viernes, julio 22, 2011

Me estaba acordando de una plaza



Me llamo Lucas Carrasco. Soy de esa clase de tipos que van por la vida preguntando: ¿Esto es todo? ¿No hay nada más?
Cierro el libro. Me estaba acordando de una plaza. Lo dejo sobre la mesa. Una moza, atenta, aunque como en otra cosa, me deja un café. Que no quiero. El televisor está al máximo del volumen. Un par de noches atrás, acá mismo, festejaban, los comensales, el triunfo sobre el filo de Paraguay contra Uruguay. El dueño de este bar es uruguayo. Los asiduos son paraguayos. La moza una mezcla, caderona, indefinida. Siempre está triste. Es mucha la gente que siempre está triste. Hay un espejo detrás de la barra, entre las botellas. Yo me miro la cara. ¿Tendré cara de estar eternamente triste? ¿Tengo cara de estar siempre triste? Vuelvo, aunque voy por la mitad, de vez en cuando al principio de la novela, de Lawrence Sanders -el hombre que yo hubiera querido ser- El Gigoló. Editó Emecé. Y las tapas, que supieron ser blancas, son amarillas, como de papel de diario viejo. Librería de usados. Algunos incunables, las frivolidades que yo leo, a 30 pesos. Si cambiás, en los dos primeros renglones, el Lucas Carrasco por el Peter Scuro, te queda el primer párrafo, textual, el comienzo. El café, se enfrió. Me estaba acordando de una plaza. En San Benito. Yo salía de la escuela, primer año, de la secundaria. Me senté, sobre el banco que daba a la puerta de la iglesia. Había un jardinero. Con barba y dolor de espaldas.
La cara en el espejo entre las botellas se me deforma. Sin darme cuenta hice bollitos con las servilletas de papel. Salgo a fumar un cigarrillo. No hace, en la vereda, tanto frío. Pero igual, me aburro. Vuelvo. Con ganas de irme. Y de quedarme. En ninguna parte.
Cuando era más chico, y todavía fracasaba en la facultad, leía mucho, pero con algo así como el remordimiento. Giorgio Agamben, en fotocopias, al costado de la cama. Se me hacía imposible, Agamben. Y agarraba, nomás, de nuevo, 10 negritos. Fui a muchas partes sin moverme, a los 20 años, de la casita donde vivía. Me fui con Ross Mcdonald, Rex Stout, Ellery Queen, Julian Symons, James M. Cain, Graham Greene, Paco Ignacio Taibo, John le Carré, John Dickson Carr, Ed McBain, Mepo Giardinelli. Tirados, al costado de la cama. Durante todo el día. En pilas, abandonadas. A la espera de un lector, los libros, así, dan pena. Un libro mientras no se lee es un hombre sentado en la plaza, a la espera de algo. A la noche, salía. Me iba al bar. Hablaba de literatura. Y cuestiones políticas. Era un chico, prepotente, medio tarado -como ahora, sólo que ahora, imaginate, más suavizado- y las cosas me salían razonablemente bien. Teniendo en cuenta que la mayoría de las cosas que suelen ser importantes en una vida normal, a mí no me importaban. Anoche le decía a Hank, a Hank Soriano, que nosotros, de treinta y poco, por nuestra formación, nuestro desapego, esta cosa, algo pesada, que nos quedó de los años 90, que nosotros, tenemos esa particularidad. De sentir que llegamos tarde a lugares donde nunca nos invitaron. De estar colados. Medio de paso. Apurados, sin tener adónde ir.
Las cosas de la economía, de las teorías filosóficas, las que tenía que estudiar, me aburrían. No soportaba que me impongan horarios ni lecturas sistemáticas. Así estamos. Sin un título. Ni un camino, como de escalera. Donde entrás de cadete en la vida y a esta altura, sos subgerente. De algo. Que no te importa. Pero haces como sí. De tanto actuarlo, por la torpeza propia de la rutina, terminás por creerlo. En algo.
Me estaba acordando de una plaza.
El jardinero me miraba. Desconfiado. Se rascaba la barba. Y sacaba unos yuyos. Mientras anochecía, y el viejo se secaba el sudor, terminó por aburrirse. Dar vuelta la cara. Irse para otra parte. De la plaza.
Entonces la besé a Carolina y le acaricié una teta.
Me estaba acordando de esa plaza.
Y el café está frío y los paraguayos gritan. 



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