jueves, febrero 26, 2009

Siguiendo la ruta del puchero-.


Mi dios, mi dios. Esto es tre-men-do. Me tiemblan los dedos al escribir. ¿Cuento esta historia, no quedaré, otra vez, en ridículo? Veamos, pero sé consiente que vas a cambiar ciertas partes, para no, justamente, quedar en ridículo. Hoy estuve, toda la mañana y parte del mediodía (sí, desgraciadamente y contra mi voluntad, me levanté temprano) como Monk –el detective de Anne Perry, ése que perdió la memoria en plena época victoriana- decía que estuve –tengo que frenar esta tendencia a poner paréntesis: debe ser bastante hincha pelotas para un lector- investigando, de modo amateur, por cierto; haciendo preguntas, mintiendo mi identidad, siguiendo rastros. Así es. Me sentí un detective. Por un rato. Con resultados, ejem, más bien pobres. Pero es lo que hay. Veamos: la investigación no está del todo concluída, va por un 90%, pero es que, un idiota, un verdadero y completo idiota, me mandó un mail. Preguntándome –ya se está convirtiendo en una rutina- si pensaba, ufa, ir a trabajar. Con un tono respetuoso, prosa burocrática, me preguntaba, entonces, si pensaba ir a atrabajar. Nada le contesté, pero concurrí. Y abandoné, hasta ahí, la investigación. Que no retomaré, de puro vago nomás. ¿Un asesinato? No, no, o sí: si por tal cosa se considera un crímen. La muerte de una vaca. La parte que me estaba comiendo, provenía, seguramente, de una vaca muerta de modo violento y contra su voluntad. No me conmovió. De hecho, di con ese hecho –qué bello modo de vertebrar una frase: de hecho di con ese hecho, queda linda, tiene cierta musicalidad policial, pero no sabría bien porqué- ahora, al narrarlo. La vaca fue asesinada. Pero no me importa. Mi investigación fue otra. Se puede titular: la ruta del puchero. El detective de Manuel Vázquez Montalbán (que murió, no?) hubiera hecho este recorrido con una pata de jamón al hombro. Yo lo hice, más modestamente, con una resaca infernal. Arranca así la historia. Anoche fui a escuchar a un, ¿?, filósofo que, según decía, hablaba sobre el peronismo. Eso fue en Paraná. Decía que el peronismo está con las mayorías y por eso está contra los gay, citó también a Aristóteles, y ojo, que esto es mortal: “Aristóteles decía que el hombre no es libre si no tiene un peso en el bolsillo”; juaz!, desopilante, qué banana, bue, también dijo que Capitanich era la clase de boludo más boludo que había sobre la faz de la tierra y que él, muchas gracias, nos lo revelaba a nosotros, simples mortales. Bien, ¿cómo se llama el “filósofo” en cuestión? Ja, no lo voy a decir. Había, en esa charla, varios amigos y gente que me cae bien. De ahí me fui a la terminal, me senté en el bar de enfrente, seguí con la novela que estoy leyendo (otra de Ernesto Mallo, infernal) y esperé el último colectivo a Santa Fe. Que para variar, lo perdí. Llegué, entonces, tarde a mi casa. La Extraña Dama, había, amablemente, desparramado un aroma a hogar, a familia, a niñez, un aroma que como un hilo de luz salía de la cocina. Luisa Kuliok (con unos 35 años menos) dormía plácidamente, pero me había dejado en la cocina todo su encanto. En el silencio a media luz, destapé una olla: puchero! pu-che-ro!!!! Dios, podría morir de amor, agarrándome la panza, tomando el tenedor con una devoción medieval, podría tantas cosas. Eso sí, curioso el puchero (viejos recuerdos de infancia, de tiempos muertos, de calidez, de esa patria ya lejana que son los momentos en que, uno, tenía un montón de preguntas pero casi nada de miedo); curioso,el puchero de La Extraña Dama; decía, porque tenía todas las verduras disponibles, su olor manso y contundente, pero no tenía, verás, puchero. Mierda. Abrí la heladera. En el congelador, unos pedazos de carne demasiados congelados. Qué chica práctica. Un puchero, sin puchero. ¿Cómo se escribe, pensaba anoche, medio mareado lo confieso, la historia de un puchero sin puchero?. Comí un poco. Me acosté a las cinco de la madrugada, tras terminar la novela. Tras fumar un cigarrillo, tras mirar por la ventana, tras tergiversar algún recuerdo, tras un montón de cosas intrascendentes que suelo hacer con cara de Sean Connery. A las diez de la mañana, un inmenso hijo de puta había parado su camioneta con parlantes en la puerta de mi edificio. A todo volumen, rompiéndome los tímpanos y las pelotas, los parlantes escupían la publicidad de una carnicería. Mirá qué lindo. Que queda en calle San Martín y el Boulevard Oroño, y de paso te cuento que la carne que venden es de perro, recogen los perros con rabia de la perrera municipal y hacen chorizos, por si en vez de merca, algún cliente distraído quiere comprar en ese local un chorizo. Mugrientos. También un rayo de sol, profundo, hiriente, por culpa de Binner, me entraba por la ventana y la puta que te parió. Con qué le tiro. Una botella de cerveza, ok: pero le tiro al rayo de sol o le tiro al hijo de puta de los parlantes?aunque, ¿vale la pena? Es un envase, es una mujer de curvas cadensiosas, una morena que aguarda una noche propicia, es, diría, sí Aristóteles, pero en serio: un envase de cerveza es un acto en potencia. Má, sí. Que se vayan todos a la puta que los parió. Me levanté decidido, hecho un hombre, un valiente. Que venga Spielberg (¿se escribe así?) y haga, de mí, una gran película. Soy un caballero, un tipo con agallas, un, haciéndola corta, un ganador. Me miré al espejo. Esas ojeras, esa barba mal cortada, la apariencia de un asesino que quiere matar y no puede porque, claro, todo le sale mal. La historia del asesino serial que era tan tímido que no se animaba a matar, suena bien. Mi dios. Me lavé la cara y la cosa no mejoró. Para nada. Lo único que logré es tirar agua en el piso del baño. Busqué el secador, y con mi autoestima como trapo de piso, sequé el charco de agua. No me sentí mejor. ¿Pero qué mortal, por más psicoanalizado que esté, puede, sinceramente, sentirse bien en pleno amanecer? Porque el amanecer no ocurre a la hora que dicen los meteorólogos, no seas tan dogmático, mogólico. El amanecer es un estado del alma. Eso debí haberle dicho al idiota de mi oficina. En vez de sonreír y decir buen día, con cara de nerd, inseguro, temblando por la resaca y por volver a preguntarme si no hago el ridículo yendo a trabajar en un lugar que odio, con compañeros a los que odio, en una provincia que odio, en un mundo devastadoramente odioso, que, sin dudas, sería un poco mejor si yo no me odiara tanto, sino fuera, señor juez, sino fuera, no sé qué. Tantas palabras, y todavía no conté mi investigación: la ruta del puchero. Y para peor, ya me cansé de escribir, me cansé de pensar, de recordar. Así que, en suma, basta. Otro día será, cuando cuénte, porqué y qué investigué, siguiendo la ruta, el devenir, los procesos que hacían que un zapallito llegue, desde la semilla a mi mesa, que un corte de puchero llegue, de la vaca a mi estómago, qué pasa en el campo, en las carnicerías, en los transportes, en las instituciones sanitarias, en las quintas, en los engaños sutiles de los supermercados, todo eso. Otro día. Ahora el idiota, acaba de golpearme la puerta, y preguntarme, tontamente, pomposamente tonto, entreabre la puerta y me pregunta si estoy ocupado. Miserable boludo, cómo no voy a estar ocupado: estoy contando los resultados de mi investigación de la ruta del puchero, y ni siquiera, todavía, entré en el tema-.