Por los 8 años de kirchnerismo, en Militancia Kreativa reunieron para la ocasión distintos; y acá el mío, corazón.
jueves, mayo 26, 2011
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Por los 8 años de kirchnerismo, en Militancia Kreativa reunieron para la ocasión distintos; y acá el mío, corazón.
Volvió el tema de la lechería
Escribe Geraldhino
Según informamos hace unos días, el bloguero ha dejado de ser más o menos K. Ocurre, según también se explicó, que por estos días ser kirchnerista tiene menos gracia que un amistoso de handball, en razón, más que nada, de que tal tarea resulta casi tan sencilla como arrebatarle una golosina a un niño.
Para paliar la situación se intentó en su momento, tal vez lo recuerden, un acercamiento con el sancismo, la única fuerza —por así llamarle— que admitió que iba a reclutar blogueros, pero ese sueño, según a nadie se le escapa, terminó de la peor manera, e'cir: ni siquiera pudimos ir a una interna para fortalecernos con la derrota, cosa que nunca viene mal para templar el espíritu, y hoy, a poco de iniciar aquella loca aventura, el bueno de Sanz está más borrado que cuaderno de primer grado.
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miércoles, mayo 25, 2011
Las contradicciones
Por avenida Cabildo, una cuadra antes de Juramento, creo que en el barrio de Nuñez, en la ciudad de Buenos Aires, hay sobre una vidriera, al lado de un cajero automático, una viejita, de mil años, sentada sobre el cordón. Se tapa con una frazada. Y hay noches que hace frío. Tiene una bolsa, con cosas.
En mi casa de Bs As, el escritorio da a una pared blanca. Es un escritorio negro. Ahí, encima, el mate. Un cenicero. La notebook. Al costado la cama, un sillón que no uso nunca, más que para tirar las camperas. Una pila de libros amontonados. Libros que me regalan. Que me mandan. Por distintas, por buenas y malas razones. Algunos los leo, otros no. Quedan ahí, un tiempo. Hasta la próxima mudanza. En este cuarto no tengo muchas cosas. Pero hay cosas. Un placard, un ropero, una caja, con celulares muertos y recibos de impuestos. Uno va acumulando cosas. Tienen una funcionalidad. Bah, más o menos. Cuando te ponés a pensar, apenas usás la mitad, como mucho, de las cosas. Pero tenés cosas. Comprás cosas. Están ahí. Dan una sensación de abrigo.
La viejita también tiene cosas. En una bolsa de supermercado.
Todos tenemos cosas.
No todos tenemos lo mismo, claro.
En la ciudad de La Paz, del norte entrerriano, hay sobre el río familias de pescadores. Son pobres. Tienen cosas entre ranchos construidos con maderas y chapas. Una garrafa de gas. Muchos baldes. Algunas gallinas. Son pobrezas diferentes. No tienen torres altas que los rodeen. No hay cajeros automáticos. Ni luz eléctrica. Hay canoas, chicos muy chiquitos jugando en el río. Los barcos de carga pasan despacito. Esqueletos de sábalos.
La patria se supone que es un sentimiento compartido. Yo lo veo fragmentado. Y me siento culpable, también. De algo indefinido. Qué se yo.
En mi casa de Bs As, el escritorio da a una pared blanca. Es un escritorio negro. Ahí, encima, el mate. Un cenicero. La notebook. Al costado la cama, un sillón que no uso nunca, más que para tirar las camperas. Una pila de libros amontonados. Libros que me regalan. Que me mandan. Por distintas, por buenas y malas razones. Algunos los leo, otros no. Quedan ahí, un tiempo. Hasta la próxima mudanza. En este cuarto no tengo muchas cosas. Pero hay cosas. Un placard, un ropero, una caja, con celulares muertos y recibos de impuestos. Uno va acumulando cosas. Tienen una funcionalidad. Bah, más o menos. Cuando te ponés a pensar, apenas usás la mitad, como mucho, de las cosas. Pero tenés cosas. Comprás cosas. Están ahí. Dan una sensación de abrigo.
La viejita también tiene cosas. En una bolsa de supermercado.
Todos tenemos cosas.
No todos tenemos lo mismo, claro.
En la ciudad de La Paz, del norte entrerriano, hay sobre el río familias de pescadores. Son pobres. Tienen cosas entre ranchos construidos con maderas y chapas. Una garrafa de gas. Muchos baldes. Algunas gallinas. Son pobrezas diferentes. No tienen torres altas que los rodeen. No hay cajeros automáticos. Ni luz eléctrica. Hay canoas, chicos muy chiquitos jugando en el río. Los barcos de carga pasan despacito. Esqueletos de sábalos.
La patria se supone que es un sentimiento compartido. Yo lo veo fragmentado. Y me siento culpable, también. De algo indefinido. Qué se yo.
25 de mayo. Viva el amor.
25 de mayo. El año pasado, ante la contundencia de la gente volcada a la avenida 9 de julio, de porteños y bonaerenses, no sé, creo que a esta altura ya debemos estar hablando de 187 millones de argentinos y argentinas, corazón. Se exagera. Está bien- Ell año pasado yo tenía una solitaria pelea contra el día -un día como hoy- en que Fernando VII fue vivado en el cacerozalo de 1810. Es tremendo. Nadie me da pelota, pero construir, ni más ni menos, que la principal fecha patria, de una nación toda, con la fábula de la máscara, ay, por dios. Contate otra. Cuando un debate histórico no prende es porque hay una mayoría que no le encuentra arraigo, potencia en el relato del presente. En estos ocho años de kirchnerismo se ha revertido el proceso desindustrializador, han aumentado las partidas hacia las provincias revirtiéndose -con timidez- la desigualdad geográfica; se han desplegado políticas igualadoras -la Asignación Universal, las notebooks, las jubilaciones universales- que retoman la idea de integrar el país. El debate en torno al 25 de mayo, es mi postura (creída, obvio, corazón), no prende porque se parte de la idea, mayoritaria, de que el país, para bien o para mal, existe. ¿Cómo, y la argentina no existe? Una argentina, para mí criterio, no. Existen por lo menos dos. Y ambas están en construcción. Y puja. Los debates más apasionantes de esta coyuntura nacen y mueren en la noción -casi indiscutible- de una argentina. De que somos un país. A mi siempre pero siempre humilde criterio (je) las cosas no se agotan ni se entienden del todo con esta premisa tan contundente. Yo la revisaría. Pero, bueno. Es lo que hay.
martes, mayo 24, 2011
¿Le pregunto a Máximo Kirchner?
Marcela Pacheco me invitó a escucharla y tras una hora de escucharla despreciarme, me calenté y a puro rock nacional, en fin, Marcela es divina: yo sabía que eso iba a ser un grandioso despelote!
(En soberbia es difícil ganarme, eh, corazón)
La bancarrota de la socialdemocracia
Era el año 98, creo. Aunque mi amigo, en este bar paranaense, me dice que fue más cerca de las elecciones: año 99. No sé. Pero la foto, me la acuerdo.
Fernando De La Rúa, el popular "jefe" de gobierno porteño, encabezaba el encuentro de la Internacional Socialista en Buenos Aires.
Estaba de moda la Tercera Vía, que salía de las usinas del gobierno reaccionario de Tony Blair en Inglaterra. Suena difícil de creer, pero esto sucedió.
La bancarrota socialdemócrata no es de ahora. Ni, De La Rúa, expresión argentina de esa socialdemocracia -y, sí: ¿yo qué culpa tengo que el progresismo realmente existente sea ESO?- una excepcionalidad puramente argentina. En los años noventa, Bill Clinton y Tony Blair, entre una y otra carnicería petrolera alrededor del globo, consolidaban el neoliberalismo, desde la Tercera Vía. Con Francia, repartiendo bendiciones ideológicas a quienes quieran sumarse a la Internacional Socialista, previamente empomados por el Consenso de Washington. Unos años después, la, ya pasada de moda, Tercera Vía, se sumaba a los genocidios contra el Eje del Mal y perdía su inmerecido prestigio.
Pasaron apenas meses, quizás un año, desde que nos podemos cagar de risa de la socialdemocracia dando lecciones sociales o democráticas a suramérica. En la derecha progresista europea, cuando la crisis internacional les barrió la ceguera, insultar al presidente más votado y plesbicitado de suramérica, Hugo Chávez, ahora tiene otro precio. Hasta hace meses cualquier financista de morondanga lo escupía sin costo. Más aún, a costo del escupido.
La derecha progresista aplica los ajustes del consenso de Washington sin consenso de los votantes, ese incordio, con la cara de la socialdemocracia -del socialismo, corazón- en Grecia, Portugal, Irlanda, España. La convertibilidad, el corset con el cual litigaron Francia y Alemania contra Inglaterra, y ahora todos contra todos, en la disputa por encontrar un lugar en el mundo como furgón de cola de los EEUU, no tembló cuando éstos incorporaron, para legitimar los contemporáneos campos de concentración, el eje anglosajón dentro de la Unión Europea. Ni ahí: los muertos, al fin y al cabo, los ponía África y Medio Oriente y los operativos de prensa los ponía suramérica. La condición humana de estos huesos empetrolados -para los conmovidos por los pinguinos empetrolados- no está demostrada científicamente, eh.
La convertibilidad que estalla a nuestros ojos como la ruptura del sueño tilingo del lavacopas en España, consolidada vía ajustes brutales por socialistas "modernos", no fue como prometía la entonces Tercera Vía. Una pena.
La bancarrota socialista estaba en el germen de la caída del Muro de Berlín. Pero daba muy psicobolche decirlo.
En fin, que estamos aislados del mundo.
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