viernes, septiembre 03, 2010

De lo que a veces muere sin florecer





  Paso tantos días dando vueltas que es difícil, pero anoche, uno de los perros, me acompañó hasta el quiosco. Cuando volví quise invitarlo a entrar a casa, pero no daba. Vas a sufrir, perro, si te dejo entrar. Es Marlowe. De pelo negro, mirada triste, quedado y resignado a vivir en la calle, pero ojo, bravo cuando le atacan a los suyos. Salta como una fiera, muestra los dientes, y después, se tira, sentado cabizbajo, sobre una esquina donde hay un farol, como resignado, este mundo, sí, es una mierda, coincido con vos, Marlowe. Me gusta ese perro. Callejero. Me hace acordar, a veces, a Polémico, pero éste es más guapo, tiene más calle, está menos, digamos, esperanzado, pero es un soñador, en el fondo, me hace dar nostalgia por lo que no fui. Un loco lindo, lástima que envejecido prematuramente, con las ilusiones muertas, como sólo te mata, Marlowe, la pobreza y la traición. Me siento en la vereda, saco un plato de bifes, vienen y comen, a la madrugada. Las vecinas dicen que atraigo a los que rompen las bolsas de basura. Tienen razón, señoras. Más: váyanse a la concha de su refinadísima madre. Los perros callejeros, piensan las señoras que tras dormir la siesta sacan las reposeras a la vereda, no deberían ir a los campos de concentración municipales, esa aleccionadora pena de muerte al callejero. Sin embargo, las señoras, mientras hacen bizcochuelos, piensan que los cirujas en carros a caballo, son una peste que es mejor no mirar.  Cirujas es una palabra que usaba la vieja oligarquía, con reminiscencias anacoretas, con densidad, que trazan el mapa hecho mierda de nuestra vida social. Cirujas se parece a cirujano, fonética y no semióticamente, que nadie chille. Uno tan prestigioso y conserva, otro tan excluido moralmente. Tan invisible. Los dos, las dos palabras, expresan tanto y tanto a la sociedad: mi hijo el dotor y el hundimiento de todo, de esa totalidad atrapante que es el miedo a la nada social.
Los perros vienen, con olor a basura, la mirada desconfiada, son forros, los perros callejeros, son traicioneros, están hartos, como un preso reincidente, están hartos de tener esperanzas, tienen el corazón muerto, la mirada apagada, son animales. Fueron animalizados socialmente. Los perros, ante la ley, son todos iguales: pero no es lo mismo tener propietario (nuestro código civil no permite a los perros tener propiedad privada de manera directa) que ser un paria sin casa ni trabajo. Los buenos perros, los de raza, tienen buenas dentaduras, están bien alimentados, y esperan, sin frío ni calor, esperan ser vendidos como esclavos del norte africano, esos perros no son perseguidos por los milicos; en cambio, los que no tienen hogar ni trabajo, esos parias, son delincuentes por el sólo hecho de no tener propietario, hogar, trabajo. Je: seguro no tienen ni Patria ni Religión. Los buenos perros trabajan de levantar la patita, traer el diario, no cagar en el living, dar tema de conversación durante el té inglés de la tarde. Si hubiera sido perro me cogería, de bronca, a todas las perras de raza del barrio. Las dejaría embarazadas, premiadas con mi pija rabiosa, preniadas sin descendencia de raza, sin doble apellido, putitas de barrio norte, y desde la esquina, les ladraría a los dueños. Los perros no pueden reírse, así que les ladraría, y cuando salgan con sus carabinas, con sus látigos, correría fuerte hasta la plaza, donde está mal visto azotar perros, así sean, fijate, callejeros: sin dueño y sin casa y sin tareas. Ni Patria ni Religión, oh, blasfemo, oh, estás fuera del mercado de perros, callejero. No me agarrarían los municipales, rompería las bolsas de consorcio, mearía en las balaustradas, ladraría durante la siesta, si hubiera sido perro mordería a los chicos que van a la escuela católica; les pincharía las pelotas a los que juegan al tenis, ladraría a los que se besan en las plazas para alertar al tercero en discordia, dormiría al lado de los linyeras y los cirujas.
Cuando me siento triste salgo y me siento, a la madrugada, cuando nadie me ve, aunque llueva, con un plato de bifes, en la vereda, sobre los adoquines, que resisten al tiempo. Los perros vienen, a veces se pelean entre ellos, Marlowe se queda atrás, por eso me gusta, come si alcanza, solamente. Siempre saco el mejor bife para Marlowe.
Es lo que se llama una soledad tan concurrida, un baldío en pleno centro. Ayer, también tenía, el pan casero que me había quedado. Y comía eso, los perros los bifes, las moscas, los restos; yo, estos remordimientos. Y la mayoría de los vecinos dormían. 
Y la garúa se hizo tormenta. Me metí en casa. 
Marlowe, desde la esquina, me miraba. Quedaba bien esa tristeza de perro bajo el farol. 
Y me fui tarareando una canción que a veces toco en la guitarra. Sí, te mentí, cuando te dije que no sabía tocar. Pasa que te quería escuchar, en serio. Me gusta cuando cantás y me gusta cuando estás callada y cuando me estás reprochando y cuando te estás yendo y cuando desconfiás que yo sea tan vulgar y cuando pensás, y no me lo decís, en la oportunidad que perdí.
Me gusta lo del perro bajo el farol, me gusta lo del perro apartado y triste, como resignado; Marlowe: la va de perro abandonado, pero es un zorro. Tan parecido a este zorro que la va de perro viejo. Que uno en el fondo sospecha, que además de ser tierno es un solemne hijo de puta. Lo digo por Marlowe, Jimenita.

7 comentarios:

  1. Groso.

    Lo que no me cierra es darle bifes a los perros.

    No estará tirando la plata?

    Porque mire que el perro, bicho noble si los hay, se manduca ya sea un bife como una carnaza común y también un ozobuco.

    Mierda que son finos los perros entrerrianos. Vé, por eso arma tanto quilombo De Angeli...

    No vaya a ser que sea cierto lo de que atan los perros con chorizos...

    ;-)
    FC

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  2. Se trata, Fer, de que uno prioriza, da bifes. Aunque a ellos les de lo mismo

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  3. Una compañia tan sin prejuicios, en esas noches de graúa... merece lomo, estrellas, no osobuco...

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  4. cómo te tiene loco jimenita

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  5. Lindo, che...
    Juan C Pereyra

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