sábado, noviembre 28, 2015

El fin del peronismo




Así como el kirhcnerismo no se explica sin la implosión de la UCR tras el desastre que heredó De la Rúa del entonces presidente Menem, la victoria del PRO no puede entenderse sin entender la desaparición del peronismo.
Ya con cierta distancia presupuestaria de los delirantes sermones de la vieja, la ortodoxia peronista conservadora del norte preparaba el fuego para asar el oso que aún Scioli no había cazado. Y jamás cazó. Aunque la piel ya la vendieron.
Solo quedó en pie el ala conservadora del peronismo: los gobernadores del norte que necesitan imperiosamente que la Nación les preste papeles pintados para pagar el aguinaldo. Ese es todo su horizonte político. Pero la cosa aún puede empeorar: ungir a Fellner contra Aníbal Fernández en ese Club de Perdedores que se ufanan de ser la nación, lo popular, un frente y para la victoria; es lo mismo que regalar el peronismo conservador a Macri.
Oh, sí, el que va a resistir mucho va a ser el comandante revolucionario Urtubey y el Camilo Torres del Vaticano: son capaces de tirar a la basura los cheques siempre y cuando la transferencia sea electrónica.
La oposición social a Macri no querrá cargar con el lastre de Cristina Fernández, entre otras cosas porque todo indica que el modelo industrial con matriz diversificada y movilidad social ascendente (traducido: vendemos soja y petróleo y la mitad del país vive bajo la pobreza, según los cánones alemanes) continuará, solo que probablemente se termine la acefalía presidencial. Eso y todo la runfla de ladrones. Veremos.
¿Puede sobrevivir el peronismo? Sí, claro. Todo país necesita un partido de los pobres, un universo simbólico y aspiracional que si no lo ocupa a política, sucede lo que hoy sucede en los sectores populares: los maneja la policía, con la colaboración estratégica de las redes internacionales del narcotráfico, la amenaza de bajezas de exclusión aún más pronunciadas y las distintas iglesias regalando manuales de autoayuda para gente predispuesta a la resignación en un país con altísimas tasas crónicas ya de desempleo y la mitad de los trabajadores en negro. Sobre ese matorral de angustia se establecen redes de supervivencia marcadas por la violencia, la explotación y la aplicación antojadiza de la ley, hecha y derecha contra esos sectores.
El problema es que todo eso termina transando en el territorio con el peronismo realmente existente una convivencia inmobilizadora, mientras las turbinas del sistema económico están ajenas a estos suburbios y siguen generando desigualdad social, cultural y educativa ampliando la brecha entre incluidos y excluidos, quizás como nunca antes en la historia de la especie humana.
Esos dos mundos, los pobres y los ricos, no son antagónicos porque no los regula la lucha de clases sino la díada exclusión-inclusión. La grieta verdadera. Que es una sensación de grieta, porque la mayoría vive en el medio de esas dos tensiones, haciendo de ese intermedio una tríada demoledora de las viejas certezas, mitos y construcciones sociales que pretendieron dar por cierta durante un siglo y algo la existencia, dentro de la República Argentina, una Nación Argentina que aún espera ser conformada, aunque nadie, ningún sujeto social concreto, hoy lo necesita. Así que no termina de ser más que la materialidad de elucubraciones literarias.
Al perder, el peronismo, patrimonio simbólico como Partido de los pobres, el peronismo tenderá a fusionarse con los nuevos tiempos. El problema, muy parecido al debate al interior de la Iglesia Católica y la religión judía, es que adaptarse a los nuevos tiempos implica desaparecer. Cerrarse en sí mismo, implica reducirse. Intensidad versus despliegue. El dilema de la supervivencia de todo grupo humano que pierde su función social.
Al no ser los trabajadores sindicalizados un sujeto social de importancia en el país real, al no tener sentido una alianza con cualquier sector que se quiera de las fuerzas armadas y al perder predicamento entre los humildes el catolicismo (no la fe ni el cristianismo); el peronismo se fue diluyendo como razón histórica. La narrativa de los beliebers K, anclados en Palermpo y soñando con una década del 70 completamente imaginaria, falaz y encima heroica, no quedaba otra que esta capitulación sin gloria, sin honor y sin sentido hacia el Arca de Noé que era el gobierno de la provincia de buenos Aires.
El Arca no la maneja ya Noé. Hay un nuevo Capitán.
Subirse es dejar de existir, bajarse es quedarse solo.