Uno puede enfermar de los riñones, contraer cáncer, culparse de tanto pucho, tanta bebida, morir en un accidente de tránsito, ser héroe en una remota
independencia africana. Uno sabe que va a morir. Lo procesa como puede, si es que puede. No tiene, a mano, más que ejemplos ilusorios. Que si lo pensás bien, no son ejemplos: ningún ejemplo es ilusorio. En todo caso:
uno se va a morir. Y esto determina muchas actividades (sino todas) de la vida. También, supongo, la que nos ocupa.
Qué comienzo oscuro,
bue. Es lo que hay.
La sangre contaminada, una herida en el pecho, la culpa por años de vivir como se vive, todo eso tiene, si se quiere, entidad física; algo en lo que manifestarse: su objeto del deseo es la parte de uno de la cual se tiene certezas: el cuerpo. Los calambres en el alma que atraviesan al borracho que ingresa, por primera vez, a alcohólicos anónimos, tienen su estatuto físico, su entidad en el reino efímero de las cosas. También. Aunque en otra dimensión; ya no el cuerpo. Pero se tienen certezas, cada uno las tiene, de algo más que late en uno, además del corazón.
Recuerdos, pasiones, arrebatos, un pulpo (gracias
Rep) que te abraza, un mar que languidece, una palabra imposible de decir.
Tienen su ancla, su territorio, su materialidad.
Las mejores y las más gastadas metáforas tienen su materialidad. Los discursos, por caso, la tienen; las ideas, mounstruosamente, o con ternura, la tienen.
¿Dónde habitan, en cambio, las pasiones políticas?
¿Son solamente el devenir opaco de nuestra personalidad, son eso y también otra cosa?
¿Los odios, los rencores, los remordimientos, los sueños, las vulgaridades, el arrepentimiento, la
sanata, la nobleza, son de todos en grados variables; implican la
corrección racional entre medios y fines, abarcan más entidades que las preexistentes en uno, son condicionadas o determinadas por ese horror inmenso, infranqueable, imposible, que son los otros? Todos los otros, todos los que no son yo.
¿Dónde, o de qué modo, bajo qué pretexto cohabitan las pasiones políticas con el beso en los labios, con el
abrazo al amigo, con los hoteles de ruta, con las fantasías y los pecados, con la visión lluviosa de la nostalgia?¿O no se cohabitan?
¿Son un reflujo del pasado, son una simple y tierna mirada al futuro, son la exacta
pulsión del ahora (ya evaporado) que impide, si cabe la palabra, controlarse?
¿Se resume todo a fórmulas químicas, a ansiedades, a inconscientes colectivos o individuales?
Las pulsiones políticas existen. Pero.
¿Paran, terminan, se marchitan? ¿Tienen más miedos que certezas, tienen más sueños que heridas? Las pasiones políticas, que mudan de ropa, de amigos, de novias, de variables, de cuadros estadísticos, de calores en las manos, de dientes, de años. No en todas laspersonas, no de los mismos modos.
¿Y si yo no fuera mejor que el otro? ¿Y si no fuera posible separar la dimensión del otro de lo que el otro es, de lo que el otro cree, de lo que el otro sueña? ¿Y si el otro es, en todo caso, como yo?
¿Y si el otro no es, ni puede ser, como yo?
¿Y si el enemigo, irremediablemente, fuese uno mismo? ¿Y si uno se realiza en tanto los otros, para los otros y contra los otros? ¿Y si no queda otra? ¿Y si quedan muchas y uno no las conoce? ¿Y si uno quiere conocerlas, a riesgo de
deshabitarse, y no le alcanza el tiempo? ¿Y si nada transcurre, si es una ilusión, y si uno no atrapa más que la ilusión, y si uno vive en la ilusión, y si uno pierde la batalla en el
target de los
arrendatarios de la ilusión?
¿Y si uno no se hiciera estas preguntas boludas?