgia es un lujo de los dueños del mundo. Ellos pueden llevarse el alma a pasear a los tiempos quietos donde ya no hay peligro, ni azar, ni sorpresa. Donde ya no hay vida. Hay, apenas, existencia. La existencia de la rama caída, del caparazón de un tortugo, una operación aritmética, un nuevo tratado bilateral de pacificación y buena voluntad entre dos naciones que pronto se masacrarán.
Vivir y existir son cosas distintas, que se necesitan, pero inevitablemente distintas.
Vivir es asumir el riesgo, arrojarse a la suerte, combatir, inutilmente, el azar. Existir es estar ahí. Con la misma convicción que un armario.
La nostalgia es un lujo de quienes pueden volver a sus tiempos vividos.
A los hijos de los trabajadores el barrio nos moldeó la voluntad, esa necesidad de las clases bajas.
Nunca tuve un reloj pulsera, podría, hoy, comprarme uno, qué se yo, también puedo escribir los versos más turbios esta noche y decir, por ejemplo, las marcas de la ausencia ganan fuerza cuando se las combate; es una tontería solemne decirlo así, aunque, fijate: yo no pienso en que nunca tuve un reloj cuando me miro la muñeca, yo no pienso en el olvido, pero si tuviera un reloj...oh, qué cosa! El señor, ahora, mira la hora, del modo en que se debe mirar la hora, disimuladamente torciendo la muñeca, pero con gesto decidido de que eso importa. No qué hora es, eso e independiente de nuestra voluntad. Sino que uno mira la hora del modo en que debe hacerse, de la manera, de esa manera de darle importancia a la hora. De estar atento a la hora. De hacerle notar al otro que se está atento a la hora. Como hace la gente que, bueno, esa gente. Yo prefiero las putas que siempre saben cuándo pasó una hora, que no usan reloj, que no te hacen sentir que a ellas sí les importa la hora. Los señores de enormes relojes en las pulseras son invariablemente impuntuales. Las putas son las personas más puntuales de esta tierra. Yo miraba los relojes con cronómetro, con láser supertrónico, de colores brillantes, que tenían los chicos crueles de mi barrio, los que no se juntaban con nosotros, los que me formaron políticamente. Mirá, yo le gané al tiempo con los botines Fulbencito. Y arriba de los kartings, madera y rulemanes y ese entusiasmo que le ponen los hijos de la clase obrera, entrábamos todos los que no teníamos bicicleta. Arriba del kartings la velocidad se sentía, porque las maderas crujían, los adoquines te pateaban el culo. Y alguien tenía que ir atrás empujando. Y te concentrabas en los ejes, engrasar los rulemanes, pelear la calle con el volante apretado, como si en eso se jugara un Mundial, un Mundo, algo, no sé, muy importante. Da risa que cuando las madera, retazos choreados de las mueblerías, se partían contra las piedras de los baldíos, ni cuenta te dabas que al lado y como un rayo te pasaba el de la bicicleta con cien cambios. Así aprendí el socialismo. Así entendí todo. Que la bicicleta tenga un manubrio con un botón que te hace elevar a la luna y volver en un rato, no era tan importante. Los chicos de la esquina se aburrían. Y venían a dar vueltas, veloces y seguros, alrededor nuestro. No siempre estábamos concentrados en lo nuestro. Mentira. De vez en cuando los cagábamos a trompadas. Y venían los padres a quejarse. Contra nosotros, los de este lado del barrio, de las vías que nos separaban. Yo era un pibito, pero entendí todo. No lo sabía en ese momento. Lo supe mucho después. Supe que de este lado de las vías no tendríamos, nunca, mucha suerte. Yo no tuve mucha suerte, pero me hice una vida. Me hice un kartings. Y mi vieja le pidió fiado a la de la despensa los botines Fulbencito. Los de la esquina tenían todos botines adidas. Y los llevaban en un enorme bolso y hacían toda una ceremonia con medias y vendas y para atarse los cordones venía el personal de ceremonial vestido de esa manera insípida de los ceremoniales. Ellos llegaban temprano, ocupaban todos los vestuarios. Ellos no se preguntaban quién era el dueño. Ellos no miraban la calle, la siesta, la infancia, como un montón de llaves y candados y señoras que desprecian a tus padres. Cordiales vecinos, amables y respetados, capaces de indignarse porque al cumpleaños de la señora Elvira fue el caradura del zapatero: es típico de la clase baja no entender que lo invitaron para que no vaya, para que se ubique, como pedagogía; pero la señora Elvira, tan devota y asistente de los cursillos, no saben poner límites. A éstos -y nos señalaban, a los pibes del baldío, que construíamos una casa arriba del árbol- les das la mano y te agarran el codo. Yo nunca supe de qué trabajaban los padres de los chicos de la esquina. Yo estaba convencido que la gente importante jamás se rebajaría a tener algo tan tosco como un oficio. Mi mamá era maestra, mi papá un loco. Los papás de mis amigos eran zapateros, camioneros, changarines del mercado, pescadores. Los papás de los de la esquina se iban al campo. De vez en cuando. Y todos dábamos por descontado que si tu viejo estaba en el campo era por algún asunto de relevancia mundial. Nosotros hacíamos gomeras para cazar palomas. Los de la esquina a la siesta, mientras los padres dormían y nosotros no podíamos jugar a la pelota en sus veredas, porque los padres dormían la siesta, y los padres dormían la siesta todo el puto día, y nosotros dábamos un rodeo, para ni pisarles su vereda, porque nosotros les teníamos miedo, a los padres de los que se juntaban, con sus cross, sus bicis con cambio, sus remeras de equipos raros, les teníamos miedo a los padres porque nos agarraban de los pelos, y nuestros padres, jamás de los jamases le levantarían la mano al Hijo, así con mayúsculas, del Escribano; y mientras sus padres dormían todo el día y toda la noche para recuperarse del fatigante viaje al campo, los maricones de sus hijos salían con un arma de caza a deribar palomas y golondrinas y las nubes y el cielo y el sol y el baldío y la canchita y no nos tiraban un tiro porque nos tenían miedo, y por eso no iban a la plaza: si se alejaban del césped que les cortaba el papá de uno de nosotros, mientras cada uno de nosotros cortaba el césped para nuestros padres, si se alejaban de la zona verde, los corríamos a la plaza y os cagábamos a palo y les sacábamos la bici y se las dejábamos atadas en los pilotes del puerto, porque los maricones de la esquina creían que abajo del atracadero había villeros que robaban niños para obligarlos a trabajar, los maricones, por eso, nunca recuperaron ninguna pelota: deben estar, todavía, las número 5, las de cuero, flotando en el río entre los camalotes, junto a la verguenza que te da no haber entendido lo humillante que era armar, entusiastas, felices, con vocación de barrilete, una pelota de trapo. Pero, la verdad, nosotros, n éramos tan machos. Yo no quería que se note que estaba llorando, pero cuando miré a los otros, la banda de este lado de las vías, que también lloraba, trepados a los techos de chapa de la estación abandonada del tren, bah, a ver, la pelota, ok, nos dejaron sin pelota, vino el Escribano, y todos los de la esquina detrás de él, maricones, vino a la plaza, nuestro territorio, nuestro lugar en el mundo, nuestro municipal futuro y porvenir, vino y nos sacó la pelota. Y esperó que nos subamos al techo para verlo. Al lado de su pileta. Hacer un asado. Y quemar, elegantemente, nuestra pelota.
Y después, con calma, puso los chorizos sobre la parrilla. Y se sentó en su reposera.
Un verano mi papá nos explicó porqué nosotros íbamos a la playa municipal y ellos a la playa privada, la más linda, que tenía rejas y guardias y cuotas y las chicas más lindas de todo el planeta, del planeta de mi infancia, que eran cuatro manzanas y kilómetros de conjeturas. Yo estaba mirando a la rubia de trenzas que estaba en la privada, rodeada de su hermano y sus bicis y los maricones de la esquina. No lo escuché a mi viejo. Yo había aprendido, arriba del techo de la estación, lo que él decía con palabras complicada. Me conmovió que lo dijera como disculpándose. Como si él tuviera la culpa. Como si no fuese tan bueno como los padres de los maricones.
En la playa repleta de familias, barrios y mallas compradas en ofertas de saldo, sin que nadie me viera, destrocé la carta que le había escrito a la rubia de trenzas. Tenía 10 años.
A los chicos del barrio que murieron. Quería pedirles si es que hay un más allá, que me guarden la carta. Yo morí un poco ese día en el río. Si hay un más allá, ojalá que mi viejo no sienta esa culpa. Si hay un más allá, que sea justo. Hay quienes lo merecen.
La nostalgia es un lujo de los dueños del mundo. Ellos pueden llevarse el alma a pasear a los tiempos quietos donde ya no hay peligro, ni azar, ni sorpresa. Donde ya no hay vida. Hay, apenas, existencia. La existencia de la rama caída, del caparazón de un tortugo, una operación aritmética, un nuevo tratado bilateral de pacificación y buena voluntad entre dos naciones que pronto se masacrarán.
Vivir y existir son cosas distintas, que se necesitan, pero inevitablemente distintas.
Vivir es asumir el riesgo, arrojarse a la suerte, combatir, inutilmente, el azar. Existir es estar ahí. Con la misma convicción que un armario.
La nostalgia es un lujo de quienes pueden volver a sus tiempos vividos.
A los hijos de los trabajadores el barrio nos moldeó la voluntad, esa necesidad de las clases bajas.
Nunca tuve un reloj pulsera, podría, hoy, comprarme uno, qué se yo, también puedo escribir los versos más turbios esta noche y decir, por ejemplo, las marcas de la ausencia ganan fuerza cuando se las combate; es una tontería solemne decirlo así, aunque, fijate: yo no pienso en que nunca tuve un reloj cuando me miro la muñeca, yo no pienso en el olvido, pero si tuviera un reloj...oh, qué cosa! El señor, ahora, mira la hora, del modo en que se debe mirar la hora, disimuladamente torciendo la muñeca, pero con gesto decidido de que eso importa. No qué hora es, eso e independiente de nuestra voluntad. Sino que uno mira la hora del modo en que debe hacerse, de la manera, de esa manera de darle importancia a la hora. De estar atento a la hora. De hacerle notar al otro que se está atento a la hora. Como hace la gente que, bueno, esa gente. Yo prefiero las putas que siempre saben cuándo pasó una hora, que no usan reloj, que no te hacen sentir que a ellas sí les importa la hora. Los señores de enormes relojes en las pulseras son invariablemente impuntuales. Las putas son las personas más puntuales de esta tierra. Yo miraba los relojes con cronómetro, con láser supertrónico, de colores brillantes, que tenían los chicos crueles de mi barrio, los que no se juntaban con nosotros, los que me formaron políticamente. Mirá, yo le gané al tiempo con los botines Fulbencito. Y arriba de los kartings, madera y rulemanes y ese entusiasmo que le ponen los hijos de la clase obrera, entrábamos todos los que no teníamos bicicleta. Arriba del kartings la velocidad se sentía, porque las maderas crujían, los adoquines te pateaban el culo. Y alguien tenía que ir atrás empujando. Y te concentrabas en los ejes, engrasar los rulemanes, pelear la calle con el volante apretado, como si en eso se jugara un Mundial, un Mundo, algo, no sé, muy importante. Da risa que cuando las madera, retazos choreados de las mueblerías, se partían contra las piedras de los baldíos, ni cuenta te dabas que al lado y como un rayo te pasaba el de la bicicleta con cien cambios. Así aprendí el socialismo. Así entendí todo. Que la bicicleta tenga un manubrio con un botón que te hace elevar a la luna y volver en un rato, no era tan importante. Los chicos de la esquina se aburrían. Y venían a dar vueltas, veloces y seguros, alrededor nuestro. No siempre estábamos concentrados en lo nuestro. Mentira. De vez en cuando los cagábamos a trompadas. Y venían los padres a quejarse. Contra nosotros, los de este lado del barrio, de las vías que nos separaban. Yo era un pibito, pero entendí todo. No lo sabía en ese momento. Lo supe mucho después. Supe que de este lado de las vías no tendríamos, nunca, mucha suerte. Yo no tuve mucha suerte, pero me hice una vida. Me hice un kartings. Y mi vieja le pidió fiado a la de la despensa los botines Fulbencito. Los de la esquina tenían todos botines adidas. Y los llevaban en un enorme bolso y hacían toda una ceremonia con medias y vendas y para atarse los cordones venía el personal de ceremonial vestido de esa manera insípida de los ceremoniales. Ellos llegaban temprano, ocupaban todos los vestuarios. Ellos no se preguntaban quién era el dueño. Ellos no miraban la calle, la siesta, la infancia, como un montón de llaves y candados y señoras que desprecian a tus padres. Cordiales vecinos, amables y respetados, capaces de indignarse porque al cumpleaños de la señora Elvira fue el caradura del zapatero: es típico de la clase baja no entender que lo invitaron para que no vaya, para que se ubique, como pedagogía; pero la señora Elvira, tan devota y asistente de los cursillos, no saben poner límites. A éstos -y nos señalaban, a los pibes del baldío, que construíamos una casa arriba del árbol- les das la mano y te agarran el codo. Yo nunca supe de qué trabajaban los padres de los chicos de la esquina. Yo estaba convencido que la gente importante jamás se rebajaría a tener algo tan tosco como un oficio. Mi mamá era maestra, mi papá un loco. Los papás de mis amigos eran zapateros, camioneros, changarines del mercado, pescadores. Los papás de los de la esquina se iban al campo. De vez en cuando. Y todos dábamos por descontado que si tu viejo estaba en el campo era por algún asunto de relevancia mundial. Nosotros hacíamos gomeras para cazar palomas. Los de la esquina a la siesta, mientras los padres dormían y nosotros no podíamos jugar a la pelota en sus veredas, porque los padres dormían la siesta, y los padres dormían la siesta todo el puto día, y nosotros dábamos un rodeo, para ni pisarles su vereda, porque nosotros les teníamos miedo, a los padres de los que se juntaban, con sus cross, sus bicis con cambio, sus remeras de equipos raros, les teníamos miedo a los padres porque nos agarraban de los pelos, y nuestros padres, jamás de los jamases le levantarían la mano al Hijo, así con mayúsculas, del Escribano; y mientras sus padres dormían todo el día y toda la noche para recuperarse del fatigante viaje al campo, los maricones de sus hijos salían con un arma de caza a deribar palomas y golondrinas y las nubes y el cielo y el sol y el baldío y la canchita y no nos tiraban un tiro porque nos tenían miedo, y por eso no iban a la plaza: si se alejaban del césped que les cortaba el papá de uno de nosotros, mientras cada uno de nosotros cortaba el césped para nuestros padres, si se alejaban de la zona verde, los corríamos a la plaza y os cagábamos a palo y les sacábamos la bici y se las dejábamos atadas en los pilotes del puerto, porque los maricones de la esquina creían que abajo del atracadero había villeros que robaban niños para obligarlos a trabajar, los maricones, por eso, nunca recuperaron ninguna pelota: deben estar, todavía, las número 5, las de cuero, flotando en el río entre los camalotes, junto a la verguenza que te da no haber entendido lo humillante que era armar, entusiastas, felices, con vocación de barrilete, una pelota de trapo. Pero, la verdad, nosotros, n éramos tan machos. Yo no quería que se note que estaba llorando, pero cuando miré a los otros, la banda de este lado de las vías, que también lloraba, trepados a los techos de chapa de la estación abandonada del tren, bah, a ver, la pelota, ok, nos dejaron sin pelota, vino el Escribano, y todos los de la esquina detrás de él, maricones, vino a la plaza, nuestro territorio, nuestro lugar en el mundo, nuestro municipal futuro y porvenir, vino y nos sacó la pelota. Y esperó que nos subamos al techo para verlo. Al lado de su pileta. Hacer un asado. Y quemar, elegantemente, nuestra pelota.
Y después, con calma, puso los chorizos sobre la parrilla. Y se sentó en su reposera.
Un verano mi papá nos explicó porqué nosotros íbamos a la playa municipal y ellos a la playa privada, la más linda, que tenía rejas y guardias y cuotas y las chicas más lindas de todo el planeta, del planeta de mi infancia, que eran cuatro manzanas y kilómetros de conjeturas. Yo estaba mirando a la rubia de trenzas que estaba en la privada, rodeada de su hermano y sus bicis y los maricones de la esquina. No lo escuché a mi viejo. Yo había aprendido, arriba del techo de la estación, lo que él decía con palabras complicada. Me conmovió que lo dijera como disculpándose. Como si él tuviera la culpa. Como si no fuese tan bueno como los padres de los maricones.
En la playa repleta de familias, barrios y mallas compradas en ofertas de saldo, sin que nadie me viera, destrocé la carta que le había escrito a la rubia de trenzas. Tenía 10 años.
A los chicos del barrio que murieron. Quería pedirles si es que hay un más allá, que me guarden la carta. Yo morí un poco ese día en el río. Si hay un más allá, ojalá que mi viejo no sienta esa culpa. Si hay un más allá, que sea justo. Hay quienes lo merecen.
domingo, noviembre 27, 2011
¿Censura?
cuenta Omar Bojos
dos en uno
"Invisibilización es un concepto ampliamente utilizado en las ciencias sociales para designar una serie de mecanismos culturales que lleva a omitir la presencia de determinado grupo social. Los procesos de invisibilización afectan particularmente a grupos sociales sujetos a relaciones de dominación como las mujeres, las minorías, los pueblos no europeos, las personas que no tienen la piel clara y los grupos sociales que componen, los procesos revolucionarios, etc.
Los procesos de invisibilización suelen estar íntimamente relacionandos con procesos destinados a imponer la superioridad de un grupo social (tambien a escala planetaria) sobre otro.
dos en uno
Uno
El pájaro rojo (cliquear aqui) habla de la censura del que fuera víctima el sudamericano Walter Martinez, que es un tipo muy entendido en política internacional
El programa que ayer no pasaron por FIBERTEL y demas cables argentinos que son afluentes del multimedio en agonica posición dominante puede verse cliqueando aqui
La censura en esta nueva etapa de la humanidad se llama invisibilización.
Los procesos de invisibilización suelen estar íntimamente relacionandos con procesos destinados a imponer la superioridad de un grupo social (tambien a escala planetaria) sobre otro.
El mecanismo más antiguo y elemental de invisibilización es la destrucción de las obras culturales del grupo a quien se pretende invisibilizar". (http://es.wikipedia.org)
Clarin (Fibertel) no actúan solos ni por generación espóntanea
A reír in parar! Con las locas monerías...
Pablo D analiza acá, con una buena dosis de, otra vez, buena voluntad (característica extendida, la buena voluntad...) los últimos acontecimientos:
Sintonía fina
Se está escribiendo poco desde el 23 de octubre a la fecha. Considerando el ritmo que traíamos. Año cargadísimo, hay una especie de sosegate. En algún momento me pregunté si estaríamos a la altura de dar las discusiones que se vienen. Me sigo, en verdad, preguntando lo mismo. Mucho más después del discurso en la UIA. Hace tiempo que vengo diciendo que la pérdida de poder de fuego por parte de los sectores opositores, tanto mediáticos como políticos, radica en que no entienden ni jota de por dónde va el país posneoliberal. Y operan con matrices inadecuadas que resultan estériles a los nuevos estados de situación a que deben enfrentarse. Quizás yo también estoy quedando fuera de órbita, y por eso me cuesta tanto descular los nuevos tiempos, lo que se ve reflejado en que mi frecuencia de posteo –además de que me acosan finales y jefes de trabajos prácticos varios- ha descendido. Mi renuncia está a disposición de quien corresponda si ya no sirvo (¿Y quién ha dicho que alguna vez sí he servido, no?). No quiero ser un estorbo. Más aún me quedan ganas de molestar. Y quiero usarlas.
Ajústense los cinturones.
Veamos: ante todo, acá no hay ajuste. Ninguno. ¿Fue ajuste el recorte del 13% nominal a los jubilados durante el gobierno de la Alianza? Si aquello fue ajuste, el recorte a los subsidios, entonces, no lo es. Hay la necesidad de hacer una autocrítica, porque muchos –quizás la mayoría- de esos subsidios significaron, en efecto, concesiones indebidas a quienes no las merecían bajo ningún concepto. Hay atenuantes, claro: las capacidades estatales estaban, a la fecha de implementación de los subsidios, pulverizadas. Si hoy resulta en extremo difícil imaginar cómo se hará para evitar injusticias en el desarme del entramado subsidiario, mucho más lo era cuando todo ello fue concebido e, insisto, llevado a cabo (bastante) imperfectamente. Eso sí: el recorte a algo que es llamado privilegio indebido, o derroche, nunca puede ser llamado ajuste: es un contra sentido.
Nadie se muere ni la memoria de Néstor se ensucia si se dice: ahí hubo metida de pata. Y mucha. ¿Está? ¿Quién va a arrojar la primera piedra, acaso? ¿O nadie hizo cosas peores que esas? ¿Estamos? Bueno, vamos. (De última, es audaz encararlo. Así sea tarde. Audacia tardía, pero audacia al fin. Como las universidades en el Conurbano y la Asignación Universal).
Fue Maquiavelo el que dijo que la palabra había que sostenerla sólo en tanto y en cuanto persistieran las razones que llevaron a uno a otorgarla. Las coyunturas actuales, las condicionalidades, los desafíos, se han, vaya novedad, reactualizado, luego de ocho años de gobierno. Por exitoso, pero ocurre al fin. El pueblo, a dichos respectos, ya se ha expedido, hace apenas algo más de un mes. Renovando confianza. Cosa juzgada, pues.
La gestión de los tiempos venideros, repito que no exento de desafíos, ni más difíciles, sino tan sólo, y lógicamente, distintos. Y entonces, manteniendo las banderas estratégicas, ha llegado la hora de readecuar tácticas. Decía Mariano hace poco que el objetivo fundamental del modelo es sostener el multiplicador. Virtuoso, repitió varias veces a lo largo de este año, y por diversas discusiones, en tanto la creación de empleo se sostenga.
Con motivo de avalar la contabilización de las reservas del Central en la cuenta de superávit fiscal, por caso. A la hora de rebatir el lugar común de consignar a la inflación como “un impuesto a los pobres”, también. Revisé bastante, más que lo habitual en los últimos días,Yendo a menos. Y encontré otro post, en el que el autor denuesta -por incongruente- una propuesta de campaña de Binner –devaluación con más eliminación de retenciones-, donde entre los comentarios el lector ‘juancho’ menciona que la variable de ajuste de tal esquema podría pasar por una regulación de salarios con desocupación en alrededor de 20%. Frente a esta última alternativa es que debe compararse el curso de acción que comienza a adoptar el kirchnerismo de cara a la nueva etapa.
Mariano –a quien le deberé disculpas por abusar de la cita, máxime si llegan a ser erróneas o no respetan el espíritu del autor- varias veces ha repetido que en la disyuntiva entre enfriamiento o inflación había que tener presente que puede ser peor el remedio que la enfermedad, entendiendo por esto, justamente, destrucción o desaceleración en el proceso de creación de empleo.
En uno de sus últimos posts, apunta que en ciertos sectores sociales –muy probablemente afectados, en adelante, por la poda en los subsidios- el efecto multiplicador se estaba viendo resentido. Lo que se verifica según él, por dar un ejemplo, en la dolarización del ahorro. Que es retracción de consumo. Y complica el multiplicador. De lo que he leído, me gusta la definición de Omix, del descanso de la escalera. Con matices: entiendo que hacen falta medidas concretas para atacar el nivel de desempleo que, aún siendo el más bajo de los últimos veinte años, es, todavía, considerable.
Los únicos privilegiados…
Hay quienes pueden esperar ahora: ya sean subsidiados actuales innecesariamente; o ansiosos por repartir –con toda justicia, y además derecho constitucional a hacerlo- ganancias. Al efecto multiplicador, tan famoso él, se lo cuidará mejor, y más, incorporando al consumo, en lo venidero, a los rezagados, que sólo los que han pasado a formar parte del mismo, y con cierta comodidad en algunos (varios) casos, en los últimos años.
Ajústense los cinturones.
Veamos: ante todo, acá no hay ajuste. Ninguno. ¿Fue ajuste el recorte del 13% nominal a los jubilados durante el gobierno de la Alianza? Si aquello fue ajuste, el recorte a los subsidios, entonces, no lo es. Hay la necesidad de hacer una autocrítica, porque muchos –quizás la mayoría- de esos subsidios significaron, en efecto, concesiones indebidas a quienes no las merecían bajo ningún concepto. Hay atenuantes, claro: las capacidades estatales estaban, a la fecha de implementación de los subsidios, pulverizadas. Si hoy resulta en extremo difícil imaginar cómo se hará para evitar injusticias en el desarme del entramado subsidiario, mucho más lo era cuando todo ello fue concebido e, insisto, llevado a cabo (bastante) imperfectamente. Eso sí: el recorte a algo que es llamado privilegio indebido, o derroche, nunca puede ser llamado ajuste: es un contra sentido.
Nadie se muere ni la memoria de Néstor se ensucia si se dice: ahí hubo metida de pata. Y mucha. ¿Está? ¿Quién va a arrojar la primera piedra, acaso? ¿O nadie hizo cosas peores que esas? ¿Estamos? Bueno, vamos. (De última, es audaz encararlo. Así sea tarde. Audacia tardía, pero audacia al fin. Como las universidades en el Conurbano y la Asignación Universal).
Fue Maquiavelo el que dijo que la palabra había que sostenerla sólo en tanto y en cuanto persistieran las razones que llevaron a uno a otorgarla. Las coyunturas actuales, las condicionalidades, los desafíos, se han, vaya novedad, reactualizado, luego de ocho años de gobierno. Por exitoso, pero ocurre al fin. El pueblo, a dichos respectos, ya se ha expedido, hace apenas algo más de un mes. Renovando confianza. Cosa juzgada, pues.
La gestión de los tiempos venideros, repito que no exento de desafíos, ni más difíciles, sino tan sólo, y lógicamente, distintos. Y entonces, manteniendo las banderas estratégicas, ha llegado la hora de readecuar tácticas. Decía Mariano hace poco que el objetivo fundamental del modelo es sostener el multiplicador. Virtuoso, repitió varias veces a lo largo de este año, y por diversas discusiones, en tanto la creación de empleo se sostenga.
Con motivo de avalar la contabilización de las reservas del Central en la cuenta de superávit fiscal, por caso. A la hora de rebatir el lugar común de consignar a la inflación como “un impuesto a los pobres”, también. Revisé bastante, más que lo habitual en los últimos días,Yendo a menos. Y encontré otro post, en el que el autor denuesta -por incongruente- una propuesta de campaña de Binner –devaluación con más eliminación de retenciones-, donde entre los comentarios el lector ‘juancho’ menciona que la variable de ajuste de tal esquema podría pasar por una regulación de salarios con desocupación en alrededor de 20%. Frente a esta última alternativa es que debe compararse el curso de acción que comienza a adoptar el kirchnerismo de cara a la nueva etapa.
Mariano –a quien le deberé disculpas por abusar de la cita, máxime si llegan a ser erróneas o no respetan el espíritu del autor- varias veces ha repetido que en la disyuntiva entre enfriamiento o inflación había que tener presente que puede ser peor el remedio que la enfermedad, entendiendo por esto, justamente, destrucción o desaceleración en el proceso de creación de empleo.
En uno de sus últimos posts, apunta que en ciertos sectores sociales –muy probablemente afectados, en adelante, por la poda en los subsidios- el efecto multiplicador se estaba viendo resentido. Lo que se verifica según él, por dar un ejemplo, en la dolarización del ahorro. Que es retracción de consumo. Y complica el multiplicador. De lo que he leído, me gusta la definición de Omix, del descanso de la escalera. Con matices: entiendo que hacen falta medidas concretas para atacar el nivel de desempleo que, aún siendo el más bajo de los últimos veinte años, es, todavía, considerable.
Los únicos privilegiados…
Hay quienes pueden esperar ahora: ya sean subsidiados actuales innecesariamente; o ansiosos por repartir –con toda justicia, y además derecho constitucional a hacerlo- ganancias. Al efecto multiplicador, tan famoso él, se lo cuidará mejor, y más, incorporando al consumo, en lo venidero, a los rezagados, que sólo los que han pasado a formar parte del mismo, y con cierta comodidad en algunos (varios) casos, en los últimos años.
Completo acá
sábado, noviembre 26, 2011
El subterráneo en Tucumán: un tranvía llamado deseo.
Yerba Buena, en las afueras de la capital de Tucumán, donde vive Javier y donde vive Aldo, queda a la misma distancia del Zoológico a Parque Centenario. Ricardo cuenta acá, sobre el tranvía llamado deseo:
En Tucumán el viaje en subt... Ah, no, pará. Cierto que no tenemos subte. Lo tiene Buenos Aires. Como a los hospitales de mayor complejidad del país. Para colmo a los bolivianos y peruanos y extrabuenosairinos se les ocurre la magnánima pedantería de pretender utilizarlos. Irrespetuosos. ¡Vuelvansén (sic) a sus centros de atención primaria en el campo, lacras! (El Hospital de Niños en el Sheraton Hotel está muy bien si sólo lo van a usar los niños porteños, dice Susana, que ya renunció a los subsidios pero no a los honores). Pero volvamos al subte que no tenemos en Tucumán. El subte que no tenemos en Tucumán se llama transporte público urbano y son unos colectivos destartalados que, si los viera la Chiqui Legrand, se cae ahí nomás dura. Y cuesta 2 pesos el viaje mínimo (si viajás a Yerba Buena, sale más). Y no podés bajar de un colectivo para subir a otro sin pagar el nuevo pasaje. Hacer conexión, las pelotas.
Analicemos el costo de uno, el subte tucumano (coletivo (sic), vieja), y el otro, el subte porteño. Suponiendo que un hincha de San Martín viaja sólo de ida y vuelta desde su casa al laburo seis días a la semana, son 48 viajes por mes. A do' pesito' el cospel, son (pará que abro la calculadora que me regaló Moreno) 96 pesos por mes. Ahora, un hincha de Riverplei porteño, con la misma cantidad de viajes en las posaderas, pagaría tan sólo 52,8 pesos por mes, gracias al subte subvencionado. Un 45% menos. Si llegamos a considerar que el fanático del Súper Ratón Ibáñez debe tomar dos coletivos (sic) para ir a trabajar, el costo se le va a $192 por mes. Al porteño fana de Erik Lamela (snif) le sigue costando 52,8 pesos, si las combinaciones se lo permiten. Si consideramos, además, que comparativamente los sueldos son más altos en Buenos Aires que en Tucumán, bueno, ya dan ganas de agarrar una lanza, subirse al caballo (claro, porque elcoletivo (sic)...) y salir de malón a matar huincas porteños sotretas, antes de agarrarlo de las solapas al Ing. Macri y escupirle en la cara que más vale que agarre el subte o nos vamos a llevar a la Awada pa' los tolderíos. Quién te dice, quizás se aquerencia.
Gracias.
Acá, completo.
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