miércoles, agosto 13, 2014
El patio donde mi abuela tejía
La aguja de coser mas gruesa de su abanico de costura
con las que mi abuela nos cosió las rodilleras
en los pantalones de gimnasia en tardes de otoño
era de un material triste, plateado y triste
Probablemente acero inoxidable.
Las agujas no se quiebran
ni se rompen ni dejan de servir
Las agujas se pierden.
Tienen una modalidad macabra de salirse del mundo
las agujas. Perderse. Para recién entonces, oxidarse.
Arpegios de chamarrita
para ovillar la lana
bordar un mantel
coserse un botón
Volver con el guardapolvo herido
de esas hermosas batallas que fueron los recreos
volver con el trofeo en el bolsillo
con el botón salido, guardado, tomá.
Con la luz del patio mi abuela sentada
en sillas de paja que cada dos años
el viejo Bengochea -no el banquero (falleció
el año pasado, sino el hermano, que andaba
con su balde, tomando vino, sentado en el balde
y le tocaba el timbre al hermano, el bancario
que era nuestro respetable vecino
y salía a darle plata, no entraba a la casa
su hermano, el que arreglaba las sillas)
sino el que iba al bar de borrachos
en calle 3 de febrero, creo, y avenida Don Bosco.
¿No se llamaba, ese bar, El Padrino?
¿Siegue estando?
¿Seguirá existiendo en algún planeta el Paraná de mis poemas?
¿Venderán mis libros?
¿Se leerán, respetuosamente, estos poemas?
Mi abuela, que nació con anteojos
nos mandaba a buscar "el costurero"
que era una cajita, con hilos, agujas y retazos
y botones, de todos los colores y tamaños.
Nos cosía el botón del delantal.
Y de la camisa de misa.
Cortaba, con moldes de papel
las camisas que nos vestían
Era más barato hacerlas que comprarlas.
Cambiaba los moldes, íbamos creciendo.
Nos medía, con un metro, un rollo amarillo
con medidas. Nos medía arriba, la cintura, el pecho.
Cortaba las rodilleras de un paño de cuerina
con las sobras nos hacía los números
para las camisetas de fútbol blancas
que traían los chicos del barrio.
De a poco, pasó. No me di cuenta. Hasta ahora. Hoy.
Pasó, fue sucediendo. Le enhebrábamos las agujas.
Yo tenía buena vista y pulso y paciencia.
Ya no tengo nada de eso, ya no.
Un día mi abuela dejó de poder enhebrar las agujas
y ninguno de mis hermanos se dio cuenta por qué.
La máquina de coser, a pedal, se hizo mueble.
Todavía está en la balaustrada del segundo piso
arriba había una computadora donde mi vieja
jugaba al solitario y trataba de dejar de fumar
Mi abuela se compró una máquina eléctrica, de coser.
Mi vieja hacía colchas con los retazos.
Y tejía bufandas y gorros de lana con pompon
para el invierno. Negro, para mí.
Hubo una época, habré tenido 12 años,
que se usaban. Me gustaba usarlos
me hacían mayor, intimidaban, además, un poco.
Teñí, también, un pantalón. De rojo.
Pegaba con cola de carpintero
las suelas de mis zapatos
con el broche de tender ropa
que sacaba de la soga
donde tomaron sol mis medias
y se secaron mil pulóveres nuevos
que ya habían usado mis hermanos
entre azaleas mansas en macetas blandas
donde el canario se murió de triste
y el revoque envejeció sus grises
yo velé mi primer bicicleta
(eran tiempos donde las bicicletas
morían de óxido, dignamente.
Eran tiempos donde se robaban infancias
pero no se robaban bicicletas)
Cuando la cabina para los tubos de gas
y el naranjo y Julio Verne y azaleas
Cuando la pelopincho fue todo mi mar
con olor a estofado y ganas de llorar
cuando una pelota de trapo y voluntad
fue mi mapamundi en tamaño natural
Cuando no me daba cuenta
de que lento eso se iría
vaquita de San Antonio
en el patio de mis días
Lenta.
Lentamente.
Lenta.
Las agujas se fueron perdiendo
entre dolores de cintura
entre anteojos más gruesos
y un cierto desinterés, inevitable.
Inevitable y soberbio como la adolescencia.
Allá está el patio.
Donde estuvo siempre.
El que está otro,
el que está lejos
soy yo.
No es culpa de las rejillas
ni de los rincones ni de los barridos
Las agujas no mueren, se pierden.
Es el olvido. Lo único que nos mata.
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