Vocación por la Arrogancia



No es un rayo sobre un cielo sereno. Fijate, en España, perdón, fíjese, Doña Clotilde, España. Los indignados, ese movimiento cultural de centroderecha que ayudó al triunfo de la ultraderecha nacional y popular, desplazando a la derecha socialista y obrera. Los indignados sufrían, digamos, psicológicamente: son licenciados de cosas reasí y pero no tienen trabajo de reasí y pero. Hay, gracias al racismo de la crisis un montón de trabajos disponibles. Pero un indignado no puede tomar un trabajo de verdad, quiere un no trabajo, remunerado, basado en su título de cosas reasí y pero no hay, Doña Clotilde. La sociedad del conocimiento es y será una promesa a futuro, corazón.
No es cosa del Primer Mundo, escrito con mayúsculas del original, en Medio Oriente (mayúsculas del occidental), la ultraderecha iba contra los regímenes de derecha por estas mismas razones. Orientados y liderados por la CIA, las dictaduras petroleras salieron a masacrar sus propios éxitos: el petrosaber.
El petrosaber es, Doña Clotilde, lo que constituye, aunque con otros colores (verde de la soja y rojo del boludismo portuario) la fuente del saber en la UBA. Principalmente. La universidad -pública, o sea, pagada por los más pobres al sector social más rico- a la que fue, parasitariamente, Lucas Carrasco, también es depositaria de esto. No se recibió. Ni lo recibirían, en la Universidad Nacional de Entre Ríos. Las nuevas tecnologías (que no son las redes sociales escuetamente, sino, por ejemplo, los avances, sí que dialécticos, en la ingeniería civil, que nos acercan taaaanto que nos hacen más nerviosos y solitarios: los puentes, corazón, tiene un cacho de nuestro deseo) incidieron en ese proceso complejo que recrean un escenario de hipótesis provocadoras, que quizás por el exceso de provocación, el efecto pastiche que le dicen, termina inviabilizando el pensamiento. O quizás, no. Pero la tesis es que la revolución comunicacional (incluye, insistamos, Doña Clotilde, los avances impresionantes en infraestructura: sé lo que le digo, aunque esta postura, dicha sobre lo que rodea al Túnel Sufluvial -una obra de hace 40 años- merezca un tratamiento más sofisticado) los cambios en los términos de intercambio, los avances, impresionantes también, en la producción rural y financiera (ambos muy sofisticados, al día de hoy: contrariamente a lo que se piense al ver un primitivo Biolcatti o un muy básico Eskenazi) la globalización y el posmodernismo, hacen de la Pampa Húmeda un lugar distinto a antaño. De profundización del patrón de acumulación.
Mi humilde opinión, de la no existencia, ya, de una oligarquía litoraleña, para explicar la porteñización extrema del decreto sobre Dorrego, goza de una muy sensata irrelevancia. La discusión intelectual, Doña Clotilde, sigue aferrada a quintas sobre quintos institucionales, pero necesariamente, deberá volver la mirada hacia el temible afuera. El kirchnerismo es el que más entiende esto. Y entonces entramos en un nuevo capítulo de la zaga: Vocación por la Arrogancia, que es discutir, upa, el rol de los intelectuales, dicho así con engolamiento galerita, hoy. De próxima aparición.
Es, esa discusión apasionadamente banal, de suma importancia. Si uno da por sobreentendido que hay una crisis del saber institucional. Y si uno tiene, la psicológica y autocentrada tesis, de que el saber institucional está en crisis. En "el mundo". Qué bien queda decirlo así, por favor!
Doña Clotilde, la crisis financiera, como la llaman en los diarios (esas cosas paraestatales que antes venían con clasificados de putas, es decir, que antes tenían alguna utilidad) es también una crisis del saber institucional. Y esta crisis, la del saber institucional, es una crisis, también, financiera y militar. ¿O no manifiesta una crisis institucional que, mientras avanzan las partituras de la segmentación, especialización y fragmentación del saber institucionalizado, queden menos espacios del mercado, lo real objetivo, para donde operar con esos saberes, para dónde desempeñarse desde un aceptable abanico de valores predominantes de lo social, como justamente, es el salario en lo real objetivo, o sea, en el mercado? Dicho en criollo, Doña Clotilde: si su hijo se recibe de médico quizás no tenga trabajo.
Florencio Sánchez, recuperado por el teatro, comenzó su radicalización política en La República, órgano de prensa dirigido por quien hoy sería un periodista independiente galardonado, Lisandro De La Torre, senador nacional. Norma Morandini, senadora del partido corporativo y candidata fracasada a vicepresidente con la oligarquía, multipremiada (desde que es senadora por las corporaciones, antes nadie le daba demasiada pelota: su momento triunfal fue cuando vino a hacer, con Majul, un 678 ineficaz y burdo como funcionaria de De La Rúa) multipremiada como periodista independiente, puede dar cuenta de eso. Por lo tosco del asunto, por lo menos Lisandro De La Torre tenía talento y leía de corrido, un Luis Majul, perdón pero sencillamente, no.
Florencio Sanchez plasmó la frase Mi Hijo el Dotor  en un "drama rural en tres actos". Era, Florencio Sánchez y su producción, de los tiempos en que existía, todavía, lo rural. Y el drama. Florencio Sánchez era un militante anarquista, periodista, hoy sería considerado un periodista militante. Y hoy tendría las posibilidades tecnológicas para cagarse en la crisis del saber institucional. Tendría, también, seguramente, problemas económicos.
Doña Clotilde, en Vocación la la Arrogancia, conectamos las obsesiones del autor de este blog, que ahora, a lo Maradona, habla en tercera persona. El drama rural en tres actos de haber dicho, hace un tiempo largo ya, que "el campo, no existe". Es que los hombres se someten al poder de la pasión. De haber, audaz e irreverente, pero completamente intrascendente, dicho que la crisis financiera internacional, como la llaman los diarios, era una crisis de origen militar, en la saga, Doña Clotilde, de estremecedoras notitas pegadas en la heladera, dirigida a usted. La insoportabilidad del discurso de la nueva derecha, el osopandismo, y sus conexiones con, por ejemplo, el folclore. Esa música de la República de Palermo. Y los cambios, más institucionales, que hacen a la crisis del saber, en "la cultura y el kirchnerismo". Llegamos, entonces, a la totalización nunca cerrada, la discusión, sencilla, sobre "el rol de los intelectuales" en la síntesis, sumaria en el sentido de juicio injusto, a partir, entonces, de Vocación por la Arrogancia. De próxima, le dije, aparición. Con un anexo prometedor: Cachito, Campeón de Corrientes, con la mirada ácida (viene bien la autopromoción, eh) de un entrerriano dando vueltas en el no-lugar que es la Pampa Húmeda, pero con todas las historias de mujeres y borracheras que son las delicias de mis adversarios, para decirlo con todas las letras de la primera persona del singular, Doña Clotilde.
Probablemente, Florencio Sanchez sería hoy un bet seller, o sea, vendería muchos libros, leídos por Doña Clotilde. Que lee a Felipe Pigna. Y suscitaría la reacción en cadena de Franja Morada. Indignadísimos por esa desfachatez de saber y militar su saber. El joven Luis Alberto hijo de José Luis Romero escribiría unas diatribas llenas de odio en La Nación, edición en papel, la menos leída, pero la validada por la oligarquía. Para la edición electrónica se puede encontrar un lumpen ignorante pero millonario y chanta como Luis Majul. ¿Qué opinarán los pelados de anteojos (o sea, los columnistas de la edición en papel) de las columnas que firma Luis Majul? ¿Elogiarán el odio que desparrama, la falta de ética en el fabular; o privilegiarán que el pobre tiene problemas para expresarse con más de 2.000 palabras? Un dilema que La Nación, el diario que privilegia los negocios sin que se note tanto, resuelve, poniendo al joven hijo de Romero -que trabaja desde hace apenas 65 años como hijo de (perdón por volver a parafrasear a Florencio Sanchez)- en la aburrida edición en papel, donde será leído por unos pocos miles y a Majul, en la online, donde gracias a la burla constante de miles de internautas, será leído por cientos de miles. Desdobla la validez, desdobla y afronta, así, la crisis del saber institucional. Tema de estado, el saber institucional, que en los diarios estatales (como La Nación y Clarín, que se pagan con la plata de los jubilados) se prefiere ignorar, hacer como que no existen. Excepto, La Nación, que ya piensa en nuevos modelos de negocios. Se alejan muchos pasos de, por ejemplo, el canal estatal Telefé, que atrasa, enormente. Telefé denuncia a un pendejo genio y mercenario que armó Cuevana, porque no entiende Telefe, no quiere Telefé o no sabe Telefé, que es Google, el Magnetto del mundo, quien les está mojando la oreja.

Las economías dolarizadas, como la nuestra, que sufrieron colapsos revirtieron esos ciclos de endeudamiento. Hoy, la crisis, la tiene el dólar. A eso se refiere, también, entre otras cosas, la reversión de
los términos de intercambio. Fenómeno que dista de estar lejano a la crisis del saber institucional. Aunque encontrar relaciones entre ambos fenómenos no sea adecuado a "los tiempos que corren". Los tiempos que, parece, nos corren.
Eso es todo, señores, buenas noches.
Felices fiestas, por si no nos vemos.



El rol de los intelectuales es un debate que se ha masificado, como nunca sucedió en la historia de la humanidad. Y lo digo, con vocación por la arrogancia, pero en serio. Un intelectual comprometido con su causa, como Carlitos Balá, hoy puede ser abordado desde una perspectiva más precisa de sus alcances y efectos. Y, en serio, hablo en serio. Con vocación por la arrogancia, pero en serio.
Los intelectuales son quienes no trabajan con las manos. Es así de sencillo. Bah, es más complejo. Pero los conceptos complejos deben partir de premisas simples, palpables o, para burlarse del marxismo, cosas concretas. No existen las cosas concretas, por la misma razón que todos son intelectuales.  Porque "no se puede separar al homo faber del homo sapiens”como decía el General Perón.  Recordemos a Perón: “de la técnica-trabajo a la técnica-ciencia y a la concepción humano-histórica, sin la cual permanece especialista y no se vuelve dirigente”. En esa fórmula, se encuentra la concepción, que Perón estudió y dio a conocer al mundo, del intelectual orgánico.
Ya en la antigua Grecia, es conocida la anécdota de Sócrates (es conocida la anécdota porque Menem la citó mal y todos nos reímos) en su última etapa, sobre Angueto, su discípulo. Angueto era mercenario, pero al servicio de los persas. Y Angueto nunca se quedaba quieto. Para Sócrates, Angueto era la antítesis de un intelectual, por esa manía de no poder quedarse quieto, especialmente, en tiempos de paz. Pedirle a Angueto, decirle, quedate quieto, era inútil. Era como hablar a la nada. Como si no existiera, Angueto.
Una concepción de inteelctual, como quien no hace un trabajo manual, quien trabaja con conceptos, no necesriamente remite a laboratorios y bibliotecas, sino a su faz creativa, su lugar en la producción de sentidos. Carlitos Balá, en este criterio abarcativo e instrumental, es un intelectual. Condicionante de la formación de muchos de nosotros. Correa de transmisión de valores, para usar una metáfora de la época. De la de Carlitos Balá.
La secularización de las costumbres es un "hecho concreto" poco transitado en las valoraciones de coyuntura. Tiene enormes implicancias, señora. Porque amplía el radio de acción, de por sí fabulósico, de la producción de sentidos. Que requiere, previamente al análisis, una premisa de dudosa empiria. Del campo, por ejemplo, del psicoanálisis (por su imposibilidad de cumplir la condena en probation): la condición del ser humano sigue reclamando y distinguiéndose por su capacidad de crear cultura, esto es, de crear sentido. Si esa producción de sentido, que en alguna etapa de la historia implicó la dedicación full time de imágenes religiosas para la clase dominante, modifica su patrón de acumulación de sentidos, virando hacia una inmanencia de carácter individualizante y si este carácter se funde en los valores sociales predominantes, por caso, la "democratización", de avanzar los medios de producción de mercancías manuales hasta un punto de no requerir la totalidad del trabajo humano disponible, tenemos entonces que por primera vez en la historia de la humanidad existen multitudes humanas dedicadas al "trabajo" intelectual. Como sucede, señora, hoy.


La producción social de sentidos-que no es estrictamente la "reproducción"- puede considerarse trabajo, en el sentido manual e industrial del término. Pensemos, por ejemplo, en los docentes.
¿Quién consideraría injusto un aumento salarial docente? O que, directamente, no cobraran, porque "eso no es trabajo".
Ahora, la escuela donde está dando clases el docente, fue construida con las manos obreras de personas. Que trabajan para una empresa que tiene un ingeniero y un arquitecto, que nunca mueven, obviamente, un dedo. Y ganaron una licitación que amañaron burócratas de algún ministerio. Mientras obreras bolivianas en un taller ilegal hacían guardapolvos, que la señorita docente considera parte sustancial del saber que en suerte le toca transmitir. Y así. El trabajo manual y el trabajo intelectual se funden en la producción de sentidos sociales en torno a significaciones duras como "escuela", "maestro", "construcción", "pared", "guardapolvo", "alumno" de fácil asociación en un momento dado en un lugar puntual. Porque, el tiempo y el espacio, señora, también "constituyen" los significados. Sí, es engorroso esto, lo sé.
Tenemos entonces que la producción social de sentidos no puede ser lo estrictamente no manual del trabajo humano involucrado, ni el resultado final, ni la pura mezcla. Sino la imbricación, el tipo ideal, la suspensión -instructiva y pedagógica, más imposible en lo real- del tiempo y el espacio para definir una síntesis de elementos: tiempo, lugar, fuerzas sociales, luchas políticas, trabajo manual, trabajo intelectual, fuerzas productivas, medios de producción.
¿Y qué utilidad tienen estos conceptos, si se puede saber?
Mmmm, qué pregunta, difícil.
El señor Carrasco está acostado, terminando de poner dos renglones a esta entrada, con la espalda dormida a jeringazos, haciendo obligatorio reposo, tras una jornada insoportablemente dolorosa. Ya encontrará algún bolazo por el cual justificar estas entradas guardadas, seriadas, que derivan en la provocación de indagar en el fin del periodismo y la política tal y como la conocimos.




El rol de los intelectuales es un debate que se ha masificado, como nunca sucedió en la historia de la humanidad. Y lo digo, con vocación por la arrogancia, pero en serio. Un intelectual comprometido con su causa, como Carlitos Balá, hoy puede ser abordado desde una perspectiva más precisa de sus alcances y efectos. Y, en serio, hablo en serio. Con vocación por la arrogancia, pero en serio.
Los intelectuales son quienes no trabajan con las manos. Es así de sencillo. Bah, es más complejo. Pero los conceptos complejos deben partir de premisas simples, palpables o, para burlarse del marxismo, cosas concretas. No existen las cosas concretas, por la misma razón que todos son intelectuales.  Porque "no se puede separar al homo faber del homo sapiens”como decía el General Perón.  Recordemos a Perón: “de la técnica-trabajo a la técnica-ciencia y a la concepción humano-histórica, sin la cual permanece especialista y no se vuelve dirigente”. En esa fórmula, se encuentra la concepción, que Perón estudió y dio a conocer al mundo, del intelectual orgánico.
Ya en la antigua Grecia, es conocida la anécdota de Sócrates (es conocida la anécdota porque Menem la citó mal y todos nos reímos) en su última etapa, sobre Angueto, su discípulo. Angueto era mercenario, pero al servicio de los persas. Y Angueto nunca se quedaba quieto. Para Sócrates, Angueto era la antítesis de un intelectual, por esa manía de no poder quedarse quieto, especialmente, en tiempos de paz. Pedirle a Angueto, decirle, quedate quieto, era inútil. Era como hablar a la nada. Como si no existiera, Angueto.
Una concepción de inteelctual, como quien no hace un trabajo manual, quien trabaja con conceptos, no necesriamente remite a laboratorios y bibliotecas, sino a su faz creativa, su lugar en la producción de sentidos. Carlitos Balá, en este criterio abarcativo e instrumental, es un intelectual. Condicionante de la formación de muchos de nosotros. Correa de transmisión de valores, para usar una metáfora de la época. De la de Carlitos Balá.
La secularización de las costumbres es un "hecho concreto" poco transitado en las valoraciones de coyuntura. Tiene enormes implicancias, señora. Porque amplía el radio de acción, de por sí fabulósico, de la producción de sentidos. Que requiere, previamente al análisis, una premisa de dudosa empiria. Del campo, por ejemplo, del psicoanálisis (por su imposibilidad de cumplir la condena en probation): la condición del ser humano sigue reclamando y distinguiéndose por su capacidad de crear cultura, esto es, de crear sentido. Si esa producción de sentido, que en alguna etapa de la historia implicó la dedicación full time de imágenes religiosas para la clase dominante, modifica su patrón de acumulación de sentidos, virando hacia una inmanencia de carácter individualizante y si este carácter se funde en los valores sociales predominantes, por caso, la "democratización", de avanzar los medios de producción de mercancías manuales hasta un punto de no requerir la totalidad del trabajo humano disponible, tenemos entonces que por primera vez en la historia de la humanidad existen multitudes humanas dedicadas al "trabajo" intelectual. Como sucede, señora, hoy.


La producción social de sentidos-que no es estrictamente la "reproducción"- puede considerarse trabajo, en el sentido manual e industrial del término. Pensemos, por ejemplo, en los docentes.
¿Quién consideraría injusto un aumento salarial docente? O que, directamente, no cobraran, porque "eso no es trabajo".
Ahora, la escuela donde está dando clases el docente, fue construida con las manos obreras de personas. Que trabajan para una empresa que tiene un ingeniero y un arquitecto, que nunca mueven, obviamente, un dedo. Y ganaron una licitación que amañaron burócratas de algún ministerio. Mientras obreras bolivianas en un taller ilegal hacían guardapolvos, que la señorita docente considera parte sustancial del saber que en suerte le toca transmitir. Y así. El trabajo manual y el trabajo intelectual se funden en la producción de sentidos sociales en torno a significaciones duras como "escuela", "maestro", "construcción", "pared", "guardapolvo", "alumno" de fácil asociación en un momento dado en un lugar puntual. Porque, el tiempo y el espacio, señora, también "constituyen" los significados. Sí, es engorroso esto, lo sé.
Tenemos entonces que la producción social de sentidos no puede ser lo estrictamente no manual del trabajo humano involucrado, ni el resultado final, ni la pura mezcla. Sino la imbricación, el tipo ideal, la suspensión -instructiva y pedagógica, más imposible en lo real- del tiempo y el espacio para definir una síntesis de elementos: tiempo, lugar, fuerzas sociales, luchas políticas, trabajo manual, trabajo intelectual, fuerzas productivas, medios de producción.
¿Y qué utilidad tienen estos conceptos, si se puede saber?
Mmmm, qué pregunta, difícil.
El señor Carrasco está acostado, terminando de poner dos renglones a esta entrada, con la espalda dormida a jeringazos, haciendo obligatorio reposo, tras una jornada insoportablemente dolorosa. Ya encontrará algún bolazo por el cual justificar estas entradas guardadas, seriadas, que derivan en la provocación de indagar en el fin del periodismo y la política tal y como la conocimos.




Los dos intelectuales -casados, pero ya no en pareja- Laclau y Eldiego, siempre cuestionaron los medios de producción que hacían posible su enriquecimiento. Bajo una lógica, entre equivocada y simple, de que los productores del dinero y la magia maradoniana debían obtener la mayor tajada. Laclau no la juntaba pero la cuidaba, y según dicen las malas lenguas, la reproducía, y Eldiego jetoneaba y, por suerte, pateaba la más maravillosa música, el fútbol. Era, Eldiego, marido en ese entonces de Laclau, de los que metían la pata en todo el asunto. Los que corrían en la cancha. Los que brotaban de lo imposible, como Eldiego. Yuyo bravo de las malezas pampeanas. Demagogia con los pies.
En términos marxistas, hecha así la formulación, "el hacedor del producto debe llevarse la mayor tajada de la mercancía" estoy, claro, de acuerdo. Claro. Pero. El fútbol -esa vulgaridad que fanatiza a intelectuales culposos- no es 22 millonarios pateando una pelota sino, como quedó claro en ocasión del Fútbol para Todos y los berretines del Grupo Clarín, es básicamente un programa de televisión. 
¿Quién "hace" los programas de televisión? ¿El protagonista o la maquinaria que lo posibilita?
La discusión, en el campo comunicacional, es vieja. Una expresión, popularizada, dice que el medio es el mensaje. Otra, ya caía en desuso, antagónica a la anterior (que también está un cacho añeja), habla de emisores y receptores. En el campo aristotéticamente intermedio, está la tensión dialéctica. Yo, si me dieran a esconger, me paro ahí. Donde está el quilombo. Como siempre. 
Ninguno de los dos, ni Laclau ni Eldiego, produjo ningún bien tangible. No es una crítica, ojo al piojo, López, sino, digamos, una observación. Sobre la modalidad de hacerse millonario en los tiempos que nos corren. Con la escoba. Y la modernidad.
No habré de ser yo, justamente, o injustamente, quien cuestione que un hombre no haga mercancías tangibles. Yo, que me como las uñas. Culpa de estos brotados nervios existenciales. 
La producción intelectual tiene hoy nuevas mediaciones, del campo de las tecnologías comunicacionales. La crítica a esas condiciones de producción, está, brillando por su ausencia. La ausencia que brilla. Qué linda expresión, señora. Igual que "valga la redundancia". Frases huecas. Como el hueco de la ausencia. Que se hace presencia, justamente, por el quiebre. 
Viene, a continuación, una serie de epístolas -aburridas, para quienes no tienen ese interés, tan específico y añejo- sobre la novela burguesa. Salteemos, señora, ese paso (en la pestaña respectiva, podrá leerse, si es de su gusto, ese asunto sobre la novela burguesa, sus inicios, devenir y decadencia). Basta observar que esos artefactos -la novela- no han muerto. A diferencia, por ejemplo, de dios. Ni, creo, morirán. Aunque, eventualmente, cambien de soporte. Una cosita sobre dios y su ya desmentida muerte: ¿cómo puede ser que dios muera en cada campo de batalla y resucite para seguir haciendo guerras?
Volvamos. Siempre habrá historias por contar, para contar, avidez de leerlas, de adquirirlas, ilusión de vivirlas. Usos y abusos de la lectura. Esa fascinación. Tan moderna. Y encantadora. 
Pero puede que, es mi apuesta, se vaya hacia una doble convergencia: de soportes y de géneros. Algo de eso ya hay, de manera acentuada (después de todo, siempre estuvo presente, todo siempre: ¿o acaso sin la invención de la imprenta hubiera sido posible la novela?). La doble convergencia refiere, por un lado, a los soportes, a su, digamos precariamente, fusión: tanto de soportes duros, del papel a la pantalla, como de soportes visuales: texto, imágenes, sonidos, etc. Y por otro lado, otra convergencia, convergente con la anterior. De géneros. Del periodismo, de la poesía, de la musicalidad, de la ciencia, hacia la novela. 
No es, en el sentido económico del término, la decadencia de la novela burguesa. Sino, su crecimiento, a través de la destrucción de sus antiguos medios de producción, señora, ¿le suena?.
La crítica a estos medios de producción intelectual ocurre. Pero por fuera de los circuitos del saber. Lo que deriva, según nuestra siempre humilde apreciación, en la crisis del saber institucional. Esta crisis es provocada por la destrucción creativa, por parte de la burguesía, de los anteriores medios de producción.
Sus efectos, las consecuencias de este problema, no sé en qué derivarán. Nadie tiene la bola de cristal. Pero   es una pena que hoy, ahora, se pueda constatar que la producción de esos saberes críticos sobre las condiciones de producción cultural estén siendo absorbidas, mayormente, por el propio mercado. Por los grandes jugadores en su estrategia de posicionamiento. Por caso, gracias a Google, usted tiene la amabilidad de leer estas consideraciones. Pretenciosas. Sí. Pero así están las cosas. Hasta el próximo capítulo.


2 comentarios:

  1. Qué aburrido. Ahora entiendo la pica con el perfectito niño Ricardo Alighieri... una cuestión de egos para ver en cuántas vueltas más puede uno florearse en el lenguaje para decir cosas que pueden ser más simples. En fin... "comunicadores".

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  2. Debe estar buenísima esta publicación. Pero es larguísima. Yo solo pude leer hasta "Dicho en criollo, Doña Clotilde: si su hijo se recibe de médico quizás no tenga trabajo." Por que no escribe en criollo solamente?

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