
Sueñan con una candidatura a presidente que, a partir de menos del 3% del padrón total nacional, suponen inmediata, rutilante y necesaria. Casi por aclamación.
Pelean por la muy pequeña interna progresista.
No se meten con los factores de poder real, jamás hacen poca política hacia afuera de lo que otros les nombran como "el espacio" y pueden cantar muy fuertes y comprometidos hasta la victoria siempre detrás del objetivo estratégico: una banca de diputados.
Se parten en más que el múltiplo posible, suelen no acordar nunca nada, exigir al otro con prepotencia y desprecio moral cualquier imposible, y por si hiciera falta, construyen pequeñas pymes donde hasta sus asesores y secretarios son sus parientes. Muchos caciques y pocos indios, no tienen discurso polìtico sino "nicho" para su "target". Son mis conocidos, mis amigos, algunos parientes. Son, también, mi cuna política. Por eso, a veces, los rechazo con mayor intensidad.
Les agarra una gran paja triunfalista después de cada elección, si salen cuartos o segundos, y se postulan a altísimos cargos, poniéndose también, por las dudas, de primer candidato a diputado.
Y yo, a veces, corto boleta por ellos.
Siempre anuncian una pronta superación, bajo su sello de ocasión, de todos los partidos existentes. Ni sus votantes se la creen. La espuma, luego, pasa. Se sitúan en su realidad, nunca son responsables, brota como un manantial la inocencia de sus labios, y, luego, se meten de lleno a lo único que les quita energías: cómo renovar la banca, cagando al hasta ayer jefe, en lo posible. Porque eso es la superación de lo existente, también.
Pelean por la muy pequeña interna progresista.
No se meten con los factores de poder real, jamás hacen poca política hacia afuera de lo que otros les nombran como "el espacio" y pueden cantar muy fuertes y comprometidos hasta la victoria siempre detrás del objetivo estratégico: una banca de diputados.
Se parten en más que el múltiplo posible, suelen no acordar nunca nada, exigir al otro con prepotencia y desprecio moral cualquier imposible, y por si hiciera falta, construyen pequeñas pymes donde hasta sus asesores y secretarios son sus parientes. Muchos caciques y pocos indios, no tienen discurso polìtico sino "nicho" para su "target". Son mis conocidos, mis amigos, algunos parientes. Son, también, mi cuna política. Por eso, a veces, los rechazo con mayor intensidad.
Les agarra una gran paja triunfalista después de cada elección, si salen cuartos o segundos, y se postulan a altísimos cargos, poniéndose también, por las dudas, de primer candidato a diputado.
Y yo, a veces, corto boleta por ellos.
Siempre anuncian una pronta superación, bajo su sello de ocasión, de todos los partidos existentes. Ni sus votantes se la creen. La espuma, luego, pasa. Se sitúan en su realidad, nunca son responsables, brota como un manantial la inocencia de sus labios, y, luego, se meten de lleno a lo único que les quita energías: cómo renovar la banca, cagando al hasta ayer jefe, en lo posible. Porque eso es la superación de lo existente, también.
Si son jóvenes hacen juvenilia, si son viejos hacen apología, si son chuecos piden espacios a los torcidos: suponen que sintetizan, siempre sintetizan, siempre superan, ya no se dice dialécticamente, ahora es -suspiros-de modo progresista.
Adoran los parlamentos tanto como se adora a la única mina que pudimos sacar a bailar.
Son mejores que yo, sin dudas. Tienen más principios, más coherencia, son más luchadores y mas nobles; son lo nuevo en la política desde que los votaba mi viejo, los conozco desde chiquito, y siempre tuvieron grandes planes un tiempito, luego desaparecen y vuelven, tan maximalistas y mejores que yo como siempre. Nunca pierden plata y tienen un cocodrilo en el bolsillo, pero son solidarios con la lengua: al fin y al cabo, un beso no se le niega a nadie.
Hay que aguantarlos un tiempo.
Después se les pasa.
Muchos tabúes sociales han caído gracias a ellos: ser mujer, ser puto, ser judío, ser travesti, ser delincuente, ser árabe, ser gitano, es mejor entre progresistas.
Pero si hay algo que les gusta es pasear con el ADN denunciando al padre de la derrota. Qué cosa.
Nunca una mirada interna, jamás una autocrítica: ojo, porque también en el monte de sinaí puede uno equivocarse.
Adoran los parlamentos tanto como se adora a la única mina que pudimos sacar a bailar.
Son mejores que yo, sin dudas. Tienen más principios, más coherencia, son más luchadores y mas nobles; son lo nuevo en la política desde que los votaba mi viejo, los conozco desde chiquito, y siempre tuvieron grandes planes un tiempito, luego desaparecen y vuelven, tan maximalistas y mejores que yo como siempre. Nunca pierden plata y tienen un cocodrilo en el bolsillo, pero son solidarios con la lengua: al fin y al cabo, un beso no se le niega a nadie.
Hay que aguantarlos un tiempo.
Después se les pasa.
Muchos tabúes sociales han caído gracias a ellos: ser mujer, ser puto, ser judío, ser travesti, ser delincuente, ser árabe, ser gitano, es mejor entre progresistas.
Pero si hay algo que les gusta es pasear con el ADN denunciando al padre de la derrota. Qué cosa.
Nunca una mirada interna, jamás una autocrítica: ojo, porque también en el monte de sinaí puede uno equivocarse.
Cuando se pinche el microclimita de los progres y haya que consensuar y dialogar en el congreso, no creo que el congreso argentino discuta con Felipe Quispe la legitimidad de Evo Morales, sino que se parecerá al Parlamento italiano.
No sé qué pensará el Diputado Nacional Aníbal Ibarra pero más que mirar al cielo buscando nubes negras en las provincias hay que mirar el déficit fiscal. En aumento. Tanto como, en algunos casos, el prestigio político que otorga autonomía a los mayoritariamente "conservadores populares", o conservadores lúcidos, por usar una categoría vieja.
Los años de crecimiento económico, subsidios provinciales y vista gorda fiscal a las élites del interior, se van acabando. Lo curioso es que, los mismos elementos que le dieron autonomía inédita a los gobernadores, ahora, quizás, los amenacen.
Hay que mirar las cuentas. El senado es la institución más oscura -después de la justicia y las cárceles- de la democracia, muy porosa a las más impresentables corporaciones, pero es también, el lugar donde se cocina el bife. El déficit fiscal y el presupuesto.
En diputados siempre hubo algo más de onda, de diversidad, de intensidad en los debates. Pero un poco, tampoco mucho. Para funcionar, hasta un centro de estudiantes necesita disciplina de bloques.
Hay que mirar la CTA, ATE y CTERA, especialmente.
Hay que mirar las producciones regionales, el financiamiento educativo, las jubilaciones. La obra pública y de infraestructura.
El consenso en el congreso no es una varita mágica ni está dictado por Blancanieves, es cuestión de guita; un cargo de secretario de bloque, un subsidio allá, un adscripto en tal lugar, una prebenda a la cultura de tal, un puntito más en tal proyecto, una reunión con equis funcionario, obran, verás, milagros. Hay siempre un bloque de puros (suelen ser porteños) que reniega de la política: no tienen a quién rendirles cuentas, más que a los programas del cable. No hay partidos, estructuras sindicales ni orgánicas ni territoriales. Así se hace más fácil, dentro de poco aparecerá, porqué no, el partido en defensa de los Osos Panda. Total por acá no hay ninguno.
Todo bien con los que ven un futuro provisorio para las minorías progresistas, preocupadas por la contaminación ambiental donde menos se produce (es decir, en sus narices) y allá lejos; todo bien con que sueñen y tengan su noche de gloria.
Pero si eso es la izquierda estamos fritos todos los que no participamos de esa fiesta, ni somos invitados, y quedamos fuera. La argentina es un país más amplio. Gobernar es algo, también, gris, burócrata, trabado, cruzado con miles de intereses.
Hay que mirar el Congreso de Brasil, lugar donde prima, vaya que sí, la pluralidad: Alasino, mi comprovinciano, exagerando un poco, sería un decente senador en Brasil.
Hay que mirar el Congreso de los Estados Unidos, donde verdaderamente no se vota, en casi nada, de acuerdo a lineamientos partidarios (excepto que provenga del ejecutivo). Son muy avanzados: se vota por el lobby, constante y sonante, de los votantes con guita de cada estado.
Los grandes análisis, incluídos los que yo chamuyo, a veces saltan por arriba esta dimensión administrativa de la política. Que tiene una gran complejidad, no es simple ni mejor ni está cantada; y es también, en cierto modo, de una gran -pero acaso distinta- racionalidad.
Creo, en síntesis, que los déficit fiscales de las provincias, son temas centrales a la hora de pensar el consenso en el congreso que viene.
Ojalá me equivoque.




