Habré tenido unos 20 años y estaba en un bar de Almagro, con una chica que entre tiras y alfojes no me daba bola. Era un cuadro importante -ella- de la juventud del Partido Comunista; yo era un militante raso ahí en Buenos Aires, y esas diferencias eran crudas, sobretodo para mí, que quería salir con ella.
Supongo que le habrán caído simpáticos los locos, y a los 20 años yo estaba más loco que cualquiera. Pero había un invonveniente ideológico en el medio, o dos inconvenientes ideológicos en el medio: 1) ciertas disidencias mías con el PC entrerriano (donde, aunque mínima, ahí sí yo tenía alguna relevancia: bah, igual, éramos poquitos) y si mal no recuerdo con Etchegaray. No, con Kreines. Bueno, el otro inconveniente ideológico para salir con ella era su novio. No hay nada más inconveniente, chicas, que tener novio.
Así que con el corazón partido y extasiada mi tendencia al dramatismo, deambulaba solitario, triste y final, a los besos con una chica del Movimiento Socialista de los Trabajadores.
El PC sostenía una alianza con el MST, que se llamaba Izquierda Unida. Las chicas del MST estaban más locas, eran menos sofisticadas y más de infantería que las del PC, pero estaban más buenas.
Los archivos, que nunca mienten, me pueden mostrar diciendo giladas que corrían por izquierda a Izquierda Unida. Mi deporte en aquellos años era correr por izquierda. Hasta al colectivo lo corría por izquierda.
Con la chica del MST estaba todo bien, porque tenía onda, me daba bola y el barco podría haber navegado. El problema es que a mí me gustaba la del PC. Que en los bares, cuando ya iba por la tercer cerveza, me hablaba del Partido y de la "lucha" por la unidad de la izquierda. Yo la imaginaba desnuda y ella me comentaba las nuevas tesis del comité central.
El PC ya me tenía podrido, la verdad. Y en un Congreso para normalizar las autoridades de la FEDE, a mi amigo Marcelo Luna -que hoy se autoproclama emperador de la República Charrúa que abarca parte de Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay y con un par de vinos Marcelo te suma a China y Sudáfrica: genial!- no lo dejaron entrar. Me enojé tanto que me fui del Partido, con un grupito de pibes de Entre Ríos.
Había durado un año.
Pero los mismos que me habían querido y me aplaudían cuando cerraba los actos partidarios, me dejaron de saludar. Y me acusaron de contra revolucionario y de intentar destruir la organización, y uno dijo que yo era como todos esos con "desviacionismo burgués" que se interesan por la cultura. A medida que se me amontonaban los agravios, pasé a ser agente de la SIDE, drogadicto terminal y alguna cosa más que ya no recuerdo. Marcelo la pasó peor: a él lo encerraron en un local partidario y le hicieron un juicio sumarísimo. Ja. Siempre, cuando lo encuentro a Marcelo (es más loco que yo para cambiar de casa y de vida) nos reímos de lo mismo: las minas que levantábamos (o que nos rebotaban) en los congresos del PC; y el juicio: todos acribillándolo. Acusándolo, en patota colectivista, de ser crítico y ladrón. Encima, ladrón, vaya y pase. Pero nunca te podían perdonar el cargo verdadero: ser crítico.
La chica del PC se casó con el novio, me dejó de saludar y no supe más nada de ella.
La del MST se fue del MST, perdí el contacto pero supongo que debe estar vinculada al arte. Tendía a eso.
Marcelo sigue siendo mi amigo.
Algunos en el PC me siguen detestando, con una persistencia elogiable.
Nunca más tuve una novia o expectativas con una militante.
En algunos días voy a cumplir 32 años, y estas historias las recuerdo con gracia, me gusta narrarlas y reírme de cosas que hice y no volvería a hacer.
A la distancia, me acuerdo bien de los comunistas. Con aprecio. Era gente que vivía en otro planeta, y yo quería vivir en otro planeta, quizás más a la izquierda, uno donde reine la justicia social y un objetivo inmenso y peligroso: el socialismo revolucionario.
Acaso para que tenga tensión dramática, lógica -digamos- dramatúrgica, los policías son necesarios en cada grupo: custodian la pureza, se hacen un lugar extremando el internismo, la métrica de las palabras, cada coma. Y se auto nombran comisarios de la moral de todos. Está bien.
También los dioses y los imposibles, las utopías aguerridas, los horizontes elevados que te elevan al mirarlos.
No fui lo que creía que era, sino un hombrecito. Que buscaba que me quiera la piba comunista, y que no se enoje la troskista.
Y me quedé sin nada. Sin el pan y sin la trosca.
Es para reírse. Para brindar riéndose, para abrir la ventana y lanzar una carcajada. ¿O vos esperabas una moraleja? El día que me siente a sacar conclusiones que alguien venga y me obligue a firmar el retiro voluntario.



