Al parecer se viene un año de aburridísimas discusiones sobre el significante vacío del institucionalismo. Las formas es el común denominador de la oposición, encabezada por las corporaciones agrupadas en la Asociación Empresaria Argentina (Clarín, la Mesa de Enlace, Techint -o sea, la UIA) y con el coro de políticos que pujan por suceder a Cristina Kirchner.
Dado que ese republicanismo chabacano es el mínimo común denominador, apartarse de esa chabacanería no es negocio para los políticos del Grupo A, en tanto, las corporaciones le marcan la cancha de lo decible. Son impiadosas, las corporaciones, con quienes amagan salirse de ese mínimo común denominador.
Así las cosas, la santificada Carta Orgánica del Banco Central, versión luterista, recogió apoyos a diestra y siniestra. Los militantes de cada agrupación política del Grupo A, intentan sobreactuar sus diferencias, y se van enojando con sus líderes por esta impostación y condicionamiento corporativo, muy poco republicano, además.
Tras ponerse hace seis años el país de sombrero, los radicales hacen un culto de la forma cuando no son gobierno porque es el único modo de cohesionarse internamente. El nuevo Lavagna que alquilaron a plazos, Julio Cobos, es intragable para la militancia radical, hasta el punto que sus ataques a la institucionalidad -en nombre d ela institucionalidad- son sólo defendidos por los mendocinos, y por Gerardo Morales, que es impune electoralmente. Pero muy coherente: en su vida jamás pero jamás ganó una elección.
Los radicales son expertos en predicar la institucionalidad cuando no gobiernan, y en masacrarla cuando gobiernan. Tienen mística para eso. Hasta cuando asesinan lo hacen en nombre de la institucionalidad. También cuando coimean el Congreso o bajan salarios y jubilaciones por decreto. La sociología berreta y psicologista que a mí me encanta (el impresionismo) encuentra toooodo un dato en el hecho -empíricamente comprobable- de que los radicales abunden en las facultades de Derecho. No así en las de Trabajo Social.
Hay un problema para el Grupo A.
Si se habla de las formas, quedan diuluídos los que predican la estudiantina de Pino Solanas. Tipo que queda feo andar gritando saqueo!, traición a la patria! y aguante Redrado, en los comités partidarios que conducen Boneli y Silvestre. Pero ese es un dato de color.
El verdadero problema es que el formalismo surrealista (en el arte vanguardista no es posible esta conjunción, en el delarruismo residual, sí) le quita espacios al peronismo disidente. Y que, quizás, a poco de andar, las corporaciones que tanto valoran la ductilidad de este débil radicalismo, noten que a Néstor Kirchner lo puede joder en serio el peronismo de derecha. Con alguien más presentable que el ex candidato a presidencia Eduardo Duhalde (que bajó su candidatura con el mismo entusiasmo con que la subió).
Los peronistas que militan en la derecha saben que le están haciendo un favor a Julio Cobos. Pero no quieren hacerle ningún favor. Sino, comérselo vivo cuando llegue la ocasión. Pero, esos peronistas a la derriva d ela derecha, como saben que mientras tanto le hacen un favor a Cobos, quieren que Cristina Kirchner termine el gobierno. Y que no termine mal.
En el andar, Julio Cobos, aún en las señales televisivas de Ernestina Herrera de Noble y Manzano y De narvaez, deja girones. Pero, a la vez, no puede hacer otra cosa: sus balbuceos chabacanos sobre la institucionalidad resultan cada vez más impresentables entre los conocedores del tema. De ahí, hacia el público, hay un paso largo pero que con el tiempo puede darse.
No le conviene, en suma, que Cristina termine el gobierno. O que se calmen las aguas.
La comparsa radical que lo sigue, tras asaltar la vicepresidencia, podría acompañar esta táctica peligrosa. Sólo así se entiende la conferencia de prensa en la puerta del Banco Central de Morales y Sanz, hablando de las reservas que esperan, como otrora, dilapidar.
Al kirchnerismo le conviene esta discusión.
Le conviene discutir con el delarruismo residual, sobre las instituciones, sobre la chabacanería del derecho administrativo a la carta. Porque minimiza el daño del peronismo disidente, los recluye a acompañar, con declaraciones televisivas intrascendentes, las jugadas de Morales, Cobos, Sanz. El ego inflamado de Solá y De Narváez no está muy a gusto con ser segundón en la comedia. Macri se dedica a lo suyo: comrpar periodistas y reemplazar focos quemados.Va derechito a la reelección, Mauricio. A pesar de tener enfrente al temible entrevistador de presidentes latinoamericanos y el iusnaturalista Solanas.
El silencio de los gobernadores con reelección es sintomático. Sólo hablan para apoyar al gobierno. Ergo, buscan la reelección y no otean nada en el otro andarivel.
El institucionalismo chabacano es negocio, hoy, para kirchneristas y radicales. Sobretodo sí, desde el gobierno, se alimenta este debate denso y aristocratizante, con medidas sociales de alto impacto en los barrios y bajo impacto en los medios. Como la Asignación Universal. Como el índice de actualziación de las jubilaciones. Y las Partitarias. Y el renacido ministerio de salud.
El PAMI, después de las experiencias de anteriores gobiernos que tuvieron que soportar los jubilados, funciona bien. Cuando el PAMI funciona, la argentina real respira otro clima. La verdadera crispación es otra: es que no funcione el PAMI, que no se le aumente el sueldo a los docentes, que los municipios no tengan caja para asfaltar calles, hacer cloacas, instalar luminarias, pagar y aumentar los salarios.
Y mientras tanto, discutir las formas, claro. El debate es aburridísimo y se discute con hipócritas seriales, pero, bueno, es lo que hay.