lunes, enero 23, 2012

The Wire

En la edición de enero del Limón Diplomático, José Natanson (el nuevo y brillante director, que lo tornó legible y desajustado entonces el sobrenombre de Limón Diplomático, pero bue, la costumbre) menciona esta serie yanqui, The Wire, como ejemplo de la vida de los sectores marginados de los Estados Unidos. Como lo que Natanson escriba es algo que me interesa, busqué la serie. Acabo de ver 12 capítulos de corrido, a lo largo de pocos días. Y ya empecé con la segunda temporada. Una especie de adicción me agarró.
La sutilidad del guión, el tratamiento de temas como las drogas (la estupidez de la guerra de las drogas, la violencia que engendra, la corrupción policial, la marginalidad y su inteligente círculo vicioso) o la homosexualidad (desde la naturalidad en ciertos círculos sociales hasta el más común del decálogo despectivo) y los problemas raciales, sin visiones complacientes, idiotizantes, que sorprenden en una serie yanqui. Demasiado profunda. Demasiado buena. Los juegos de poder -que los yanquis desde la cultura popuar confunden con la política- no tienen tampoco una visión negativa obtusa, sino que explican el funcionamiento de las cosas. Y los personajes están tan bien narrados que, a pesar de que choca un poco al principio algunas actuaciones malísimas (se contrató gente de la ciudad donde todo transcurre, Baltimore, sin experiencia en actuación) y otras de gran calidad, un buen guión, una fotografía aceptable, televisiva, pero un buen guión, salva las papas y, en algunos caso como en éste, eleva las cosas.
Mario Vargas Llosa, desde su sensibilidad y también, claro, desde sus posiciones políticas conservadoras, traza un panorama de la serie muy certero. Y cuenta:

Los dos autores de The Wire, el ex periodista David Simon y el ex policía Ed Burns, trabajaron muchos años en el mundo que describe la serie. El primero de ellos dice que la concibieron como una novela filmada, y, también, que la mayor influencia que ambos reconocen es la de la tragedia griega, pues, en su historia, también la suerte de los individuos está fijada desde antes de nacer, por "unos dioses indiferentes" contra los que es inútil rebelarse.

Hay otra cosa llamativa, además de la sutileza tipo Kurt Wallander para quebrar la cadena de significantes del policial clásico, ya gastado, de las series yanquis en general y es la polifonía, usando los recursos visuales y estéticos disponibles, que narran historias dentro de la historia que además de trazar el recorrido emocional de los personajes, señalan una mirada sociológica, un cariz antropológico y una cosmovisión, con fuerza subjetiva, que aún dentro de múltiples cosmovisiones no pierde una unidad de sentido con la ilusión totalizante y remite, también, a las mejores tradiciones literarias norteamericanas. Y del cine. De los años de oro.