Martín Zariello es la verdadera revelación del mundial
Apuntes arbitrarios sobre Argentina vs. Suiza
Las preguntas insondables son miles. ¿Cuánto dura un instante? ¿Y un momento? ¿Por qué las mujeres guardan bolsas? ¿Y de dónde sacan la gran bolsa que contiene a todas las demás bolsas? ¿Por qué Palacio mantiene su mechón de pelo atado en la nuca? ¿Adónde van los patos cuando llega el invierno? ¿Adónde van a parar los fixtures cuando termina el Mundial? ¿Por qué vomita Messi? ¿Y por qué no vomita cuando no vomita? ¿Por qué gran parte de la población desea volver a la Edad Media y cree que Argentina avanza en el Mundial gracias al Papa? ¿Por qué Sabella nunca tuvo el decoro de presentarnos a Biglia? Y la gran pregunta: ¿quién hubiese creído que en cuartos de final íbamos a extrañar a Marcos Rojo?
En el primer tiempo Suiza manejó el partido sin tener la pelota. Tanto es así que la figura fue Romero. Es verdad que las dos líneas de 4 recordaron a los iraníes (la camiseta roja también ayudó un poco), pero tenían a Shaqiri tirando fantasías y un equipo con experiencia y roce internacional que se fue agrandando mientras Argentina no se decidía a empezar a jugar. Es que los de Sabella tenían un dominio estéril del balón, acaso estúpido además de estéril, ya que en dos ocasiones los suizos estuvieron a punto de ponerse en ventaja. Higuaín estaba desconectado, Messi desaparecido, Gago naufragaba y Federico Fernández, con esa pinta de ser el tipo que muere primero en la película de terror, transmitía menos seguridad que la Bonaerense. Lavezzi, por su parte, demostraba que no se puede ser sex symbol y jugador de fútbol al mismo tiempo. En el complemento se vio el mejor funcionamiento de la Selección desde que empezó el Mundial. Subió de nivel Gago (y justamente por eso se notó lo bajo que estuvo en el primer tiempo), hubo juego asociado entre los de arriba y Messi cambió el chip, amagando con hacer el segundo gol de Maradona a los ingleses cada 7 minutos. Zabaleta y Garay también aportaron lo suyo. Sin embargo, la explicación de la victoria la tienen Rojo, Mascherano y Di María, probablemente los tres últimos jugadores argentinos vivos de la historia, que mostraron el camino con actitud y atrevimiento.
El alargue, con una primera parte desconcertante (físicamente el equipo estaba nocaut), demostró que la Selección no alcanza a consolidarse y siempre está al borde de la cornisa, lo que le da a su participación en el Mundial un toque de suspenso inquietante. Es verdad que el "Ole" infundado de los brasileños le imprimió al encuentro una sensación de exagerado dramatismo, pero si se puede sacar una conclusión de estas dos semanas es que aunque hubo cierta evolución palpable de un partido a otro, las intermitencias de algunas de las individualidades atentan contra la posibilidad de que el equipo no sufra. Nada que no haya pasado antes, ya que desde que tengo uso de razón, Argentina siempre juega mal en los Mundiales. Tanto es así que después de Italia 90 se hizo un culto del "jugar mal", como si la suma de los desacoples defensivos, los mediocampistas desperdigados por ahí y los atacantes aislados no fueran datos preocupantes, ¡sino más bien lo esencial y necesario para llegar a una final! Un dato positivo es que los jugadores que entraron, a pesar de no romperla, estuvieron a la altura de las expectativas. Palacio robó la pelota del gol y Biglia aportó claridad en los pases. Basanta, por su parte, no hizo goles en contra.
El próximo rival, Bélgica, fue considerado como una de las grandes revelaciones del Mundial, incluso antes de que empiece. La Primera Ronda, bastante floja, hizo suponer que estaban más sobrevalorados que Arcade Fire y Sofía Coppola juntos. El 2 a 1 contra Estados Unidos parece un resultado magro, más si tenemos en cuenta que los de Klinsmann (que a veces no saben si juegan al fútbol o al soccer) estuvieron a punto de empatar en los últimos minutos. Sin embargo se trató del mejor partido de Bélgica y no ganaron por goleada en los 90 minutos porque Howard, el arquero yanqui, fue uno de los mejores de la Copa. Bélgica es un equipo serio, con un par de jugadores temibles (Hazard, Lukaku) y esa disciplina europea de juego en bloque que tanto envidiamos. En fin, una buena oportunidad para saber definitivamente si la Selección es un equipo de cuartos de final (como viene ocurriendo desde hace mucho) o está para más.



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