domingo, agosto 29, 2010

Pinocho y el calor del hogar




Me acuerdo que me senté, era una mesa larga. El Alto Funcionario, recién asumido, ya tenía cara de Alto Funcionario. No tenía ni idea de quién era yo, de hecho, tampoco le importaba mucho. El punto era que le habían dicho que yo, y otros que ahí estábamos, representábamos algo. Bueno, comenzó a hablar, a explicarnos cuánto, nosotros, valíamos. Sin saber quiénes éramos, pero cuánto valíamos. Unos 20 minutos, didácticos, explicándonos, además, sus planes, y las potenciales ayudas que ellos, él mejor dicho, podía darnos, a nosotros, aunque no sabía quién era yo ni quiénes éramos nosotros.
Me estaba aburriendo. El Comisario Maigret, en una taberna, al lado del Sena, mucha niebla, un vaso de vino, sombras raras, olores fuertes y rancios. En eso, supongo, pensaba. Capaz que no, que pensaba en otra cosa, pero no viene al caso.
Qué hago acá, es una pregunta que, supongo, todos se hacen, por lo menos, una vez a la semana. Tengo el presentimiento de que en mi caso me la formulo más seguido. Hay un error, un error muy grande en todo esto.
La política es así: una parte dramática, también trágica, un relato literario, poblado de ilusiones, de complejidades, de paisajes cargados de justicia. Otra, más real, la de carne y hueso, los hombres que también tienen rencores, remordimientos, pequeñeces que cargamos como heroicas, mentiritas. La de chantas que desfilan en primera fila, y uno, sin querer, o queriendo, los llenó de certezas de las que carecen, de virtudes que les quedan grandes, de altruísmo abstraído de la billetera, horizonte estratégico en tantos casos. Ese es el error.
Un día me di cuenta. La rebeldía, ahora, está moderada. En post de un supuesto acuerdo con la inteligencia táctica. Cuánto verso, va uno, creyendo. Cuánto.
Así que de pronto, la inteligencia táctica estaba depositada en una entidad ontológica que funciona como Pinocho dentro de la panza de la ballena. Pinocho, de pronto, atrapado, se arrepiente de haber inventado mundos, de haber defraudado a sus mayores, de haber sido un chico malo que decide salirse de la norma. Pinocho, de pronto, ahí en esa calidez del arrepentimiento, decide, vulgar, hacer de paradoja, de moraleja, hacer la venia a las convenciones, dar el ejemplo del redimido, bajar la tensión dramática, decir lo correcto, lo que todos quieren escuchar, lo que los mayores llaman, con caras altivas, la verdad. Qué decepción, Pinocho. Hasta entonces, me caías bien.