miércoles, septiembre 14, 2011

ah.


El día que me hice peronista.



A doce días del anuncio de las retenciones móviles a la oligarquía, escribí ésto (y me hice peronista. Pero: que por el "paro histórico" del campo, mi madre, también, se hizo kirchnerista. Y todos mis hermanos. Y mi hermanita. Y mi sobrinita, que ya tiene 9 años): 


Una de la niñez, la otra de esta vejez prematura y peronista. La de la niñez es así. Un largo viaje en el auto asmático por rutas entrerrianas y aburridas, el pequeño que ya se anticipaba petiso, va en el asiento de atrás, mi vieja maneja a 60, 60 kilómetros por día, hasta Crucecita Séptima, los mejores campos, mirando el techo va el nene engominado que fui, mirando el techo porque no alcanzo a la ventana  y pensando en la niña más linda que haya visto en su vida, el niño enamorado, pensando en Los Parchís. La concha de la lora, no puedo sacarme ese trauma! (Cuando Juan Cabandié me metió en el Ni a Palos, pobre, no habrá sabido que yo iba a escribir cosas profundísimas como ésta)  En serio. El día se va amaneciendo y recién sobre el mediodía llegamos al campo, entramos por calles de tierra, estacionamos. Los que ahí viven, los arrendatarios, son una familia de lo más amable. Nos sirven leche, de vaca. Amarilla, espumosa, francamente traumática para este niño y sus cuatro hermanitos varones, que han sido aleccionados duramente por su madre en que deben aceptar lo que se les ofrece y no ser maleducados y despreciar y bueno, pero no, este que fui se niega terminantemente a tragar esa leche de esa vaca pobrecita y llora. El nene, la vaca, ni mú.Otra imagen: nos invitan a comer, una gallina. El perro sale corriendo, las gallinas revolotean, el perro caza una y la trae mordida del cogote, adonde el hombre viejo (y sin dientes) la pone sobre el tallo de un árbol, le corta la cabeza de un hachazo y se queda con la cabeza en la mano (antes de leer lo que sigue, saquen a los menores de edad de la vista para que no presencien esta escena horrible) el cuerpo sin cabeza de la gallina empieza a correr chorreando sangre y el perro la corre ladrando desde atrás. Cinco niños, incluido el que fui,  cinco niños (o sea, mis cuatro hermanos y yo) lloran descaradamente. Los hijos del hombre viejo,en cambio, nos miran como si fuésemos unos chicos raros. Inmediata hermandad: creo que a estos los tendremos que cagar a palos. O sea, los hijos del viejo puto, es obvio, comisario, escúcheme comisario, que son asesinos seriales en potencia! Y nadie hace nada!  El perro trae contento la gallina, tiene sangre en la boca. Perro sanguinario. La mujer del hombre viejo y madre de nuestros enemigos, pone en una palangana con agua hirviendo a la gallina y empieza a pelarla. Cuánta crueldad. Mi madre, mientras ve a sus cinco hijos llorando, saca los sánguches del auto. Parte 2. De cuando el niño que fui psicoanaliza sus traumas y los proyecta hacia el peronismo.
 En el entrerriano almuerzo familiar se habla de la “mediación” del Obispo de Gualeguaychú en el conflicto con “el campo”. “El campo” va a seguir con los cortes a los tres accesos a Entre Ríos: Ceibas, en el cruce entre la 12 y la 14, el puente Rosario- Victoria y el túnel sufluvial Paraná-Santa Maia. Me quedo callado (Maia era mi chica entonces, la mina más buena del mundo, después de Sofía). Se comenta que vendrá Moyano y Delía y Moreno y las hordas montoneras. Mi hermano menor, pero mayor en cinismo, dice: el tema no es tan complicado, es de blancos contra negros.
Risas.
No muchas, no es cuestión de poner mal a la flía. Chimentos, campo y café.
Para distender, Tarantelaaaaaaa:



 La ocasión lleva a que mi abuela cuente por enésima vez que, los tantos campos de un pariente suyo, fueron vilmente vendidos para pagar la campaña por Alejandro Carbó, cuando Enrique era Gobernador de Entre Ríos y Alejandro candidato a vicepresidente de no sabe quién. Lisandro De la Torre, dice mi hermano, aburrido, mi madre se para. El que dejé de ser siente algo de pena. Las supuestas glorias pasadas, las herencias perdidas, los árboles genealógicos, no le interesan. Al que dejé de ser. Y al que soy. El que fui mira a los empleados estatales, derrotados, ahí sentados, gerontes: docentes y milicos. Que odian a los nuevos ricos, exaltan a los que heredan, todo así. El que no soy se hace un poco peronista, este mediodía. Piensa en quienes creen en la gloria pasada, piensa en el tío de su abuela, cuando fue a llevarle a Perón la renuncia (estaba en el GOU) porque no toleraba que se “junte” con esa actriz, o sea, esa puta, para los cánones de la época, esa puta, dicho con mayúsculas, viva el cáncer, puta. Piensa en el tío abuelo que fue gobernador de Neuquén con Onganía y que cuando asumió Perón pidió la baja del ejército. En el padrino, que fue interventor en la UNER y que mañana le van a pintar como todos los años el frente de la casa. Gente con descendencia. Gente así, buena gente, solidaria, pero necia, abrigada en un pasado que no fue, con mucho miedo, ay, la oligarquía, sus parientes pobres. Nada peor que los parientes pobres de ese temperamento criminal que es la oligarquía.
 El que, de todos modos no soy, es contradictorio: siente afecto por esa gente, variados, complejos. Pero no se siente parte de eso. Entiende, sin embargo, que hay odios ancestrales, representaciones simbólicas, un relato de glorias pasadas y una gente muy venida a menos que siente que el mundo giró para mal. En algún momento, todo se fue a la mierda. Yo creo que si los apretás por precisar ese momento te dicen: con la revolución francesa, de hace tres siglos. Pobre gente, pienso, y miro la cara de mi hermanita, aburrida de escuchar las mismas charlas, la de mi hermano menor, sonriendo, la de mi sobrinita que empezó primer grado, jugando con la comida. Su papá le cuenta que su tío, el que no soy, es periodista. Y bueno. Ay, pobre, me toma en serio. Ya crecerá. Las gafas de mi madrina, la detesto. El perro que me olfatea los zapatos, mi tío que anda indignado contra los montoneros, mi tía, tan tonta, que tiene la primicia: Cristina es judía. La cara en silencio del que, de todos modos, soy otro.
Creo que en este conflicto cultural, vamos a perder. Con la oligarquía.
Voy a estar del lado de los perdedores.
Con mucho orgullo.

Así es la vida, pelotudos. (Se ve que cambié la palabra "corazones" por "pelotudos", suena más lindo, no sé, da igual)

Para una edición especial de una revista por el aniversario de La Noche de los Lápices (no vamos a andar diciendo el nombre de la revista, yo no soy víctima en el periodismo, el casting ya está lleno -en el rubro "víctimas"-) me pidieron una nota sobre la quema de libros en la Universidad Nacional de Entre Ríos, durante la dictadura, en el patio, por parte de su interventor, Carlos Uzín. Mandé este texto y se sorprendieron tanto que, con amor, me avisaron que no lo publicarían. Los entiendo. 

Al lado de la biblioteca popular, en calle Buenos Aires, hay un edificio. Al lado de ese edificio, una puerta, con un pasillo largo y abierto, con plantas a los costados. Al final del pasillo, en el corazón de la manzana, hay dos casas, pegadas. En una vive Carlos Uzín, en la otra, vivió la hermana. Si sos de Paraná sabés que Uzín fue interventor de la Universidad del Litoral, en Santa Fe, y de la Universidad Nacional de Entre Ríos, durante la dictadura de Onganía -la de La Noche de los bastones largos- y la de Videla. Todos los años, a media cuadra de la plaza donde desemboca la marcha que conmemora la dictadura, hay ahí un escrache. También hay un escrache los 16 de setiembre de cada año, día de La Noche de los lápices.
Ayer, Marcelo vino a Paraná. Estábamos en un bar, sobre la peatonal.
 -¿Ese no es Uzín?- me señaló a un pelado y una espalda.
 -Sí -le digo.
 -¿No te saluda?
 -Sí, no me habrá visto.
Ahora pienso, también, que me pudo haber visto, pero con un tipo de remera roja comprada en Venezuela -como la que tiene Marcelo- y que anda en cosas raras no es como para sentarse a tomar un café.
Nunca pude preguntarle a Leonor qué opinaba de eso, del escrache en la puerta de su casa. Quién sabe. Hay historias, de Leonor, la hermana de Uzín, historias familiares que la cruzan con creencias paganas lejanas al Opus Dei del hermano, hablan de gualichos, de viajes a Corrientes. Cuando yo era chico, Leonor, me daba los libros de Asimov que ella había leído. Esos libros, como las novelas policiales que todavía están por mi casa, bah, hace muchos años que le sigo diciendo "mi casa" al lugar donde vive mi abuela y mi vieja, tienen muchos párrafos subrayados con birome roja.
Nunca, sin embargo, llegué a entender porqué los subrayaba. Me acuerdo que fumaba mucho. Y que leía mucho. Y que era gorda, inmensa, vieja, fea. De más grande escuché muchas historias de ella en círculos literarios. De payasadas que hicieron con poetas de vanguardia. De inmensas borracheras, de locas viejas y conocidas, de amigas "montoneras" o cercanas. (Acabo de ver, al buscar el enlace de la escritora Marta Zamarripa, que yo también figuro entre los escritores entrerrianos, ja) Cosas raras. La hermana del Opus Dei. La hermana de quien, se dice, quemó delante de los alumnos buena parte de la biblioteca de la facultad de ciencias de la educación. Una pira purificadora, durante la dictadura. Quemó la biblioteca. El, una vez le pregunté, dice que eso no fue así. Eso me contó Carlos Uzín, mi padrino, durante una navidad. Que los libros que faltaban se los habían robado, que los robó una empleada. Historias viejas, de libros viejos, subrayados sin razón, leídos muchas veces, con lecturas distintas. Es raro. Nunca llegué a saber qué opinaba Leonor cada vez que llegaba un grupo de estudiantes con trapos rojos y le pintaban todo el frente de la casa.
Antes de morirse se lo quise contar, no lo hice, no valía la pena, y yo tenía 15 años, quizás no haya sabido que entre esos estudiantes que escrachaban su casa, estaba yo.
Pero siempre sospeché que lo sabía.
Porque me trataba con mucho cariño.

Hay un niño en la calle.





Armando Tejada Gómez

COPLAS DEL PRISIONERO
Estamos prisioneros,
prisionero:
yo de estos torpes barrotes,
tú del miedo.

¿Adónde vas que no vienes
conmigo, a empujar la puerta?
No hay campanario que suene
como el río de allá afuera.

Como el que se prende fuego
andan los presos del miedo:
de nada vale que corran...
¡El incendio va con ellos!

No hay quien le alquile la suerte
al dueño de los candados:
murió con un ojo abierto
y nadie pudo cerrarlo!

No sé, no recuerdo bien
qué quería el carcelero...
¡...creo que una copla mía
para aguantarse el silencio!

Es cierto: muchos callaron
cuando yo fui detenido;
¡vaya con la diferencia:
yo preso, ellos sometidos!

Le regalé una paloma
al hijo del carcelero.
Cuentan que la dejó ir
tan sólo por verle el vuelo...

¡Qué hermoso va a ser el mundo
del hijo del carcelero!


Hoy estaba almorzando, en Paraná. Frente al río. En la costanera. Un lindo día, de primavera. Un anticipo estival. Una boludez, de esas que se me ocurren, junto a la urgencia de escribirlas. Con las patas apoyadas en la mesa. El mozo, total, es amigo mío. Y almuerzo a las 5 de la tarde. Me levanto a las 3. Leo los diarios. Y escribo, cuando empieza la noche. Con una botella de agua en el escritorio. Escribo horas enteras. De eso vivo. Paro un rato. Miento en twitter. Escribo algo, en el recreo, en este blog, de madrugada. Hoy estaba almorzando. Queda feo almorzar con las piernas subidas a la mesa. Pero tengo experiencia. Lo que me falta de estilo lo tengo de experiencia. Y se me ocurrió eso. Esta idea que te contaba. Bah, no, todavía no te la conté. Tampoco es la gran idea. Pero yendo al punto: vivir como esperando algo es una boludez, una cosa de la adolescencia, un fastidio, una pelea, vulgar, contra la ansiedad. Y mucha gente vive así. Como esperando abril. Como esperando el premio, la consagración, un día de gloria, el amor que vuelve, el amor que viene, la paga de fin de mes, el aguinaldo de la vida. Y yo no tengo esa virtud. A mí, francamente, me chupa un huevo. No es una gran idea, ya sé, pero te la quería contar igual, pelotudo.

Yo almorcé pescado, a la parrilla, con papas glacé (creo que se escribe así) y me comí todo el pan de la panera. Un dorado. Pescado de río. Mientras leía unos apuntes. Cosas que imprimí. Las escribí anoche. Me parecían geniales. Pasa que había cambiado el agua por cerveza. Eran puras porquerías. Muy dolorosas. Hay horas donde todo me duele. Hay horas tristes. Quietas, de la noche. Como esperando abril. Desesperado. Mirando la luna, entre otras cursilerías. El río Paraná, tiene esos encantos, del camalotal, del sonido bello de la palabra quietud, de la imbecilidad de los escritores olvidados, meados encima, renegados, patéticos, los escritores que me formaron, antes de que el mejor folklore de la patria, el de la República de Palermo, nos cante loas, ensimismadas, nostálgicas, inexistentes, las coplas de la patria, el patrioterismo, la barrabrava de la cultura, esa chicana, confiada, en la argentinidad, cantada desde lejos, desde el puerto, pero puerto madero. El puerto de Paraná es triste. Porque es un puerto de verdad. Con barcos y humedad, con obreros paraguayos, pescadores pobres, un río marrón extenso, sojeros forrados en guita, islotes como manchas del horizonte, manchas de nacimiento, prefectos, putas, holgazanes, narigones, yo creo que en todos los puertos de verdad el de prefectura es un narigón que va de marica aunque tiene siempre la espalda remilgada, poca sofisticación, como los marineros: manos curtidas, boina sucia, músculos, putosidad al palo, no jodamos. Y me río solo. De la pavada que escribo. La palabra putosidad, que no existe.
Todo es tan torpe.
Uno se hace alcahuete del propio ego.
Y allá afuera hay un puñado más grande que el puñado de amigos, que buscan que uno tropiece, que caiga, con la fuerza del fracaso, por las barrancas del parque Urquiza. Ahora que estoy tratando -me insiste un amigo, urquizista- en tratar de entender a Urquiza, ese traidor. Hijo de puta. La soberbia de estos dedos. Un dorado, a la parrilla, no es tan bueno como un sábalo entre amigos. Relleno de cebolla de verdeo. Gran invento de la química, ése. La cebolla de verdeo. Y morrones. Diarios viejos sobre un tablón. Un tenedor. Todos pican. Alguien canta canciones de Palermo. Por ejemplo, una zamba de Luis Profili, mendocino, como Armando Tejada Gómez. Cafrune le dio sentido a esa zamba. Las zambas de Palermo, de la República de Palermo, suenan mejor en el campo. Ese género literario -el campo- tan lindo y tan caro a la imbecilidad nacional. Yo con las patas sobre la mesa. Escribiendo tonterías. Pensando cosas. Provocando abuelitas. Las espinas del sábalo. Esta madrugada, silenciosa, inmóvil.

Fumando un habano, mirando el río, me acomodo la boina, bajo los pies y los dejo en una silla. Las cosas salieron bien. Pasa, de verdad, y muy lento, un camalote. En serio. Pasa por ahí, al lado de una canoa. Los puertos de verdad son puertos tristes. Llenos de ausencia. De gente que no espera nada. Barcos, húmedos, gigantes, que parten cargados de alfalfa hasta China. Llegan a un puerto, chino, mugriento, con trabajadores mal pagos, prostitutas industriales, del BIRC, millonarios en sus oficinas del Partido Comunista, qué mundo nos espera, dios mío, a los gurisitos, costeros, que juegan en la hamaca amarga que puso la municipalidad. Para pibitos que no tienen play station. Que no saben nada de historia, que no saben quién fue, en tiempos inmemoriales, Mario Bross. Guardián de la infancia, Mario. Y éramos tan chiquitos, jugando en la hamaca, creyéndole a nuestros padres, mirando los adultos, como si siempre tuvieran razón. Ahora, que yo soy adulto -así, todo boludo, lleno de dudas, de cositas, de miedos, de cinismo- quiero testificar, señor juez, los niños deben saberlo, su señoría, hay que decir la verdad: nosotros, este mundo extraño y autocomplaciente que es la adultez, nosotros no sabemos nada, nosotros nos desquitamos, nos mentimos, nos engañamos, nosotros estamos jodiendo a los chicos, no les estamos contando la verdad, no nos animamos a decir, simplemente, pibe, no sé. Yo, no sé. Disculpame, pibe, pero no sé.
-¿Cuánto te debo?
-¿Te sumo lo de la semana pasada? Te olvidaste de pagar, todo bien. ¿Me lo pagás ahora?
-Sí. No, pará, no traje plata. Vengo otro día.
-Muy bien. ¿Andás bien, Lucas, de la pierna?
-Ando muy bien. Se está haciendo de noche. Zamba del carbonero....ésa era.
-¿Cómo, Lucas, perdón?
-Que la Zamba del carbonero, ésa era la canción con la que tenía que poner RE en la guitarra. Me gustaba poner RE porque son los tres dedos juntos, y yo tenía los dedos chiquitos...
-La canta Horacio Guaraní, muy buena.
-Pero le pone bombos. Igual, cuando dice "quemando la leña...junto con su corazón", me gusta.
-¿Qué tal estaba el pescado?
-Bien, muy rico. Me voy. Ah, sabés qué, odio el pescado.
-Ah...¿sí?
-Sí. Buenas noches.


"Hay un niño en la calle"

Luego del derrocamiento de Perón en 1955, Tejada Gomez pegaría un giro tanto en su arte como en su posición política. Él contó varias veces que el elemento detonante para el cambio en su manera de escribir fue un comentario crítico de su hermano, obrero de la construcción, que le mencionó que sus compañeros de trabajo decían que "escribía cosas que nadie entendía".2 El comentario influyó notablemente en Tejada Gómez, quien decidió entonces orientar su poesía hacia los problemas sociales y los temas populares. Uno de los primeros poemas de esta nueva etapa fue su conocido poema "Hay un niño en la calle":2
A esta hora exactamente hay un niño en la calle.

(...)
y saber que a esta hora mi madre está esperando,
quiero decir, la madre del niño innumerable
que sale y nos pregunta con su rostro de madre:
qué han hecho de la vida,
dónde pondré la sangre,
qué haré con mi semilla si hay un niño en la calle.

gracias, Leuco.





 A un año de ésto. No puedo parar de reírme...está mal que yo lo cuente -porque soy un perdedor, pero, bueno, ay, qué bien que me ha ido con las chicas, gracias, Leuco!
Por lo demás, obviamente, este payaso de Leuco no hizo ninguna denuncia, porque, simplemente, es un mentiroso. Y bastante imbécil, pero, hay que reconocerlo, que me hizo, me hizo un favor....Oh, qué bien...Ya estoy para entregarme en el altar, con las manos esposadas, diciendo que ya fue, ya está, ya no quiero más: gracias, Leuco, pero ya está.
Me acuerdo que a los pocos días de la amenaza de Leuco hacia mí, había una chica -no Agustina, que es mi amiga, otra- en un pub de la República de Palermo, cerca de una vía. La misma chica que un par de meses atrás, no me daba ni la hora. Al contrario: cuando me la había encarado, se me cagó de risa. En la cara. Y estaba, esa noche, en un pub, y me vio, y se reía. Una chica, muy linda, preciosa, un encanto, pero tan hija de puta que no me daba bola. Vino, riéndose, se me sentó al lado. No paraba de reírse, la hija de puta. Solamente paró de reírse cuando me estampó un beso. Pero yo soy vengativo, muy. Rencoroso. Tanguero. Y cuando estaba entrando al hotel, de la esquina, iluminado por un foco tímido, yo tosiendo un poco, cuando estaba entrando, con ella, sí, pero también, ahí mi venganza, con la amiga de ella, cuando estaba entrando, subiendo en el ascensor -queda mal que yo lo cuente- dije, riéndome, asmático, dije, gracias, gracias Leuco. Y cerré la puerta, del hotel, mientras una de ellas, se sacaba el corpiño, y la otra, la otra la ayudaba, a sacarse el corpiño. Si supieras todo lo que te debo. Gracias.
Sepan disculpar, no puedo parar de reírme. Graciaaaaas!
(Perdón, mañana vuelvo a ser el mismo perdedor de siempre. Ahora me atraganto la empanada, acordándome, escupo lo que comí, qué risa, carajo. Perdón. Buenas noches)

Nada.




12 hombres en pugna. Gran película, señora. Abajo, a la derecha, donde hay cuatro flechitas en un cuadrado, si apreta ahí, se va a pantalla completa. Está entera, con subtítulos. Buenas noches. 

martes, septiembre 13, 2011

así es la vida, pelotudos.


gvirtz-carrasco2

Siempre buscando el amor y las buenas relaciones, cuenta mi amigo, perdón, ex amigo (cuando no ganaban por el 60% me llamaba por teléfono) Aldo Jarma: 

Por esas cosas del google me doy con una interesante crónica de la charla que dieron Diego Gvirtz y Lucas Carrasco en Tucumán hace unos meses, relatada por Emanuel Gall. Allí quedaron asentadas algunas reflexiones de gran actualidad:

Lucas Carrasco:

"Todas las gestas históricas nacen de profundas sensaciones de impotencia y derrota. Comparó la escena nacional y el clima que se vivió durante el conflicto entre el gobierno nacional y las entidades patronales del campo cuando la resolución 125, con aquel que se viviera el 17 de octubre del  45 cuando corría peligro la Revolución de los Coroneles. De un real y latente riesgo por perder lo avanzado, emergen las posibilidades de profundizar los procesos.
Los grandes acontecimientos fundacionales, volvió a aclarar Carrasco, nacen a partir de que se intuye una derrota. A partir de una gesta donde se modifica la distribución actoral de un escenario, irrumpe como nuevo acontecimiento un proceso donde se modifican las relaciones de fuerza previamente existentes. Desde la revolución de los orilleros en 1911 hasta lo que está pasando ahora. Siempre fue así", aseveró el panelista.

"Si la década de los 90´ se caracterizó por la confianza incuestionada en la palabra mediática, en sus figuras más reconocidas, y sobre todo la idea general de que los medios eran espacios neutrales que sólo cumplían un mandato ciudadano, el de informar, la primera década de siglo XX, por el contrario trata de un momento de la historia donde ese contrato básico se rompe. La población ya aborda los medios con indubitada desconfianza y con algunas herramientas básicas para deconstruir los discursos que se construyen desde ese reducido espacio comunicacional"



Diego Gvirtz:

"Durante la 125 estaba Canal 13 como parte del conflicto, Telefé, era opositor al gobierno pero neutro frente al conflicto particular, canal 9 con su énfasis en el negocio de vender inseguridad y miedo, América puramente opositor. Y a canal 7 no lo veía nadie. ¿Cómo se puede pelear sentido y pelear opinión pública sin tener medios y sin tener acceso a las tecnologías? En aquel momento la opinión pública era lo que pautaba Clarín. No había chance, y en aquel contexto es que comienza a tener sentido una propuesta como 678
"... la verdad es que hoy los medios tienen que salir en tándem a inventar noticias y ponerlas en cadena, por más que no existan y sin embargo esas operaciones forman parte del paisaje,  no generan nada en el sentido de lo que buscan y hasta a veces es contraproducente porque queda al descubierto justamente lo que quieren tapar. Todo lo que no dicen cuando dicen cosas. De qué no quieren hablar"

lunes, septiembre 12, 2011

Yo fui amigo de Toniolli

El ex señor Toniolli, junto a su hijo, que es una versión mejorada, más allá de que siempre me tome el pelo.

Toniolli, Eduardo, contemporáneo, ex amigo, duro con los arqueros: 


Cuando alguien caracteriza a algún jugador de fútbol como "distinto", suele referirse a sus dotes particulares, sus condiciones innatas. El arquero, en cambio, mas allá de sus características personales, es siempre - por definición - un jugador distinto: es el único al que le está permitido obviar una de las prohibiciones básicas del centenario deporte, la de tocar la pelota con las manos. Es, además, un tipo que - en un juego en el que los protagonismos se construyen en una urdidumbre colectiva y trabajada - suele jugarse su destino sólo, y definir de que madera está hecho en el mano a mano, una situación de clara resolución individual.
Pero lo que define cabalmente al arquero es su función central, que no consiste en un hacer, si no en un "no dejar hacer". El arquero es una maquina de impedir. El reglamento, sus compañeros, los hinchas de su equipo, le encomiendan la tarea de evitar que se produzca el acontecimiento cumbre que moviliza a 20 tipos atrás de una pelota: el gol. El arquero es, en suma, un aguafiestas. Y no hay cuento de Galeano o relato de Apo que le otorgue rango poético a su labor. Recaerá sobre él la eterna acusación de individualista o la duda sobre sus condiciones síquicas. No casualmente se le suele asignar en la camiseta el número 1 (el uno) o, en su defecto, el 22 (el loco).
Bueno, no sé hijo...cumplo en transmitirte lo que la experiencia le dictó a este humilde servidor, que de niño y adolescente fue un defensor limitado pero aguerrido, y de más grande eligió pasar desapercibido en el frente de ataque, esperando que terminara la hora de la canchita de fútbol 5 para pasar a la mesa y dedicarse al costillar. Pero nunca, escuchame bien, nunca fui tan kamikaze como para ponerme un guante en cada mano y esperar a que me cagaran a pelotazos en la raya del arco. Que se yo, manejate...si a vos te gusta.


Evasión.