viernes, septiembre 17, 2010

La cultura es la sonrisa de Palermo





Días atrás fui al Museo Evita, porque había una charla de mi amigo Brienza pero, en realidad, porque estaba ahí Agustina. No me dejaron entrar y adentro no había señal de celular, una vulgaridad, poco peronista, además. Entonces, con Hank, nos quedamos en la puerta. Como pidiendo monedas. Porque el peronismo trajeado ni nos junaba. La gente grosa, es así. La vanguardia es así. Después fuimos al bar de ahí a la vuelta, nos arrancaron la cabeza, Palermo es una porquería. Suerte que ya estoy en mis pagos, entrerrianos. Dios, cómo detesto a Palermo. Me voy a volver terrorista, sabelo: cuando Plaza Serrano y todos sus maricas estallen por los aires, fui yo. Bueno, después volvimos. Y había terminado todo. Me pasa seguido, llegar cuando lo mejor ya terminó. La sobrina de Evita se sacaba fotos en un busto de la puerta con Coscia, uno que es re groso. Está por asumir como secretario de cultura. Dicen. Bueno. Un amigo, me agarra, medio de prepo y con voz gruesa e imponente, me lo presenta. Peor aún: le dice un par de elogios sobre mí. Coscia, ni bola. Algo, además muy obvio, de desprecio. Mejor. Como funcionario de la cultura porteña con sueldo federal, nada. Mantiene a las putas de la oligarquía que están al frente de los museos. Torcuato Di Tella lo sabe. Claro que después de Torcuato vino el fantasma, la consultora de la esposa de Nun aunque creo que en el cargo de secretario de museos porteños a sueldo federal figuraba el propio Nun. No me acuerdo. Ahora está becado en una embajada así que no le puedo preguntar. En fin. Una vez fuimos a una reunión con Coscia. Eramos unos 20. Nos explicó cómo funcionaba el mundo a partir de su nacimiento. Yo tuve un pequeño entredicho, en esa reunión, con Juan Terranova. Al pedo. Andando el tiempo me di cuenta que él tenía razón. Coscia ni se metió en ese entredicho, seguramente porque no lo conoce a Terranova (ni a mí, pero a mí no tenía porqué conocerme) ni el mundo en el que él, Terranova, está inserto. Qué pena. Hay una generación de escritores porteños, de treinta y algo, que expresan un momento literario muy intenso. Que interpela. Qué sería de este gobierno con un Esteban Schmidt de secretario de cultura. Ese mundo de escritores progresistas encuentra en el kirchnerismo una puerta de entrada al universo del peronismo, del peronismo como objeto del deseo, como obsesión. Se cruzan con el periodismo, más no con la militancia, sí están institucionalizados editorialmente. Y operan como referentes en un campo más amplio de la literatura. Hay un mudo de poetas dando vueltas, más periféricos. Marina Mariasch, por ejemplo. Pero hay también grupos más jóvenes, pibes. Anoche, antes de acostarme, cuando me peleaba con jimenita, pensaba en eso.
En Café Cultura Nación, ese programa de becas que manda periodistas porteños a hablar sobre la ampliación de subtes y su significación cultural a Perico, provincia de Jujuy, estas cosas no se consiguen. Una vez Nun me dijo que ese programa de becas a quienes no la necesitan es recontra federal: si a Paraná fue, xxxx, no lo nombro. Es un amigo. En ese entonces trabajaba en una radio, porteña. Nadie se percató que allá nadie lo junaba. Había 6 personas. Una era yo. Otra era él. Otra un funcionario de la secretaría de cultura de la "Nación", y estaba el de la provincia y el de la municipalidad. Bueno. Son cosas que pasan. Ahora bien, ya resignados a que los supuestos cultos no sepan que viven en un país, que es ése país el que les paga el sueldo (ya caído el gobierno de Ibarra que era especialista en locación de obra de arte) si hay que a eso resignarse, sería mejor, me parece, incentivar lo mejor de ese mundo. Las nuevas generaciones. Los que tienen algo nuevo para decir. Algo que exprese este momento. Estaría bueno que el kirchnerismo tuviera una política cultural, que integre el mundo cultural que no parió, pero sí resignificó. Casi sin quererlo. Sin, seguro, darse cuenta. En fin. No sé. Pero la historia será contada en las editoriales independientes, en los bares donde se recita, en las salas barriales, en ese aparte del canon que, se me hace (aunque estas cosas yo las toco de oído) está construyendo su propio canon. Con mucha potencia.
En los museos no pasa nada.
La reapertura del Colón es una boludez. Hay que incendiar el teatro Colón. Cambiarle de nombre. Demolerlo. Poner una garita con tres putas.