Nosotros somos una pareja, querida, entre miles, bah,
millones, como nosotros. ¿Nos queremos, nos amamos? ¿Cómo podemos,
verdaderamente, saberlo? ¿Acaso no se pasan de soberbios los que andan
definiendo, como al pasar, qué es el amor, con una ligereza, sin profundidad
conceptual, sin sentar postura ante graves dilemas como, por poner un ejemplo,
la existencia o no del subconsciente, la validez del psicoanálisis ante la
arrasadora aplanadora del neoconductismo que –como Bonelli cuando habla de la
ley de medios- la gente elige todos los días cuando va a la farmacia, a comprar
pastillas para dormir, para encapsular en una sola –y no mil- una meseta la ansiedad,
los nervios, esas cosas químicas, eh, contestame? Nosotros dos, acá, en el rincón.
Atrapados. Viene un hombre, profesional, de sangre fría. En esto derivó la
racionalidad instrumental del iluminismo. En esto. El señor, a sangre fría,
uniformado, cubierto del gas. Con un uniforme, parece un mameluco, una
inscrpción, marquetinera, bien nazi Y nos rocía con un gas y morimos. Atrapados.
Condenados a este destino, a esta muerte cruel. Somos, apenas, una pareja que
muere así, rociada con gas, un gas fulminante, llevado ahí por engaño. Pero
somos apenas dos en una especie que cubre todo el planeta tierra (y no se sabe
aún si también vivimos en otros planetas), que tiene millones de años:
tendremos, como especie, descendientes que darán la batalla.
Bien: yo creo que eso podrían haber pensado las dos
cucarachas muertas que encontré en el baño. Tras el paso cruel del fumigador. O
no. Nadie sabe si las cucarachas piensan en su muerte, en el amor detrás del
ritual del apareamiento, en la dialéctica del iluminismo. Se descuenta que no
la ven pasar, que no saben nada, pero nadie, a ciencia, justamente, a ciencia
cierta, nadie sabe.
Pero las encontré, a las dos cucarachas –admito que desconozco
si eran parejas (o si una es hembra y otra macho: porque en la naturaleza,
señor Obispo, no hay perversidad. Las cucarachas grandes no violan a sus críos
ni, ya que estamos, los sermonean y le piden que les cuenten con qué imágenes
se pajearon la noche anterior) pero estaban, muertas. Eso sí. Irán al
purgatorio o serán cenizas, pero ahí estaban, asesinadas, muertas. Bah, a ver.
No es que me agaché al piso del baño para, con mi oído, escucharles si les
latía el corazón. Presumo que estaban muertas porque hasta ahora nunca escuché
un testimonio de una cucaracha que haga, como los perros, el muertito. Estaban,
las dos cucarachas invasoras de la propiedad privada –porque si las cucarachas
estuvieran, ponele, en un lugar público, como una plaza, o un edificio público
sin custodia de la Federal,
qué se yo, ponele, la Escuela
de Penitenciarios, todo bien- muertas, diría que con certeza, sobre el piso de
mi baño al lado de una moneda de 10 centavos. Que, vaya uno a saber cómo fue a
parar ahí.
La moneda.
La cuestión de las cucarachas no necesita reconstrucción de
la escena: se meten, las cucarachas, a robar comida en la propiedad privada.
¿Por qué no piden, en vez de tomar sin permiso, esto es, en vez de robar, no es
mejor pedir?
Nuestro código penal argentino tiene una cláusula para
absolver a quien roba para cubrir necesidades primarias, casi nunca se aplica:
los jueces son quienes principalmente generan violencia e inseguridad, pero son
la descendencia moderna de la aristocracia que en vez de leer la Biblia en latín dicen que
es ciencia las “conductas” que tipificó para su inmortalidad un asesor de un
diputado. Agobiado por presiones, el asesor. Como, por ejemplo, yo, hace varios
años, cuando dejé ropa en la soga de la terraza y escribía unos fundamentos
preciosos sobre una ley completamente intrascendente y pensaba: está por llover
y dejé ropa en la soga.
Si las cucarachas pidieran en vez de meterse en medio de la
cocina o el baño de una propiedad privada, si en vez de eso, pidieran… a ver,
para que quede claro: erradicaríamos las cucarachas.
No es mero voluntarismo ni pensamiento mágico ni idealismo,
señores diputados, sino que hablamos de las cosas concretas que molestan a la
gente y cómo solucionarlas. ¿Queremos erradicar definitivamente a las
cucarachas, sin represión? Entonces, apostemos a la educación.
¿No hay acaso, una batalla, entre todos nosotros, con mucho
compromiso, por asesinar a las cucarachas que invaden nuestra propiedad
privada? (La nuestra, nuestra propiedad privada quiero decir. Si la intrusa se
aparece en casa de un amigo, nos cagamos de risa, y consideramos algo gil a
nuestro amigo por tener flor de cucarachón caminando mansamente, y ése es
nuestro problema: el individualismo y la falta de unidad y solidaridad para
enfrentar los problemas comunes, señores) Bueno, el plan para erradicar las
cucarachas ha sido elaborado por mi equipo de asesores, y consta de las tres o
cuatro cosas en que nos tenemos que poner todos de acuerdo. Basta de venenos y
mano dura. Eso ha fracasado y genera, a la vez, más cucarachas. Apliquemos las
garantías constitucionales que tienen todos los argentinos y extranjeros de
bien que llegen a nuestro país, apliquemos, señores diputados, y sus
respectivas esposas, señor presidente, solicito una moción de privilegio para
incorporar como sujeto de derecho a las cucarachas, al prólogo de nuestra
bendecidísima constitución, texto sagrado, Gran Coran, que TODOS, así con
mayúsculas de comentarista de Perfil, debemos respetar, su señoría.
Simple, educamos a las cucarachas. Hacemos escuelas para
cucarachas. Que aprenden a pedir, si tienen hambre, en vez de robar, si quieren
nuestras cosas. ¿Quiere usted, estimada cucaracha, mi estufa, mirar a Tinelli
desde mi televisor, el salamín de Chajarí que me regaló Marielita, quiere mi
sánguche de milanesa, las sobras de los fideos con manteca que quedan en el
plato que no lavé, hurgar mi basura como un antropólogo al servicio del FBI,
comerme las suelas de mis zapatos? Pues bien, le enseñaremos a pedir.
A pedir en los subtes, en las esquinas, en las plazas, en el
tren a Quilmes, en la peatonal de Paraná, en la costanera antes de uruguayaza,
pedirán, uds; venderán acaso, si los educamos, pañuelos de papel, Guía T,
venderán pena en harapos, tiene usted, señora, la posibilidad de llevar al
bolsillo del caballero y la cartera de la dama un poco de la culpa por mi vida
miserable, pedigueña pero educada. Vida de cucaracha, al fin y al cabo.
Y entonces, con tres años de educación erradicamos las
cucarachas.
Porque, sencillamente, no hay monedas. Y la falta de monedas
–por esa cosa en la que el mundo ha vivido equivocado, y que explicáramos
oportunamente: porqué no hay monedas de 100 pesos y billetes de 10 centavos, si
uno vale más que el otro y tiene más vida física útil la moneda que el papel-
se agrava en la medida en que en la zona metropolitana del país –donde mora la
concentración del mayor PBI geográfico- el resto del país subsidia transportes
y energía, lo cual hace que las monedas sean encanutadas y tengan un mayor
valor de uso que de cambio; para el subte, se entiende.
¿O acaso no es todo un tema la falta de cambio para comprar
cigarrillos, con precio regulado –no así el trabajo de las tabacaleras- no es
todo un tema pagar 1,10 el subte de mierda donde viajás como ganado –a ver si
los santafesinos se dejan de joder con el tren bala y nos mandan más guita, que
queremos ampliar la línea J, a treinta kilómetros por año- no hay que guardar
las monedas?
Lo que te digo.
En tres años, erradicamos las cucarachas.
Con educación.
Que aprendan a pedir monedas las cucarachas.
En un par de años, mueren de inanición, todas.
Vamos las palmas.
Me parece que las monedas tendrían que venir con la cara de
algún mendigo célebre. Como para darle esperanzas a los mendigos. Y debajo la
inscripción: “buscame, perdedor”.
Nuestra sociedad tiene esas cosas buenas. No asesinamos a
los excluidos, sino que los seguimos torturando. Les mostramos, en nuestros
peinados, nuestras ropas, cuán imbéciles e idiotas son. Por eso nosotros vamos
a la peluquería. Es importante prolongar el sufrimiento de la escoria, de la
mugre de esa especie, esos sin nombre, esos anónimos que ni capacidad de
enamorarse tienen. Por eso me estoy peinando. Para recordarles a esas
cucarachas que son, justamente, cucarachas. Por que no son capaces ni de dar
amor, cuando se aparean. Y de paso. Para que mi amorcito me vea lindo, me estoy
peinando. Porque yo me merezco que mi amorcito, mi hechicerita, mi arco iris, mi
mamuchita, me vea lindo. Porque me rompí el culo estudiando durante varios años
cómo es que un gil como yo vive mejor que otro cualquiera que anda pidiendo, en
pleno socialismo nacional, soy licenciado en justificarme. Saqué una licencia
de por vida.
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