sábado, mayo 24, 2014

Terrazas. Baldíos. La guita contra el corazón. Y la estrella que no pude robarle al cielo



Spinetta hizo un disco inspirado en Artaud. A Borges, por lo menos popularmente, nadie lo cantó. Las letras de los Beatles suelen ser una reverenda boludez. La narrativa simple y eficaz de Benedetti creó canciones que marcaron los 80 (la década que no existió) Conclusión: una canción no es lo mismo que un poema con métrica.
Recién ayer me di cuenta. Aunque no sabría explicarlo.

En el centro de la manzana frente al Monumento a la Bandera había un baldío. Árboles altísimos sobre el yuyal. Un cañaveral, también. Que era, como todos los cañaverales, una trinchera para ratas y patos rojos que nunca estuvieron ahí, pero cuando me acuerdo del baldío me acuerdo de los patos. Unos patitos feos, de madera, pintados con témpera roja; que colgaban en la cocina. Al lado de los duendes que vivían en los potecitos de azafrán. Entre los repasadores con elefantes estúpidos. Aunque eso último no se si fue así. Probablemente, no. ¿Quién mierda va a fabricar un repasador para la cocina con el dibujo de un elefante?

El centro de la manzana tiene un nombre topográfico que ahora no me acuerdo. No importa. Porque los baldíos se parecen a los carozos.
Pero las cuatro cuadras cuadradas no tienen nunca forma de manzana. Ni de pulmón. Me acordé. la puta que los parió, pulmón de manzana.
Dormían, en una casilla, los borrachos que cuidaban los autos en la plaza de enfrente. Son los comienzos de la pobreza tal como hoy la conocemos. Y abarca buena parte de la población del país.
Más que pobreza es indigencia: gente tirada, sin nada.
Cuando yo era chico esa miseria era asociada al alcoholismo o la ludopatía. Bah, el juego es para el que tiene guita. Bueno, voy a que eran fenómenos que no se asociaban a una falla estructural y resignadamente insalvable como nos fuimos acostumbrado, hoy. Nos ganaron los conservadores. Sin hacer absolutamente nada más que esperar el fracaso de los que soñábamos un país para todos. Todos.


La que tiene la fuente, bajando la barranca. a esa plaza me refiero. En Rosario. La plaza De Las Banderas.
Enfrente hay un edificio que es de Messi. Y dicen que el bar, también. Pero es un bar muy viejo. Funcionaba cuando nosotros íbamos a buscar moras al árbol que está enfrente de Canal 5.


Yo lo veía desde arriba y lejos al baldío del centro de manzana donde estaba el rancho de los borrachos que cuidaban autos y tomaban vino en caja y después se caían cada dos por tres tratando de escalar el tapial y entrar a su casa. Que no era casa ni era suya. Delicatessen jurídicas en la verba turra de los traidores.

Esa era la novedad sociológica: no era pobreza, era expulsión. El cinismo que la rodea de patovicas morales y la cuidan de sentirse insegura, a la expulsión, a la reducción a la servidumbre, entonces aún no tenía doctores y Licneciados en Justificación que te repriman epistemológicamente por constatar que esta sociedad está podrida culpa de la desigualdad. Que lleva a límites de Holocausto a la desigualdad social. Expulsión de cuerpos, de personas, de heridos. Sorteados en los casinos de las estadísticas. .Expulsados.  Eso que ahora se llama exclusión social para darle una pátina de prestigio a los que no pueden solucionarlo aunque se llenen la boca de promesas electorales entre sus dientes prolijos y contundentemente blanqueados.No me acuerdo si me asustaba el baldío. Porque lo miraba, subido a una silla, desde el segundo piso, la terraza en realidad, de mi casa en Rosario. Había que subir una escalera enorme, atravesar pasillos, oscuros y siniestros, como todos los paredones olvidados (vistos desde los ojos indecisos y asustados de la infancia);  después pasar por un patio donde había plantas secas en macetas despintadas: una postal del desgaste familiar, llegar a la cocina, ventanales, tazas, discusiones. Y pararme en la silla y mirar el baldío. Por el ventanal. Si ahora mido un metro y medio cuando entonces habré sido un enanito de jardín. O el hongo de arcilla que le ponen al lado del enano de jardín. Ese homenaje a los asesinos seriales que son los enanos de jardín. No jodamos. Todos sabemos que de noche cobran vida. Se esconden en los sauces. Nos vigilan. De vez en cuando matan a señoras grandes, viejas, de ponele, 16 o 17 años, esas viejas putas que te cagan a patadas cuando le tirás una bombucha.
Está bien, dentro de todo, que de vez en cuando sean asesinadas a tarascones rabiosos de esos mentecatos vigilantes que se comen los caracoles antes que podamos terminar nuestra germinación de porotos.

En el patio había una escalera, que daba a la terraza. No me dejaban subir.
Era una escalera de altillo. Entre el comedor y la habitación donde mis padres a veces dormían juntos. No entraban dos personas subiendo una al lado de la otra en esa escalera de cemento huérfano y una baranda floja, adoptada. Pero adoptada en los tiempos donde era el peor insulto. Era peor que cagarte a trompadas que te digan adoptado.  Los días donde cada jardín de infantes fue un centro subversivo contra la dictadura de los bebés robados . Y era tan empinada que los últimos escalones no se veían; era como la ranura entre la mesada y la cocina que nuestro ojo evita. Por que ahí se está pudriendo el aceite que salt´´o. Ahí habitan las ratas, los dragones y los plomeros. Todo lo desconocido habita en la ranura que hay entre la cocina y la mesada. Un pulmón de fumador. Las lauchas ven, ahí, paradas sobre un corcho, un cañaveral hecho de fósforos quemados.
Una vez trepé la escalera, me asomé a la reja. Miré el baldío. Estaba mucho más alto.

Espiaba las marchas desde el balcón. Barbudos enojados. Había un problema con los militares. Era algo que los grandes no hablaban si nosotros estábamos cerca.
Yo ya me había recuperado de mi primer divorcio. Una india, hija del cónsul de la India, que iba a la misma guardería que yo. Pasaba todo el día con ella. Sin hablar. Porque ella no me entendía un poco y viceversa. Jugábamos con plastilinas. Ella también sabía leer. Pero yo no entendía un carajo de su mundo.


-Mamá, por qué ese señor es negro?
Mi vieja cuenta esta anécdota todas las navidades. Porque se dieron vuelta todos en la panadería. Incluido el africano -el primer africano que vi en mi vida, en ese entonces ni por televisión se veían africanos, entre otras cosas, por que la mayoría de los países africanos se declaraban socialistas- un diplomático que se enojó mucho. Con mi vieja.
Un pelotudo.

Naturalmente, yo no puedo decir en navidad eso: un pelotudo. Era un niño, yo. Y el negro boludo la asustó a mi esposa, la india.
Lo que tendría que haber hecho es sacar la pistola, tomar rehenes ahí en la panadería, irme con la india (mi vieja se acuerda hasta el nombre: pobre, mi mamá siempre se soñó abuela de críos educados y cultos, respetuosos de la ley y solidarios, en una casa con duendes de jardín y un Lucas bien vestido, más precavido, menos audaz. Incluso siendo lo que siempre quise ser: un escritor. A mi vieja incluso le caía tan bien que yo quiera ser eso -a mi papá también- que me alentaban y ayudaban. Es una pena que les haya salido así, supongo. Para mí no. Decido bastante de mi destino. No es algo de lo cual pueda ufanarse cualquiera. Menos el pelotón de oficinistas tristes que ahora me está leyendo y agradezco) tomar el boulevard después de robarme una camioneta, pasar frenético los semáforos, provocar choques, escuchar, a las carcajadas mientras la india me pasa la botella de cerveza, las sirenas del corso policial y tonto persiguiéndome cuando agarro una rotonda, hago una maniovbra y salto, con el auto, el río, reboto en un árbol, saltando tan alto que apoyo el codo canchero en la ventanilla, agarro una estrella, se la doy a michica y después le canto con la soberbia de Frank Sinatra esa que me sabía en la guitarra; era una canción de Pipo Pescador: el John Lennon de mi preescolar.


Como tenía cinco hermanos varones, la única niña, la que llevaba de la mano, la hija del cónsul, era para mi mundo ansioso por descubrir los secretos del universo, una otredad otoñal y tierna.
La concha de la lora: ¿por qué no nos permiten empezar de vuelta, volver a vivir, hacer retoques al pasado?
Si pudiera empezar de nuevo creo que me la chaparía (con lengua, como de´ciamos en la escuela República de Entre Ríos) en el arenero. Y después la pondría en cuatro patas.
Para jugar a los autitos chocadores.

La mamá de Julián Stopello fue maestra jardinera. Entonces contaba, en Paraná (creo que ahora vive en Córdoba, después que murió el papá de Julián) la mejor historia de amor que he escuchado en mi vida. La de Julián con una compañerita del jardín.
Me encantaba esa historia.
No me importaba que a la cuarta ginebra Julián le agregara nuevas escenas, incluso de acción, me gustaba. Nos tirábamos en el Parque Urquiza, borrachos hasta el colmo, a esperar la hora del colegio. Y resultaba que los dramas filosóficos, los poetas que nos gustaban, se colaban en la reedición oral de su amor de guardería.
Igual, yo siempre fui más delirante.

Pasaron los años y seguí siendo un niño. Al baldío del centro de la manzana lo derrumbaron con topadoras. Desmalezaron y cortaron la mayoría de los árboles. Abrieron, a la vuelta, un paredón: lo tumbaron y a la mierda. Pusieron arena. Flores. Pintaron canteros. Colgaron hamacas. Se autohoneajearon los funcionarios municipales.. Se compararon con los próceres. Se hicieron aplaudir por el sindicato. Todo eso que hacen los políticos cuando vencen en una guerra mundial o inauguran una plaza.

La primera vez que fui, con mis hermanos, a la plaza, me sentí triste.
Yo prefería el baldío.
Prefería el lugar que no conocía. El misterio. La aventura. El lugar adonde no podía llegar con el atlas: la rama donde va el primer tablón de la casita en el árbol. Ese lugar imposible y ausente que yo sé que existió. Aunque no pueda googlearlo. Aunque a la mayoría de los testigos el asunto les chupe un huevo. Aunque todos se hayan olvidado,  yo, no. Al baldío adonde podía soñarlo ninguna sanmartiniana puesta en valor de los espacios públicos por los que dieron la vida los 30.000 me lo va a borrar un sacerdote psicópata que bendice a la empresa constructora.

Ahora hay una puerta, tan grande, media cuadra, los canteros, el jardinero, las hamacas, unas pintadas cursis, sobre las paredes, de soles sonriendo y nubes y chicos jugando. Todo eso me entristecía. Yo sabía, bah, saber, a los 5 años, no se sabe nada con claridad, pero intuía, que yo era raro. Que tenía que tratar de aceptarme. De no enloquecer. Serenarme. Como el previsible tubo fluorescente que ilumina el agua verde de la fuente. Donde nuevos niños están jugando, ahora. Donde niños que aún no nacieron jugarán.
Mi casa se cae a pedazos, abandonada. El baldío ya no está. Los bebederos no tienen agua. Hay bares para ricos en el parque. Muchos expulsados que duermen en los bancos, abajo de un árbol, en las veredas donde jugábamos al fútbol.
Les conté a unos chicos que ahí enfrente había un baldío. Donde hicimos una balsa con cañas y navegábamos, capitanes de la ilusión, 15 metros creyendo que del otro lado estaba la Isla del Misterio y no había nada, había más cañas y renacuajos y padres que gritaban "a comerrrrr"
-Señor ¿no habrá otros baldíos,por casualidad, no sabe, donde nosotros podamos hacer nuestra cancha de fútbol con arcos de cañas?
-No sé, si yo fuera ustedes armaría una brigada de exploradores y rastrillaría los parques y tapiales buscando un baldío. Para ponerle nombre. Construir una canchita. Una casa en el árbol. Y una balsa.
-pero su balsa, señor, flotaba de verdad?
-No, se hundió el primer día. Y nos cagaron a pedos nuestros padres porque volvimos con la ropa sucia, mojada y rota.
-¿Y para qué nos dice que hagamos una balsa?
-Para guardarla en el corazón, como el baldío. para hacerse viejo y sentarse, acá, acá mismo, para saber que ninguna empresa constructora, ninguna burbuja inmobiliaria, ninguna intendencia pomposa, ninguna plaza de clausura, puede arrasar con el baldío. El baldío sigue ahí.
-ahí no hay ningún baldío, señor, usted está turuleca.
- El baldío lo guardo acá. Soy yo. Yo soy un baldío en pleno centro.
-Señor, usted está loco.
-Sí, eso dicen.


13 comentarios:

  1. ENANO TE AVISO EN ESTE POST PARA QUE NO PASES TANTA VERGÜENZA. UN ANÓNIMO "MAXI" TE HIZO UNA JODA A LAS 3:01 EN TU PUEMA SOBERBO. BORRA TU COMENTARIO AGRANDANDOTE CON LOS FALSOS ELOGIOS, PORQUE QUEDAS COMO UN ENANO MUY PELOTUDO. POR LO MENOS QUEDA COMO UN ENANO PELOTUDO, SOLAMENTE24 de mayo de 2014 a las 1:57 p.m.

    EL DE LAS 3:01 ES UNA JODA, ENANO PELOTUDO, JAJAJAJAJAJAJA, NO TE DISTE CUENTA, MIRA QUE SOS EGOCENTRICO, "ADSENSE" "HARIA MIL CLICKS POR TU JOYAS" JAJAJAAA
    ¡¡¡QUE FLORESCAN MIL CLIKCS ENANO!!!!,
    QUE IDIOTA ESTAS, POBRECITO,
    SE TE DEBEN ESTAR MURIENDO LAS NEURONAS SUPÉRSTITES.
    LARGA LA FAFAFA, O MODERATE UN POCO AL CONSUMIR ANTES DE ESCRIBIR "POEMAS"

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  2. No me botonees asì, el boludo del enano quedó al borde del ridiculo en su entrada anterior.
    Maxi.

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  3. A mi me esta saliendo un baldio entre los pelos. (es lo que podia aportar al debate de los colegas)

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  4. NO ES INOCENTE LA DESTRUCCIÓN DE ARGENTINA

    NI LA ESTUPIDIZACIÓN DEL PUEBLO ARGENTINO.






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  5. muy largo, lo del baldio, enano. No tiene punch ni target.
    Era mas divertido "Enano en el medio del ridiculo". La gente se divirtió más con esos versos alcoholizados.

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    1. un plomazo, ni siquiera el carolo de Cesar 37 apareció con frases de "Mammon el devorador de chotas".

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  6. “El nacionalismo es una enfermedad infantil. Es el sarampión de la humanidad”. Albert Einstein.







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    1. te la puso drácula, te la puso el hombre lobo, y también Frankestein.

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  7. Hijo de puta que memoria.... (o lo inventaste todo jejeje).


    Bueno el texto, un viaje por el tiempo, que dicen por ahí que es circular, que vuelve.

    Saludos.

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