sábado, febrero 19, 2011
Los pies
Caminaba tranquilo. No muy rápido, tampoco despacio, bajo el sol, al costado de la ruta. Se me hacía más difícil porque no iba por el asfalto, por las dudas. Igual, cada tanto pasaba algún auto. La ruta iba más bien vacía. Había salido temprano, con un bolso y una mochila. Caminaba por el borde, un poco alejado, donde era más seguro, pero tenía que apoyar los pies sobre tierra mayormente, y en algunos lados, pasto. Todavía no se sembraba en las banquinas. Había lomadas y partes del camino donde la ruta estaba cortada al filo por paredes de barro congelado, de barro hecho piedra. Tenía 14 años. Y 60 kilómetros por delante. Me había peleado con los amigos con los que nos fuimos de campamento. Me enojé. Casi terminamos a las piñas. Mejor dicho, un gil, casi me caga a piñas. Me alejé de ahí, estaba anocheciendo. Dormí más lejos, entre unos árboles, con una bolsa de dormir. El resto de los pibes me buscaron, yo me quedé ahí. Mirando la noche. Que está, en el monte, llena de ruidos. De ruidos secos, peligrosos.
Ahora que lo pienso era un chico raro.
Porque casi ni dormí. No me acuerdo bien. Sentía miedo. A los ruidos. Las ratas, porque el monte es el paraíso de las ratas, pero tambièn a un gato montés, o a cualquier bicho, qué se yo. La cosa es que tenía miedo. Cuando amaneció me sentí mejor. A los 14 años el cuerpo es tuyo, aunque está mutando y bulle, es todo tuyo.
Encontré la ruta y empecé a caminar. Si el colectivo tardaba dos horas y algo mas, en mis cálculos, no era tan lejos. Parece una tontería, pero yo nunca tuve conciencia de ser un adolescente. Apenas perceptible, y de a ratos, tuve conciencia de ser niño, pero adolescente, no. Sí me sabía "menor", con las implicancias legales del caso. Pero lo veía como un problema a resolver, más que como una imposibilidad. Los árboles estaban lejos en los campos sembrados. Cuando tardé tanto en llegar a los árboles, entendí que no iba a ser fàcil. Que estaba un poco loco. Que no iba a llegar nunca y tenía que solucionarlo de algún modo.
Volverme, no.
Siempre tuve poco, y en aquellos años, estaba orgulloso de ser orgulloso. Volverme, no. Me senté un rato, debajo de un árbol. El sol estaba fuerte. Era verano. Me descalzé y fumé un cigarrillo. Desde los 13 años -el año en que perdí la virginidad, gran año- que tenía una crisis con dios.Bah, con la religión. Sentía culpa de alejarme de la religión y supongo que inconscientemente suplía esa culpa con aferrarme, como de modo directo, con dios. Al año siguiente, con 14, ya dios estaba un poco lejos. Me picaban, en los pantalones cortos, los mosquitos. Hablé con dios. Yo entendía -y entendía perfectamente- que había algo en mí que fallaba, algo interno, tenía algo que me hacía no encajar. Lo sabía. Disimulaba y me salía bien. Podía reírme, besar a las chicas, darle la mano a los amigos, peinarme con jopo, emborracharme, ratearme de la escuela, escribir poemas, soñar con ser una estrella de rock, podía sufrir, incomprender el mundo, revolear hormonas, podía ser adolescente pero también tenía otra cosa, algún mecanismo había venido como fallado. Y en la vida nunca hay garantías, menos de por vida.
El día iba picando, el sol y los mosquitos. Me puse las medias, las zapatillas -que tenía un agujero en la pierna operada- y la remera sobre la cabeza, para cubrirme del calor; y me metí sobre un prado donde al fondo había una chacra. Cuando me fui acercando al alambrado, un montón de perros se me vinieron encima. Me quede quieto. Ladraban como en el infierno. Salió una mujer, mayor. Le pedí agua.
Me dio una botella de vidrio, de una bebida blanca que creo que ya ni se vende. Amargo Obrero. Me dio varios panes de horno, supongo que del horno que estaba al costado de la casa. Salió el que debe haber sido el marido. Me miró, buen día, nada más. La mujer me preguntó algunas cosas. Le mentí, supongo. No me acuerdo. Tomé medio litro de la botella, me mojé la cabeza con el resto. Y me la volvió a llenar. Era agua fresca, de pozo. Metí la botella en la mochila, con cuidado para que no se caiga y seguí viaje. De vez en cuando, al costado de la ruta, miraba para atrás, a la casa. Me costaba un montón de pasos, incluso los fui contando, dejar de lado la casa. Caminar. Caminar. Pasaban a veces algunos autos con una canoa remolcada, un camión con ganado, colectivos llenos de polvo.
Vi que la ruta daba un círculo extraño, entre unas cuchillas entrerrianas. Si yo iba derecho, por entre el campo ya cosechado, ahorraba camino. Entonces vi un camino de tierra que hacía más o menos eso: servía para que desde los campos más tierra adentro salieran a la ruta. Tomé por esa calle de tierra. No había nadie. Los campos estaban por encima de mi cabeza -en esos años era más petisito, claro- y sobresalían esos yuyos salvajes y fuertes que crecen sobre los alambrados. De pronto una nube de polvo, de esa, no me sale la palabra, uh, no es tierra, ah, brosa, de brosa, de la que queda floja cuando hace mucho que no llueve y no pasan la máquina esa que aplasta la brosa, no me acuerdo el nombre de esa máquina, una nube de polvo, lejísimos, pero calculè mal, me hice a un lado, subièndome a un montículo de yuyos, algunos me pinchaban las piernas, para que pase lo que traía envuelto esa nube de polvo. Tardó un montón. No sólo porque calculé mal, sino porque era una camioneta viejísima que, encima por ese camino, iba despacio. Y tardó en pasar por delante mío. Yo sospeché, ahí bajo el sol, que ya había pasado, y durante unos segundos iba a quedar la tierra sobre el aire. Sobre el aire quieto, suspendido en el calor. Pero, no, es que la camioneta había parado.
Me gritó, un paisano, algo. Me subí, a la parte de atrás. Había unas herramientas, unas bolsas, y el vidrio de la cabina me tapaba un poco de la tierra que desparramaba el camino. El paisano iba con la ventanilla abierta y me hablaba. con acento de campo. Prendí un cigarrillo. El camino subía y yo estaba contento porque volví a ver la casa donde me dieron agua. Me acordé del agua. La saqué de la mochila. Y me saqué la mochila, y las zapatillas. El campo, la casa, el horizonte, el trecho recorrido.
El camino de tierra atravesaba la ruta, frenó en la ruta. Me bajé. Le agradecí. Me cargué la mochila. El paisano, lento, arrancó, se llevó una nube de polvo. Como un caracol, se iba. Volví a caminar sobre la ruta. Calculé la hora. Yo, sonreía, tenía toda la ruta, todo el día. En mi casa me esperaban recién dos días después. En algún momento iba a llegar. Caminar.
Pasé por un caserío, había un bar. Entré a pedir agua. No tenía nada de plata. Así que me dieron agua pero un tipo, flaquito, vestido de gaucho, sentado en la esquinita, sobre la ventana con cortinas agujereadas, me dijo si quería un sánguche. Y me hizo, el canoso que salió de atrás de la casa a atender la barra y darme agua, un sánguche de un salame grueso, un pedazo grandote de queso y un pan inmenso. Me lo envolvió en un papel gris. Lo guardé en la mochila. El gaucho me hizo sentar, me convidó vino tinto. Me hizo que me sirvan un vaso. El canoso puso un vaso sobre la barra, una barra negra de una madera oscurísima, y con una damajuana cargó la mitad con vino blanco y le puso soda al resto. El gaucho protestó. "Es un pibe, no puede tomar mucho vino" le respondió el canoso, y anotó algo en un cuaderno. Supongo que anotó la cuenta, que iba a pagar el tipo flaco vestido de gaucho.
Me senté ahí y el gaucho no me habló. Le dijo al canoso que le traiga más vino. Le llenó el vaso y se metió, detrás de unas cortinas, de nuevo en la casa.
No me decía nada.
Tomé tranquilo el vino. Me mareé.
Después, le pregunté la hora, parándome.
-y...ya es la siesta, mi´jo.
Le di la mano. Salí y el sol estaba más contundente. Medio mareado, pero contento, retomé la ruta. Iba mirando, para atrás, cuánto tardaba en dejar el caserío, en perderlo, paso a paso, de vista. Caminando, con el sol en la frente, y el aire seguía quieto, como indiferente.
viernes, febrero 18, 2011
A este ritmo, hasta mi madre -en unos años- me toma en serio!
Con esa foto, desde Venado Tuerto, Carlos Boyle se suma a esta entrada y detrás de una (demasiado, igual, gracias) elogiosa interpretación, hace una interesante crítica a este blog. La foto me divirtió, fue hace varios años, en Tucumán: ahí está, al lado mío, Mendieta, detrás, el ahora famoso Gerardo Fernández (que anoche, cuando volvía de 678 con el Conu, tiró una discusión muy interesante que cruzó también a Esteban Schmidt, ya voy a contar de eso) y al lado el Seba Lorenzo, que está en costa Rica emborrachándose y creo que viene mañana (Seba es mi único amigo Proactivo).
Dice Carlos:
Están tocando en la calle una tarantela, al costado del Mercado. El gordo de canas de la pescadería trata de aplaudirse debajo de las rodillas, y la mujer del rulero tira la cesta de frutas, mientras el peruano enloquece de alegría, el peón boliviano sonríe sin dientes y una muñequita, preciosa y divina, manda un mensaje de texto a alguien para avisarle que el Mercado es una locura. Los borrachos del bar salen a mirar, el grupo abandonó la tarantela y...
Mucho antes este blog era colectivo, digo, ese lugar tan sagrado donde acude tanta gente. Mucho antes de que lo borrara y empezara de nuevo, de cero, antes de que los trolls le imposibilitaran su escritura.
Empecé mi blog tras leer el de Lucas, quedé maravillado, muchas veces no sabía quién escribía, algunas veces era Carrasco, otras Milagros Sala, otra yo, incluso uno de los cuentos preferidos de mis hijas es La hija del alcalde en donde hago una recreación del cuento de Lucas mezclada con dos canciones de Rada 'Muriendo De Plena' y "Aparte de ti tu boca".
Pero aquella escritura colectiva de lo escribible cambió, cambió al ritmo de los amores, al ritmo de los trolles, al ritmo de las circunstancias políticas. El diálogo de los comments se cortó al necesitar aprobación para los mismos. Lucas se protegió, de los trolles, de sus amores y de nosotros mismos y cambió. A partir de un determinado momento no escribió mas textos colectivos, produjo textos plurales en donde lo colectivo está en la lectura y ya no en la escritura, o también en la escritura pero mucho menos. A partir de allí produce un texto universal y colectivo que se termina de leer en la cabeza del lector, claro, esto se podría interpretar como la cursilería de caer permanentemente en lugares comunes pero esto aquí no sucede, lo que nos lleva al tiempo.
Desde entonces aprendí que Lucas no es Lucas, Lucas está (tampoco se sabe dónde porque se mueve constantemente). Rompe con la cadena del pensamiento occidental lineal del pienso, luego existo para simplemente estar y sin ser, en Santa Fe, en Buenos Aires, en Almagro, en su Rosario natal, acunándose en Paraná. Rompe con la cadena de frío. Como una mancha en el objetivo aparece en todas las fotos de todas las cámaras, en todos los canales, en todos los actos, en todas las camas de señoritas dispuestas y no tanto. Uno querría atrapar a Lucas y llevárselo a su casa pero Lucas se escurre y dinamita el tiempo y el lugar, la continuidad, el relato. Solo está ahí como don Juan Matus, como en el estar de Kusch, Lucas tiene 970 años más que Matusalén, Lucas está hecho, solo tenemos que disfrutarlo y no atraparlo. Es como el río Paraná
Tal vez lo mas importante, en estos tres años que lo conozco a través de su blog, es que haya logrado su cometido, que se haya, de una, esparcido por su pueblo que tanto quiere, por eso no se deja atrapar, no se deja escribir, se escabulle y cada tanto muestra su presencia como el brujo, como el sabio. Su territorio se le ha achicado tanto que solo ocupa su cuerpo y es el único soberano de su cuerpo. En cada momento nos ofrece su única pertenencia, su cuerpo, permanentemente se autonomina y se somete a una votación total en el Gran Hermano de la vida donde exige y pelea por la aprobación o la exclusión de este último Gran Cuerpo, el del país.
Esto lo hace más o menos creíble, mas o menos querible, el amor no se deposita en una línea de tiempo como en el caminito de Hansel y Gretel. Su amor es unitario y totalizado, es un amor propuesto que se tiene que terminar de leer en la cabeza de cada uno. Es un amor que se tiene o no se tiene.
Claro Ud me dirá, de qué sirve todo esto, con qué se come. Yo le contesto, disfrútelo mientras lo tenga
Acá la entradaEs un escrito muy lindo. Me da cosa haber generado esas reflexiones siesteras. Pero quiero aprovechar para contar algo. Efectivamente, en una época, cuando vivía en Entre Ríos, y la cosa con las patronales agropecuarias se puso densa, cerré el blog. Inmediatamente hubo un pedido de mucha gente -hoy casi todos amigos míos, en ese entonces, ni les conocía la cara- desde distintos blogs, páginas, comentarios y las entonces incipientes redes sociales, para que no lo cerrara. Eva me explicó cómo y recuperé la dirección aunque quedaron en el olvido todo lo escrito en aquellos días duros. En aquellos archivos perdidos había, efectivamente como dice Carlos, otra cosa. Eran días de furia, de resistencia, pero también días de escribir un montón de cualquier cosa. Me acuerdo que mandé por correo electrónico una carta a los Pequeños y Medianos Periodistas, obviamente, excepto un par de diarios de Concordia, nadie le dio ni bola. El periodismo en esos días era una verguenza. Una verguenza desmesurada, alcahuete, vasalla, qué hijos de puta y ahora son todos kirchneristas, je: bienvenidos, tanto tiempo. Pero se trataba, a la vez, de escrituras colectivas: hacía de los comentarios un nuevo escrito, las discusiones eran interminables, y había muchos (y divertidos) cruces femeninos. Ni ahí que tenía la cantidad de visitas que ahora. Funcionaba más como una comunidad. La mayoría más mayor entonces de los blogs que resistían la avalancha de mentiras, calumnias y disparates periodísticos se escribían desde Buenos Aires. Yo era una de las pocas excepciones, y por eso el grueso de mis lectores venían de lo que desde el puerto se llama "el interior". La pelea en torno al federalismo estaba siempre perdida de antemano, y andaba a los mandobles de acá para allá. Hablaba (ahora también lo hago) con radios de muchas provincias alejadas de la (pauta publicitaria de) Pampa Húmeda, marcaba, pequeñísimo, una línea política creíble para un puñadito de personas, sobre todo jóvenes, desparramados, desconcertados pero enfurecidos por distintas partes del país.
Viajaba mucho, por distintos trabajos. Pasaba más horas arriba de un micro mirando la soja, el trigo, el campo, y supongo que era más creíble. Me la creía tanto como ahora, pero era sí, más sincero. Después de esto se tornó imposible no moderar los comentarios. Y después, qué se yo, las visitas aumentaron, les crecieron a todos, pero a mí, más que nada, desde la capital federal. Los días políticos son menos duros, las luchas son menos desesperantes, pero por otras razones, recibo una catarata diaria de insultos y pedidos y reclamos, también felicitaciones y esas cosas, todo bien. No pasa nada, tampoco es para tanto. Sí es cierto lo que marca Carlos: tuve que cerrarme, ya no abrir tanto el juego y desnudarme menos (¿pero, acaso, no les pasó a casi todos los blogs más o menos leídos? ¿No está ya muy aburrida la cosa? ¿No se han puesto todos muy solemnes, muy en señores, muy en cirujanos, muy en estrellas? ¿No se está acabando ya este pequeño mundo, no se está yendo a otra parte, no está perdiendo el aura revolucionaria y desfachatada, no van cerrándose kioscos, no van creándose tribus, no van repitiéndose, no estoy repiténdome hace rato?).
No todo tiempo pasado fue mejor, ojo.
Pasa que a veces, claro, me acuerdo de tipos como Carlos, o del que fui, en estos 5 años, cuando todavía quedaba lenguaje para machacar, límites para hacer mierda, cosas para contar, cuando había, todavía, chicas vírgenes y un montón de bares y ciudades.
Ahora está todo más escueto. Más cercado. Se ha crecido, quizás también a costa de etiquetarse, no sé. Ya últimamente ni me denostan, más que con que fui borracho a Duro de Domar o que soy un creído o que estoy a sueldo de o que trabajo en Miradas al Sur (una nota escribí, y al otro día salí corriendo de ahí) o con la palabra bloguero, que también se resignificó y creo que hasta sirve para levantarse una mina, ahora.
Algunos amigos se hicieron más amigos, otros se enojaron, otros se abrieron, y así.
La cantidad de lectores creció, la influencia -aún mínima, muy mínima, no jodamos- creció un poquito, yo me he contradecido, arrepentido, humillado, vuelto a empezar, como es la vida misma.
Y perdí en el camino algo de frescura.
¿Adónde habrá que migrar para buscar nuevos horizontes en el lenguaje, adónde queda ese lugar donde golpear con las palabras, donde enamorar, donde burlarse de las capillas y las jerarquías, dónde defender ideas pero señalar lo precario y los dolores sociales que faltan? ¿En qué ventanilla te cobran los costos de irse volviendo un poco aburrido, un poco analista serio, un poco asentado, un poco señor? No me lo digas. Estoy seguro que de saber donde queda esa ventanilla, no iría a hacer la fila.
Si es que hay alguien haciendo la fila.
La banda sonora de lo que viví
Vamos por partes: yo escribí esto.
A partir de entonces, y bajo el título "Un sentido solitario para la vida desolada" el historiador Pablo Hupert entiende que mi escrito es "una pintura de época de y a partir de Lucas carrasco" lo cual, claro está, suena a mucho y agradezco -ególatra como soy- cortesmente, en el sentido del buen cortés burgués, obvio.
Pero el punto que más interesa es otro, y pego la crítica que realiza en su blog al escrito mío:
No hay sentido en las palabras (que proliferan en cantidades industriales) ni en la vida que vivimos (ese show), sino en el amor puntual (un coito, una mirada, una boca). No hay sentido en lo colectivo: ni en el lenguaje, ni en la vecindad, ni en la sociedad, ni en el trabajo, ni en la que cada uno se empeña en llevar. Digo: no hay sentido en lo colectivo actual como lo hubo en lo colectivo perdido y añorado: la infancia, la tarea pendiente, la ciudad provinciana. Esos espacios sociales son ahora páramos de desolación (léalo "de sinsentido"). Así las cosas, la desolación se la dedicamos al amor. O sea: hoy la desolación la destinamos al amor. O sea: la desolación nos conduce (aunque no siempre llegamos) al amor.
Pero el amor de hoy es puntual. No nos acompaña todo el tiempo; está cuando está (no se lo extraña, lo que sería una forma de que esté cuando no está). Y es lo que queda bajo cosas que se le superponen. No es un espacio colectivo; es un agregado. No es una relación, sino una intermitencia que da sentido a casi todo (es decir, da casi sentido), solamente para vos.
¡Mierda! ¿El sentido también ha dejado de ser un espacio colectivo?
La cantidad industrial de palabras que proliferan tiene una vinculación con el No Hay Sentido en las palabras. Afanando a lo motochorro bruto- que en vez de manotear la cartera tira de los pelos- a Lacan está el concepto de la atención flotante. Pero no da para andar buscando -diría, je, Foucault- citas de autoridad, sino que te cuento, Pablo, una cosa: pongo una canción y escribo lo que sea, de la extensión y el tiempo que me lleve, con la misma canción. Pero es una canción con letra y con letra en castellano. Cualquiera. En algunos casos, una que me gusta, en otros casos, una que me trae algún recuerdo o así. Ojo, no es que escribo cualquier cosa de este modo (escribo muchas cosas, es mi oficio, mi manera de ganarme, casi siempre, el pan y antes el vino) sino que lo que vos leíste, o todo lo escrito en este blog, por el cual no compro ni el pan y menos, hoy, el vino, está escrito de ese modo. Y sin corregir ni releer. Con algunas palabras que sólo una persona -generalmente, una mujer- puede entender. Israel se llamaba el noviecito de la infancia de...Arrojados a la existencia que no elegimos, sometidos a la angustia de la finitud, así son las cosas: nosotros no elegimos vivir, ni elegimos las condiciones en que vivimos, sin embargo, ahora y acá, en última instancia y siempre condicionados pro variables más o menos acotadas, elegimos. Incluso, elegimos también vivir. No elegimos morir, sí, elegimos vivir, o en todo caso -pongamos el caso del suicidio o la eutanasia o incluso el riesgo extremo- podemos elegir dejar de vivir; no podemos elegir morir porque no sabemos de qué se trata la muerte. Si estoy frente a una puerta y una ventana cerradas, y no sé qué hay del otro lado, que vos sepas que detrás de la ventana hay un jardín con flores y detrás de la puerta me espera la policía federal, cuando yo elija, supongamos, salir por la puerta, no estoy eligiendo que me interrogue la federal; estoy eligiendo no quedarme encerrado, estoy eligiendo salir por la puerta -y no por la ventana- y estoy eligiendo la posibilidad en la que creo, estoy eligiendo la posibilidad de lo que creo hay detrás de la puerta, del mismo modo que no estoy eligiendo (y por eso eligiendo al fin) quedarme encerrado o salir por la ventana. No podemos elegir vivir -después de todo, yo vengo de un polvo impredecible: de una cogida que pudo no haber sido- pero una vez en la vida podemos elegir dejar de vivir o seguir viviendo y esto implico elegir y elegir constantemente. Claro que las elecciones no son las óptimas, las racionales, las más convenientes, necesariamente. Claro, claro. Pero aún así. Elegimos. Arrojados al charco de las cosas, somos responsables de nuestro destino. De nuestro destino condicionado. Elije tu propia aventura.
¿Pero cómo vivir sin dotarse de un sentido de la existencia? O más bien, porqué vivir sin un sentido (sin dotarse de) desde el cual aferrarse como fundamentación última para la toma cotidiana y exasperante de decisiones, un sentido para soportar la pesada carga de ser responsables últimos de nuestro destino. Ese sentido está en lo vivido. No en lo real vivido, sino en la acumulación caótica de sedimentaciones, pretensiones, desilusiones, alegrías, esperanzas, secretos.
La naturaleza finita de la vida no sería tan dramática si el guión estuviera escrito, si supiéramos cómo y cuándo será el final.
¿A qué, sino el pasado, aferrarse, para construirse un sentido de la propia existencia, de la libertad responsable, de la soledad de saberse único, de saberse vivo?
¿Cómo saber si las ex novias piensan las cosas del mismo modo, bajo el mismo prisma, en el mismo proceso? ¿Cómo saberlo de cualquier persona, del señor que viaja en el colectivo, del físico que se radica en Canadá, del pibe que duerme en la calle, de la prostituta que espera en la esquina? ¿Cómo saberlo si ni siquiera yo -por esa naturaleza dialéctica de no haber elegido nacer pero sí elegir vivir y cargar con la mochila de la finitud imprevisible, la finitud todavía (y siempre) inédita- puedo dar por concluido el sentido último de las cosas, cuando las cosas, todas las cosas, desde la heladera hasta la muerte de mi viejo, desde la boleta del gas hasta el perro que mea en el árbol, si todas las cosas son vistas desde la mediación de mi subjetividad, cómo dar por concluido el sentido si no elegido dejar de vivir y eso implica nuevas posibilidades, nuevas experiencias, nuevas radicalidades epistemológicas o degenerativas o devenires nomás de la libertad. Quiero decir: cómo saberse vivo si no es ante la posibilidad del cambio? Y cómo dotar de sentido -transcurrirlo, notarlo, tornarlo carnal- al cambio, al devenir, al envejecimiento del cuerpo sino es a través de la sedimentación caótica y constantemente reelaborada (por la propia naturaleza del cambio) del pasado.
¿Entonces, no hay relación? No, hay pasado: hay lo que yo -y eventualmente ella- reelaboramos y reelaboraremos como relación, o como si querés su antítesis, el olvido.
Si relación - o lo colectivo- es la consustanciación, o si querés la suma de las partes que por cualquier lógica -matemática, química, dialéctica, dramatúrgica- devienen en la renuncia al yo, entonces, creo que no. No hay relación ni hay colectivo.
¿Pero entonces el amor no modifica al uno, al otro? Sí, claro, y a esa modificación, a esa turbulencia si querés se le puede llamar relación. Y más aún: relación es la necesidad de ser otro, de ser el otro en mí, de que el otro sea en mí. Eso es una relación. No hay punto de equilibrio, no hay cosificación, no hay un "momento" donde congelar el yo, el vos, y hacer de eso uno. Hay relación cuando hay una construcción tensionada de la necesidad de una relación, del deseo de una relación, de una articulación que puede tener distintas formas: por eso, la boca, el coito, las ciudades provincianas, las ex novias, la escuela, la bandera, las epopeyas, las actuales luchas políticas, las ganas, los desánimos.
¿No hay entonces sentidos que sean espacios colectivos?
Como ideal alcanzable, no. Ahora no estamos obligados a leer la biblia en latín.
Sin embargo, y acá vamos al meollo: sí existen las construcciones sociales de sentido, pero no en sí, no sustanciadas, no objetivables (lo cual no quiere decir que no exista lo real, sino que conocer lo real es imposible sin mediación: la imposibilidad de conocer lo real no es lo mismo que la negación de la existencia de la realidad, del mismo modo que la imposibilidad de saber qué es la muerta no significa la infinitud de la vida). Existen como construcciones nunca quietas, nunca estables, con luchas y marchas y contra marchas, con emergentes y residuales, con ganadores y perdedores (sociales, simbólicos, culturales, económicos) y el lugar, drásticamente pequeño, que uno ocupa en esas mareas de sentidos, adquiere sentido desde el yo, desde la precaria construcción de mi sentido de las cosas. Sino, solamente estoy en la marea. Sin subjetividad liberada (esto es, autónoma pero en relación y diferenciación) es difícil hacerse cargo de la construcción de un sujeto social.
Traducido al lenguaje político: el sentido es un espacio colectivo sólo y bajo la condición de la construcción de un sujeto social que sólo es posible a partir de subjetividades liberadas.
Y no me refiero a tratados filosóficos, sino a la simple asunción del yo como parte, pero en tanto yo y no en tanto parte, porque en tanto parte difícilmente yo pueda saber parte de qué formo. Es entonces cuando tenemos la posibilidad, en tanto yo, de ser otro, de ser otros. Con una fuerte presencia de esos fantasmas que nos informan que sin embargo, es una tarea -aún suponiendo que no existan el subconsciente y el superyó- inconclusa del tipo "hoy no se fía, mañana sí" saberse, completo, quién es uno, porque uno es también devenir y también es parte. La única certeza, de tener una, del tipo "pienso, luego existo" es que soy lo que todos los otros no son, del mismo modo que vos sos todos los otros que no sos. No soy en sí mismo, soy desde la negación, desde la diferencia. ¿No es demasiado poco; y qué entonces de la flor que le regalé a la maestra, del primer beso en una fiesta de cumpleaños, de la cachetada de mi madre, de la terapia intensiva por asma, del velorio de Antonio, del café con leche y tostadas que me prepara mi abuela?
Mientras pienso estas cosas, Pablo, amanece. Me río solo, a la espera de la lluvia. Podría decirme al oído: coño, muy linda la reflexión, pero de follar ni hablar. Y sí.
Me voy hasta la estación de servicios a comprar cigarrillos. Es una Shell, yo quisiera que fuera una de PDVSA/ENARSA, podría no fumar más e irme a dormir, y colaborar para que Shell sienta resentidas sus ventas en estas semanas. No es mala idea.
Igual, está por llover. Salgo ahora antes de que se largue. Ya vuelvo.
jueves, febrero 17, 2011
Prólogos
Cuando tenía 15 años faltaba bastante a la escuela. Después arreglaba la situación con la preceptora -que me quería, pobre- o de cualquier otra manera. Tenía, entonces, la mitad de la mañana libre y me iba hasta la biblioteca pública en Paraná para leer y descubrir. Mientras tanto, me llevaba casi todas las materias -tengo un recuerdo horrible de casi todos mis profesores: siempre me parecieron (con esta inmensa soberbia, claro está) un puñado de idiotas, ocupados en resignificar su vida vacía jodiendo a unos adolescentes a los que les bullían las hormonas y las ganas de vivir en esos espacios mal pintados, oscuros, húmedos que eran las aulas, tan asexuadas, las aulas de casi todas las escuelas a las que fui. El libro de las obras completas de Oliverio Girondo traía un prólogo, larguísimo y escrito en verso, de Enrique Molina. Entonces conocí a Molina que me llevó, por otro prólogo -los caminos raros a los que conducen los prólogos, no?- a Olga Orozco. El prólogo de Enrique Symns se comía, me acuerdo, las obras completas en prosa de Charles Bukowski y el prólogo, ya célebre, de Jean Paul Sartre se comía todo Los Condenados de la Tierra de Franz Fanon.
LUZ DE PATÍBULO
¡No quiero morir! me digo a menudo como un imbécil
descorriendo los paños agrios del amanecer sobre mi
máscara de mono
sobre mi corazón sin principios
¡entre la avaricia de la tierra confusa y ardiente como el
camarín de una loca!
No quiero morir sin conocer a fondo una piedra una mano
la rueda de hormigas y vino que mueve la noche la amistad
de los pájaros en esas regiones baldías donde se muele la harina
sin fin en el calendario
con mi alma de encrucijada y de caricia girando en el viento
de la frustración
excitante como el horizonte
¡como un sexo insatisfecho hasta los últimos óvulos de la
costa que se pierde de vista!
¡No quiero morir! me digo aullando con la apuesta perdida
de otro día en plena sangre
yo que insultaba a esos cargadores de inmundicias y a esos
otros devoradores de migajas benditas por amor a la muerte
exijo una piel de orquídeas bajo la demencia de las estrellas
una injuria de prisionero secuestrado por las olas
esas mujeres fanáticas insomnes en sus pobres hospitales de
besos entre los fuegos nocturnos.
Yo hijo de labores incompletas y regiones extrañas
hijo de sementeras errantes y de matrices ansiosas
hijo de corrientes de uñas hambrientas
hijo de hembra fosforescente
no quiero morir bajo mi piel
bajo mi voz
para vociferar en la sombra tras esos ventanales inmensos
y empañados
donde apoyan la frente criaturas de muralla y de lluvia...
Enrique Molina, hay más acá.
LUZ DE PATÍBULO
¡No quiero morir! me digo a menudo como un imbécil
descorriendo los paños agrios del amanecer sobre mi
máscara de mono
sobre mi corazón sin principios
¡entre la avaricia de la tierra confusa y ardiente como el
camarín de una loca!
No quiero morir sin conocer a fondo una piedra una mano
la rueda de hormigas y vino que mueve la noche la amistad
de los pájaros en esas regiones baldías donde se muele la harina
sin fin en el calendario
con mi alma de encrucijada y de caricia girando en el viento
de la frustración
excitante como el horizonte
¡como un sexo insatisfecho hasta los últimos óvulos de la
costa que se pierde de vista!
¡No quiero morir! me digo aullando con la apuesta perdida
de otro día en plena sangre
yo que insultaba a esos cargadores de inmundicias y a esos
otros devoradores de migajas benditas por amor a la muerte
exijo una piel de orquídeas bajo la demencia de las estrellas
una injuria de prisionero secuestrado por las olas
esas mujeres fanáticas insomnes en sus pobres hospitales de
besos entre los fuegos nocturnos.
Yo hijo de labores incompletas y regiones extrañas
hijo de sementeras errantes y de matrices ansiosas
hijo de corrientes de uñas hambrientas
hijo de hembra fosforescente
no quiero morir bajo mi piel
bajo mi voz
para vociferar en la sombra tras esos ventanales inmensos
y empañados
donde apoyan la frente criaturas de muralla y de lluvia...
Enrique Molina, hay más acá.
Esto no puede ser nomás que una canción, Yolanda, quisiera fuera una declaración de amor
Pero bue, es nomás una canción, qué se le va a hacer. Eso sí, Yolanda sí, se acuerda de mi cumpleaños, eh. Vos, que estás leyendo esto, ni ahí.
Y la presidenta, en vez de declarar feriado nacional, ah, no, ella sigue con la gestión como si nada. Por favor, ¡qué se cree, que con elc recimiento a tasas chinas alcanza para todo? No, señora, llámeme por teléfono y dígame feliz cumpleaños, que sino, mi voto va para la fórmula Duhalde-Altamira, o Altamira-Duhalde, no sé cómo darán las encuestas finalmente para organizar la fórmula.
miércoles, febrero 16, 2011
Mate Cosido
Como David Segundo Peralta figuraba en las actas policiales Mate Cosido, aunque usaba diversos nombres falsos. Planificaba detalladamente sus robos y luego pagaba con amplia generosidad las cosas que comrpaba o los servicios que pedía, entre las gentes más pobres del noroeste argentino. Aparentemente, también repartía el botín entre los más pobres. Se apartó de un robo conjunto con el pampeano (santafesino)Bairoletto porque consideraba que se iba a pudrir todo, como finalmente ocurrió. Trataba de cuidar todos los detalles para que no hubiera violencia en los robos a las multinacionales. Se trataba de un tipo muy culto, que escribió varios artículos para revistas anarquistas de principios del siglo pasado (que estoy leyendo, para un artículo sobre el tema, je).
Como el Chueco Maciel -que popularizó Daniel Viglietti- Mate Cosido tuvo y tiene sus canciones, la más conocida es Bandidos Rurales, de León Gieco, y a su vez, la más específica del también santafesino Adrián Abonizio que acá se puede escuchar por Juan Carlos Baglietto.
Hay una canción menos conocida de Nélida Argentina Zenon de Los Trovadores del Norte que en una parte de la letra dice, sobre el final:
Pero fue un día, allá, en el Chaco
que un compañero lo delató
desde aquel día Mate Cosido
huyó a la selva y nunca volvió.
El caso es que no puedo encontrar más que un secuestro de un terrateniente esclavista llamado Jacinto Berzón, a quien le pidió que arroje el dinero desde un tren en Villa Berthet, hoy provincia del Chaco. La cosa salió mal, lo hirieron en la cadera y no se supo más de él.
Es poco probable que haya huído -hay estudios de Hugo Chumbita sobre esto- a la selva chaqueña, entre otras cosas porque tenía guita y era una persona culta y refinada. No sé. El asunto es que esto de la delación -demasiado emparentado con el núcleo común de los hérores paganos y con la construcción antisemita del final de Jesucristo- sólo aparece en esta canción, en fin.
Taso, taso, son cínicos estos guasos!
Esta pintada que promociona al candidato macrista de Neuquén, Jorge Sobisch, está en la puerta del cementerio donde está enterrado el maestro Carlos Fuentealba, asesinado por Jorge Sobisch y los actuales asesores de seguridad del gobierno porteño.
Ya sin la colaboración patética de Jorge Asís y la cloaca del peronismo federal de 2007 (reciclada hoy con el agregado de Felipe Solá, Jorge Busti y Ernestina Herrera de Noble) Sobisch intenta ganar las elecciones internas del Movimiento Popular Neuquino, hoy al frente del gobierno, con Sapag, alineado al gobierno nacional (el MPN surge ante la exclusión clasista de las expresiones preferidas por las mayorías populares en los años en que gobernaba el hoy muy venerado demócrata proscriptivo Arturo Illia). Si pierde, como seguramente ocurra, se presentará con otro sello en alianza con el PRO del tragabigotes, y los diversos partidos que ya alquilaron Duahlde, Solá, Das Neves y Saá.
martes, febrero 15, 2011
Susana Miau 2
Julia ha dejado un nuevo comentario en su entrada "Susana Miau":
Ayer entrevisté a Julián Alvarez para el Ni a palos de este domingo y me contó entre otras cosas mucho más interesantes, que en lugar de M (a quien sólo se pasó a disponibilidad y con buenos argumentos), pusieron a Leo, un pibe con síndrome de down. Dato que no sería relevante si no es que Miau, con la anécdota de M, quiere poner a Julián y a la generación que él representa, como unos pendejos frívolos. Eso, me parecía importante contarlo.
Mañana en Miradas al Sur, entonces, Julia Mengolini entrevista al flamante Secretario de Justicia, Julián Alvarez.
Ayer entrevisté a Julián Alvarez para el Ni a palos de este domingo y me contó entre otras cosas mucho más interesantes, que en lugar de M (a quien sólo se pasó a disponibilidad y con buenos argumentos), pusieron a Leo, un pibe con síndrome de down. Dato que no sería relevante si no es que Miau, con la anécdota de M, quiere poner a Julián y a la generación que él representa, como unos pendejos frívolos. Eso, me parecía importante contarlo.
Mañana en Miradas al Sur, entonces, Julia Mengolini entrevista al flamante Secretario de Justicia, Julián Alvarez.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

