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El suertismo es el "momento" -en sentido antropológico- en que dos premisas se articulan. Opera, el suertismo, como puente. Para explicar lo inexplicable. Para no ahondar.
El suertismo más famoso se da en la economía. Esa ciencia exacta de las equivocaciones. La economía es la más pretenciosa de las ramas de la antropología. Hasta el punto que, esos seres bestialmente ególatras que son los antropólogos, no reconocen a la economía como una subsede de su saber. Dice, el suertismo en la economía, que existe el "viento de cola". Remite a la "suerte" de que los productos primarios que la argentina diversficamente exporta, tienen, hoy, buena cotización. Ese suertismo es viejo, viejísimo. Se aplicó -aunque no se recuerda mucho- a la chusma de Yrigoyen. Y, ya más recordado pues así se estudia en las academias, al primer peronismo. Es, nuestro actual suertismo, un puente de plata reciclado del viejo peronismo. ¿Conviene rebatir este suertismo? Sí, para la disputa de la historia, ahora es un negoción político, distrae más a los comentaristas de la realidad -o legisladores de la oposición, que es lo mismo- que debilitar a los suertados. No es real, por supuesto. No se trata de la suerte. Sino de la habilidad para lidiar con la realidad y transformarla. Pero como de lo que se trata, en el campo académico, es de bajarle el precio al kirchnerismo, el suertismo funciona, es eficaz, como modalidad explicativa para quien da por descontada su propia impotencia política en el análisis.
Hay otro suertismo. Novedoso. Más sofisticado. Y remite, este suertismo, a la comunicación.
Es el suertismo epistemológico.
Dice que "los Kirchner tuvieron la suerte de ser contemporáneos a internet"
Suertismo, discutible. En argentina hay una política de estado -la maquiladora la pone Cirigliano, qué suerte- de repartir computadoras personales a los alumnos. No hay más sobre internet. Fin del asunto. Hay, sí, este tema -que ya no sé si es ideológico o cuestión de tiempos- de tener concesiones donde los que conceden, en vez de recibir dinero, lo ponen. Como en el caso de los trenes. Y de los servicios de internet para uso público. Es raro.
Hay un temita, completamente irrelevante, que es la inclusión social, el crecimiento económico, la posibilidad financiera de las cuotas, el lanzamiento de las antenas de TV digital, las paritarias, en fin, cosas irrelevantes, pura suerte, que hacen que los empresarios del rubro se ufanen -aún con un perfecto servicio de mierda- de la alta penetración de internet, con parámetros sudamericanos, que existe en Argentina. Y en la pampa húmeda. Hay un tercio de las retenciones a la soja que de puro suertismo sostienen el 80% de los municipios de este país. Si estuvieran quebrados, como en el 2001, señora, las empresas de internet hubieran, por lo menos, demorado su llegada.
Pura suerteñ
Una premisa de sociología dura: las nuevas tecnologías de datos -internet, por ejemplo- llegan, en el capitalismo acelerado, primero a los de arriba de la escala social- son, principalmente, por que el saber es poder, patrimonio de las clases sociales privilegiadas. Y sin embargo....
Por pura suerte existieron políticas culturales como la resolución 125 que convocaron el entusiasmo -derrotado, ok, pero miren cómo siguió, al fin de cuentas, el proceso- de corrientes nacional populares, de izquierda, democráticas, liberales radicales y etc.
El suertismo de la revolucioncita semiótica no puede obviar el dinero que se gasta en publicaciones gráficas de, ejem, alcance reducido. Para construir una burguesía nacional, ja.
La comunicación, en sus múltiples formas, se dirime en internet. Es ése el campo de batalla. Es ése el terreno donde quedarán radicadas, siempre dinámicamente, las relaciones de fuerza.
Se trata de tener la habilidad para lidiar con la realidad y trasformarla. Una boludez. Cualquiera lo puede hacer. Es pura suerte. Nada más que suerte. Sí, señora.
¿Por qué Luis Barrionuevo, Gerald, mancharía su imagen de corrupto, patotero y mafioso al lado de violadores de niños, que sin dudas, tienen peor imagen?
¿Le habrán puesto guita los violadores para lavar su imagen?
La economía argentina resiste y, para el análisis político, además, crece. Los eventos de corrupción, sin dudas que afectan y las impericias para crearse problemas, también. Pero la clave del escenario es siempre la economía.
No es que, con variables económicas bien manejadas cualquier cosa vale. El debilitamiento conceptual de algunos de los ejes del discurso kirchnerismo, aún, no hace mella en las variables económicas y, por tanto, aíslan a los disgustados. Como los principales sindicalistas, los principales banqueros y la patria contratista. Ninguno va a decirlo a viva voz, pero losa salarios crecen, los negocios marchan y el estado bobo garpa, pero estos sindicalistas, banqueros y contratistas ya no tienen la misma seguridad (por suerte) que hace un año. La economía, a grandes rasgos, sigue teniendo una orientación progresista y apuntalando una cierta justicia social: la eliminación de subsidios a las clases acomodadas, el traspaso del subte, la quita de regalos fiscales para petroleras, sigue creciendo el consumo popular y las instituciones sociales que financian la universalización de jubilaciones y asignaciones familiares lucen robustas. La política exterior en conjunto (a pesar, por ejemplo, de la desagradable desginación de Celso Jaque Mate como embajador contra Ecuador y Venezuela, en Colombia) sigue siendo eficaz y acertada para la economía interna. La profundización del modelo de sustitución de importaciones está dando resultados en la balanza comercial y el empleo. La política de terminar con la ilegalidad patronal en la contratación perdió impulso, es cierto. Y una pena. Una de las mejores políticas de este gobierno. El dólar, bajo emisión yanqui, nos queda bien y el precio de la soja sube mientras avanza la política minera y petrolera de sociedad mixta. Los controles de cambio y la estrategia eliminación de la ley de convertibilidad -la única buena ley que votó este congreso donde se iban a comer los chicos crudos- es, en conjunto, un buen panorama.
Políticamente y como enseña la historia, la de Perón y la de Yrigoyen, hay cierta degradación. En vez de Righi, Natalio Ruiz Reposo, el hombrecito del sombrero gris, y en vez de Schiavi, el hombre del PRO que no está preso por -como diría Boudo- "la bajísima calidad institucional de la justicia" sigue Cirigliano, ahora con otro hombrecito de sombrero gris y todo indica que en la CGT el gobierno tratará de imponer a cualquiera que tenga menos relevancia política que Moyano.
Las elecciones del año que viene -que de resultar contundentes abrirían a Cristina la posibilidad de reformar la constitución y aspirar a su continuidad, o que sino, con un triunfo y esta posibilidad, se garantice no ser "un pato rengo"- pintan bien para el oficialismo, quizás con problemas en en el puerto, territorio donde el vicepresidente medía bien y hoy, más allá de bolazos de consultores, está pulverizado. Hoy, hay que ver el devenir, ya han dado demasiados certificados de defunción al kirchnerismo como para aceptar éste otro.
La oposición sigue su autocrítica a puertas cerradas, hay una leve recuperación de Clarín, falta que la corte suprema de pollo (ahora vamos a tratarlos con más cariño a Zaffaroni y Argibay, están a kilómetros de los hombrecitos grises) resuelva hasta cuando va a proteger al delincuente de Magnetto.
El Frente Anti Peronista -FAP- tiende a divirse porque ahí adentro los históricos sectarios del socialismo son los más amplios. La UCR se desvanece. El PRO retoma el control territorial de capital, algo debilitado hace unos meses, pero a costa de renunciar a construir una alternativa nacional. El peronismo federal se amontona para pedir disculpas antes de autoextinguirse, las alianzas provinciales están aceitadas (Bonfatti, Ríos, Colombi, Sapag, Zamora, en ese orden) y las cámaras legislativas no rompen las pelotas. La cosa, mis amores, marcha.
El presidente del partido justicialista, Daniel Scioli, maneja bien el distrito bonaerense, no está todo roto (todavía). Maneja bien quiere decir que hace todo lo esperable de cuando se lo votó. A mí me parece un espanto, pero bueno, lo hubiera votado también, supongo.
La clave de la gobernabilidad está en las elecciones del año que viene y en provincia de Buenos Aires, es decir, en Scioli. Si sigue avanzando el suicidio, es probable que lo obliguen a Scioli a defenderse y que se resienta el liderazgo que Cristina ejerce en el peronismo nacional. Que afuera no haya nada incentiva estas peleas, claro.
Y en la constelación cultural -clave para la recuperación del kirchnerismo tras la derrota de 2009- hay signos de fatigas, de desánimos, pero, nuevamente, no hay nada afuera. 9 años de gobierno, las cosas, están razonablemente bien. Siempre se podría mejorar, corregir, volver a enamorar. Pero son 9 años y es el transcurrir de una experiencia histórica inédita: ninguna fuerza política logró terminar 3 mandatos constitucionales en democracia, ni el radicalismo con Yrigoyen, Alvear y la segunda presidencia interrumpida de Yrigoyen, ni Perón logró terminar su segundo mandato por el cruento golpe de estado del 55 y Menem terminó dos mandatos. Antes las presidencias eran de 6 años en vez de 4 y el sistema de transporte de datos más rápido era el telégrafo o el restringido teléfono.
Estos son los lineamientos duros de la situación política, económica y cultural.
Se podrán, coyunturalmente, debilitar o reforzar algunos aspectos, claro.
Buen martes para todos.
Para ir a la casa rosada hay que atravesar las rejas del miedo que, para los funcionarios de turno, les gana lugares de la plaza, ahora partida en dos. Una pena. Supo ser, la plaza de plazo, una plaza pública. Ahora, como si fuera Macri, la plaza está enrejada. Para ir a la casa rosada hay después un policía en las rejas, al que, a veces -he ido pocas veces, es un lugar muy triste, muy feo, la casa rosada-le he gruñido y abre la reja y me deja pasar pero ayer, por romper las pelotas, y para hacerlo sentir útil, paré frente a la reja, miré un papelito, busqué la dirección y le pregunté si ahí era la casa rosada. Contento, el policía -los policías que están ahí, como en todas las dependencias oficiales para aliviarles el miedo a esos seres grises que son los ministros y los parientes de los ministros- son parientes de un alto oficial, y están ahí casi de franco. Contento, el policía, de verse útil, largó la reja que sostenía, la segunda reja, la que rodea toda la casa rosada, largó la reja (temí que se caiga, la reja) y me miró, malo:
-¿adónde va usted?
-A ver a la presidenta.
El policía, al fin y al cabo un policía y encima pariente de algún comisario, acto seguido, me miró, invariablemente, la vestimenta. Mi barba lo confundía: no sabía si era un lumpenperiodista o un lumpenburguesariado de esos que -como el síndico Reposo- aman el golf.
Aflojé y le dije que iba a ser a un funcionario de mucho menor rango, para tranquilizarlo. Era mentira que iba a ver a ese funcionario, pero pasé el primer policía.
Hay un scaner que detecta, no sé, armas supongo, ya en la entrada principal, adonde pasé, también por joder, de largo y sonó la chicharra. Saqué el celular del bolsillo y puse cara de enojado y miré al segundo policía, que tomaba mate con un tercer policía, lo miré como si su pusilanimidad no me llegara ni a los talones. No dijeron nada. Hice una cola. Donde había tres soñoras gordas y derrotadas charlando detrás de un mostrador. Hice la cola por que, de vez en cuando, una de las tres atendía. Uno dejó unos diarios de Mendoza, otro regalos empresariales para el mundo, un yuppie pidió hablar con alguien que no conozco, buen día señora gorda voy a ver a.
LLamó por teléfono. A esta altura, el estado bobo ya había gastado -inutilmente- los honorarios de tres señoras gordas y tres policías al solo efecto de que yo vaya ahí, me hizo sentir bien.
La señora gorda habló con alguien, miró mi documento, le dijo mi nombre, anotó algo en un papel, di la vuelta, al otro lado del mostrador y entregué el papel y el DNI a una segunda camada de tres señoras gordas. Para que se entienda: la primer tanda de señoras gordas llama por teléfono a la secretaria de quien vas a ver, que manda -es obligatorio- un cadete, o sea, alguien que está ahí para eso, a recogerte en la puerta. La segunda camada de señoras gordas te saca una foto y te da una clave y un coso cuadrado con una cinta que te lo tenés que colgar del cuello. Es gente que mira muchas películas, claro. Mi foto ya estaba, me dieron el número, me alegré de ir sumando, ya, nueve empleados estales, nueve familias contentas, el sumus del estado bobo. Me acerqué a la señorita que me buscaba bajo el tecnológico método de gritar LUCAS CARRASCOOOOOOOOOOOO, la miré, a esa altura, yo era el único visitante. Puse el dedo, la clave, lo hice tres veces, por supuesto que no funcionó. Suerte que hay un décimo empleado, parado al lado de la valla supersónica, que abre, con su clave, dado que le puse cara de malo.
Y subí, con la chica (11 empleados), a que me firme el papel, dado que para salir es el mismo y estúpido procedimiento. Es, mis amores, el crecimiento del estado, algo que festejar.