jueves, octubre 06, 2016

Primicia exclusiva sobre lo que nunca pasó



La foto de  Susanti Pancho con el presidente Macri al comienzo de su mandato, cuando volaba por los aires en las encuestas, muestra a Bergoglio con una cara avinagrada tras la brevísima entrevista en un salón protocolar y displicente.
Es una foto trillada porque se la sobrenarró.
Para ningún analista político, un anciano de edad avanzada al frente de un reinado que afronta juicios mundiales por pedofilia (que llevó sus finanzas a la bancarrota) y la masiva pérdida de sus fieles, no puede, simplemente, tener un mal día, olvidarse el pastillero o tener ganas de quedarse acostado mirando una película. No. El poder no puede ser así. Debe estar hecho de superhombres y la milenaria institución católica estudia -dicen- cualquier menudencia de manera obsesiva para otorgarle un poder formidable a los ritos, muecas, y souvenirs bendecidos por señores con polleritas. Puede ser, después de todo, es gente que siempre anda con un torturado en el pecho como medalla. O con el aparato de tortura, la cruz. Además, cuando hablan están llenos de metáforas que hay que descifrar. Y más o menos todos coinciden en que son sabiondos en su metier, que es el Ceremonial y Protocolo. En la Tierra y en el Cielo.
No pueden ser, ahí en el Vaticano, sencillamente, unos ancianos respetables que viven de tabúes y amiguitos imaginarios en las nubes. Deben ser superhombres, de una sutilidad heredada -no por filiación, dado que tienen prohibido coger, sino porque viven en edificios viejos donde hace mucho se ejerce esa religión- y una superioridad moral inalcanzable para quienes los adoran.
Igual, el punto es otro.
Ese día -el de la foto trillada, sobrenarrada- pasó algo de una importancia colosal, estratégica para el mapa político y cultural del país. Lo que pasó es que no pasó nada.

Fue la vicepresidente argentina al canal de cable que usa de santuario a disculparlo al Papa por comportarse como un imbécil.
Fue el capo de la franquicia local del catolicismo a los diarios conservadores a bajarle el precio al desprecio.
Los chicos de los mandados del Papa Francisco, denominados con ternura "voceros informales" hicieron sus tours por los medios y los despachos gubernamentales rodando una nueva temporada de Lie to Me.
Esos chicos de los mandados, que siempre dan la impresión de quedarse con el vuelto, empezaron a vender la próxima selfie vaticana a cambio de un pliego de demandas, algunas copadas y públicas en torno a la pobreza, otras privadas que siempre desconoceremos.
Mientras, decenas de funcionarios trataron de minimizar la foto por todos los medios posibles, obteniendo el efecto contrario: otorgarle una suprema envergadura. Descartando la teoría de que, por ejemplo, el Santo Padre tenía, justo en ese momento, ganas de defecar porque le cayó mal algún postre. Dios nos libre de que algo tan terrenal y sencillo tenga como explicación algo tan terrenal y sencillo.
 El kirchnerismo festejó y festejó lo que entendió como un repudio de un líder de cadencia mundial al flamante presidente argentino. Los analistas armaron teorías de ocasión para explicar una guerra fría que en los hechos nunca se constató. Ocurrió, en síntesis, lo más aburrido y previsible: nada.
Pasó, sin pena ni gloria, sin mover ningún amperímetro. Pasó nada.
¿Y si Macri, ayudado por el laicismo de la UCR y las garras de Carrió, se volvía liberal y, tras la falta de respeto vaticana hacia las autoridades democráticas argentinas, hacía La Gran Roca y sacaba una batería de leyes fomentando el estudio científico con células madres, la legalización de la marihuana, el aborto legal y gratuito, un empuje sarmientino a la escuela pública, la desprivatización de la ayuda social?
¿Qué hubiera pasado si pasaba lo que no pasó?


Primero, hubiera pasado una cierta simpatía hacia Cambiemos de muchas personas de pensamiento progresista, que seguramente no lo votarían nunca pero lo atacarían menos y en algunas ocasiones lo apoyarían abiertamente.
También que la oposición -la principal, que es el kirchnerismo- se hubiera volcado a un monaguillismo aún más ridículo que el de los últimos tiempos de Cristina. La izquierda se alejaría espantada de ese neovaticanismo y volvería a su vieja vocación de aislamiento y la llamada renovación peronista no hubiera, siquiera, comenzado: el pejotismo hubiera integrado a La Cámpora a su conducción -así sea en secretarías menores como Juventud (la Secretaría de Diversidad igual hubiera sido borrada del mapa institucional del peronismo) y el Movimiento Evita no hubiera roto con el Frente Para la Victoria. Los gobernadores del PJ ex K más los socialistas y los sanluiseños y cordobeses se dejarían conducir menos - y más por lo bajo- por Rogelio Frigerio y el país estaría en escala escandinava en cuanto a derechos civiles.

El propio Bergoglio hubiera tenido que retroceder: no puede darse el lujo de estar peleado con el presidente de su país de origen, no puede quedar pegado solo a Nicolás Maduro y Raúl Castro en el continente y quienes lo pusieron ahí -los obispos de EEU- lo hubieran retado. No a través de un tirón de orejas sino dándole mandato al FMI para declarar la quiebra del Estado Vaticano (porque el Estado Vaticano, está quebrado). Y con Europa en plena crisis económica la única ayuda crediticia puede provenir de Latinoamérica, donde están, además, la mayoría de los católicos.

Luego de perder las elecciones con Francisco De Narváez, Néstor Kirchner impulsó un proceso liberal cuyo punto máximo fue el matrimonio igualitario. Mal no le fue.
Ese antecedente cercano debe haber tentado a figuras del PRO para alentar un giro del conservadurismo popular que hoy prima en el gobierno, hacia un liberalismo político.
Tenían la fuerza, la oportunidad, el acompañamiento social y la simpatía de los principales líderes del mundo.
No ocurrió.