domingo, abril 29, 2012

Martín Caparrós en la Exposición Rural con libros



Dejando de lado cierto elitismo -muy propio de la JP de los setenta- hay apreciaciones interesantes, dichas al lado de la Senadora Nacional del Uruguay, la esposa del presidente. ¿Porqué desde argentina se puede ser oficialista del Uruguay o de Cuba o Venezuela o Brasil (no creo que sea el caso de Caparrós) y crítico, de las mismas cosas en Argentina? ALTO. La pregunta no es una chicana. La cuestión es la tensión, clásica, entre la política y la intelectualidad. Pedir coherencia programática es pedir la anulación de esa tensión. Y, en mi nunca modesto entender, el kirchnerismo es excesivamente programático, por eso le tiran con todo a Caparrós y, por eso, Caparrós está tan enojado.
Pero bueno, ése es asunto de señoritas sensibles y poco curtidas -como nuestra delicada flor de primavera Martín Caparrós u otro exponente dle tulipán holandes como Julio De Vido- una actitud más predispuesta habilita hurgar qué hace tanto ruido. Y tratar de cambiarlo. Por el bien de las cosas importante.
 

viernes, abril 27, 2012

Este es el nivel de debate político en España: la crisis, recién empieza.


El Ruso Verea

Perfil, el diario que publica cualquier cosa, tiene esta genial y bien hecha entrevista a Norberto Verea, el Ruso. 

Volver

 Argentina volvió al mundo, no es, en sí misma, una buena noticia. Es una constatación. La expropiación de YPF, la reforma del Banco Central y la estatización de las jubilaciones, además de las retenciones a las exportaciones y el retorno de las paritarias, constituyen, en un combo que regula el ingreso de capitales y mercancías, un golpe definitivo -hoy- a la argentina financiera, a la argentina globalizada por derecha.
La buena noticia es que la orientación, de esta vuelta al mundo, es de izquierda. De lo que queda la de izquierda, de su marco de posibilidades reales, pero corridas un poco más allá, a la izquierda. Están disponibles los instrumentos -más democráticos que hasta hace, nomás, 10 años- para crear, recrear para decirlo en términos peronistas, un país integrado socialmente, que hoy, sencillamente, no existe. No es que "falta". No, esos discursos exculpatorios tienen raigambre conservadora, no es por ahí. Se trata de que la ideología que llevamos a pasear, esquivando trapitos y gente durmiendo en la calle, entienda que eso está mal. Que ese no es el país que soñamos. Que aún no hemos podido revertir esa desgracia social, ciertamente, sí, heredada, pero que ineludiblemente tiene que estar en la agenda. Y, como acá nadie es boludo, solamente en el kirchnerismo, hoy día, se puede discutir estas cosas. Afuera, además del poco tentador desierto -cuidado ahí, el desierto es poco tentador para las inteligencias prácticas del hacer política, pero irremediablemente seductor para las cabezas estratégicas, las mentes culturales, las que crean, sin querer y saberlo, las coordenadas ideológicas que marcarán el futuro- hay derecha, pura y dura, como los radicales, o variantes de copetín, con suma elegancia, como el liberalismo oligárquico de Hermes Binner, el soviético.


 

YPF explicado a los niños

 Raúl Degrossi, con mis amigos santafesinos de Sintonía Fina, explicando YPF


Cooke por Feinman

Mejor no hablar de ciertas cosas



El Juntacadáveres es la novela principal de Onetti. Donde el peso del pesimismo cobra espesura ausente, como de otro volúmen, otras comparaciones, radicadas en el óptimo de un escritor: un mundo propio.
¿Cuánto pesa, si es que acaso (desconozco) pesa un tornado?
¿Y cuánto pesa la desgracia?

Pesa 17 entierros, 17 funerales, 17 velorios, 17 duelos, que tienen un único hilo conductor: los mató un accidente de la naturaleza: la desigualdad social.
El Juntacadáveres, naturalmente, no cree en los accidentes, no por lógica, trillada, de thriller, sino por pura matemática contable, contabiliza entonces, a los 17 entierros, 17 funerales, 17 velorios, 17 duelos; 51entierros, 51 funerales, 51 velorios, 51 duelos. Y los hace propios. Va, El Juntacadáveres, acumulando desgracias por el andén. Moviendo las caderas, bailando.
Una mujer atrás de un vidrio empañado.
Mejor no hablar de ciertas cosas.
Un tornado. Un tren.
Dice Ricardo Piglia que toda novela tiene un amor, un crimen o un viaje. Dice algo así. El problema de malcitar es que, por no recurrir a las fuentes, siempre lejanas para el lujo cotidiano de los perezosos, el problema es que podés acertarle con la idea calcada. Mejor malcitar que plagiar. Un amor. Un crimen. Un viaje.
Si dios no fuera un hijo de puta -planteémoslo como dogma, seamos tolerantes (con los dogmáticos)- quedan, rigurosamente, dos hipótesis: o bien dios gestiona pésimamente el mundo y siempre los marginados del capital pagan sus consecuencias o bien, sencillamente, lo que se conoce como "accidente" sea por factores climáticos o fallas humanas, no es, entonces, un accidente. ¿O es que acaso dios es de derecha, los tornados son de derecha, los trenes tienen ideología, los accidentes gozan de clase social? ¿Cómo es posible, que la fría lógica interna de los accidentes, conduzca a asesinar trabajadores, jubilados estatales, marginados del capital?
El culpable es la desigualdad, mayordomo de la historia. El culpable es el mayordomo.
Estos crímenes tienen culpable. El pudor -esa prensa oficialista de buen gusto- los llama "accidentes evitables", traducido: la limpieza social, matando pobres, que guía a la naturaleza. ¿Debemos, entonces, cuidar la naturaleza? Por supuesto, sobre todo si uno queda de este lado del andén, del lado en que un tornado no te mata (El Juntacadáveres estaba durmiendo, tras largas noches de joda, en su habitación de la República de Palermo, donde mueren los poetas y en días de lluvia, es tal el grado de histeria que nadie se atreve, por pudor, a decir que el agua vale más que el oro)
Saltando. Los charcos.
Los accidentes, los fenómenos naturales, las tragedias, ocurren. En las sociedades desiguales, matan a los pobres, que son muchos, entonces, hay muchos muertos. En las sociedades más cercanas al noble ideal de la igualdad, hay pocos muertos, por accidentes de la naturaleza o fallas humanas. Un tren chocó contra otro en Holanda, no hubo muertos. Un tren chocó contra el andén en Buenos Aires, estación de Once, donde conviven los trabajadores de tres generaciones sin trabajo, los trabajadores inmigrantes de tres siglos de desarraigo, los trabajadores asiáticos, los trabajadores del país hermano El Conurbano, y algún que otro rubio perdido en una excursión a los indios ranqueles: 51 muertos.
El Juntacadáveres recuerda números, no almas, que no habita: las almas muertas le resultan lejanas.





¿Qué quieres tu de mí? dice, en alguna parte de su obra literaria y musical, Nicole Newman. La rubia bonita que temía, naturalmente de manera falsa, a la soledad. Perdóname si sufres, no quise lastimarte, no era mi intención, y ahora te digo adiós. Amigovios, de Nicole Newman, retrata la violencia simbólica de la desigualdad social. Probablemente no haya sido ésa la intención de la cantante, aunque no hay datos que aseguren, tampoco, lo contrario. Aislemos el eventual compromiso intelectual con la causa socialista de Newman, la desigualdad social pide disculpas en los pasillos atiborrados de hospitales públicos, te atenderán, ciertamente para la mierda, pero de manera gratuita. En la Bolivia de Evo Morales eso no se consigue. La desigualdad social te dice: no quise lastimarte, te lo dice en cada vidriera de ofertas. Vos podés comprarlo, incluso, te dejamos entrar con esa ropa. Y si venís a comprarlo, de regalo, te dejamos pasar la baño. Oh, no tenés plata. Bueno, no era mi intención ofenderte. Y ahora te digo adiós. Que están por llegar los clientes.
El Juntacadáveres robó en un supermercado de Rosario un queso inútil, en esas excursiones estudiantiles, junto a otros amigos de entonces, perdidos ahora, cada cual en lo suyo. Pero había, en la mesa de saldos, CDs de Nicole Newman, con una sola canción, pero dos versiones. A un pesito. Cada compacto. Recuerdos imborrables de la argentina recesiva y corrosiva.
Es rigurosamente cierto que para que se te caiga el techo en un tornado o para morir en un tren accidentado, hay que tener techo -como muchos, millones de almas, volvieron a tener en los últimos años- y hay que tener a algún lugar adónde ir, por monedas, pocas. Por ejemplo ir al trabajo. En la argentina progresista del año 2000, eso no pasaba. En la argentina peronista de la década dle noventa, tampoco. Rigurosamente cierto. Pero, convengamos, tan cierto como que, a los desechos humanos que molestan pidiendo monedas en la puerta de la iglesia (¿y si dios fuera, nomás, un hijo de puta?) no se les cayó el techo por carecerlo, ni murieron camino al trabajo, por carecerlo. Lógica fría. Inapelable. Perdóname si sufres.
Una aproximación, fuera de la lógica cerrada: ¿no habrán preferido, los desechos humanos, morir bajo el tornado a cambio de algunas noches bajo el calor simple de un techo?   La desigualdad es cruel, te lleva a estos interrogantes difíciles, lacerantes para cualquier ideología, cualquier religión, cualquier tratado económico o jurídico. No así para El Juntacadáveres, que aveces, incluso, les da unas monedas. Sólo para demostrarse que dios, efectivamente, es un hijo de puta.
Vamos las palmas, El Juntacadáveres, sube el volúmen, Nicole Newman, a fondo, gritándole a los parlantes. Para espiar la vecina del balcón, que sale a fumar, abrigada entre sus tetas.

miércoles, abril 25, 2012

Cabalgando hasta una luna blanca con manchas grises que se ve desde una terraza






Un hombre alto de sobretodo para en la esquina y bajo el semáforo prende, con un fósforo, un cigarrillo. Yo, de miedo, me paro atrás. A mí me da mucho miedo que me asalten, que me peguen. Y me da miedo que sepan que me da vergüenza, no sé defenderme. No sé pelear. Me quedo y lo miro. Se acomoda el sombrero. Y pasa, más despacio, un taxi.Y hace más frío. Y baja la ventanilla y el del sobretodo se agacha y conversan, creo, algo. Que no escucho. Intercambian un misterio, de mano en mano. Seguramente sea alguna droga y no un microfilms con datos sobre ojivas nucleares.

La herida profunda de nuestra democracia es su nacimiento. Su pecado original. Se pueden establecer narrativas falsas que amplifican valientes fenómenos que, efectivamente, ocurrieron - las madres de plaza de mayo, el paro de la CGT- pero cuyo acercamiento revela más la soledad profunda de los actores involucrados que una modificación de la tesis de que, efectivamente, fue la derrota militar en Malvinas contra los ingleses lo que devolvió las instituciones parlamentarias como estrategia de consenso. Y que eso se llamó democracia. Doloroso y cierto.

Termina la transacción y el hombre del sobretodo retrocede dos pasos. Pero se queda mirándolo. No hace nada. El taxi tiene el motor en marcha, pero no arranca. El semáforo está en rojo. Se me ocurre, que en ese entero segundo, deben estar, los dos, incómodos. Algo está fallando. Porque cuando cambia el semáforo y se pone en verde, el taxi acelera, con ruido, con exageración.


Incluso, el estudio sobre las Madres de Plaza de Mayo, o el paro de la CGT, profundiza, como un cuchillo dentado, la herida. En ida y vuelta. Un bombeo anal pero con el cuchillo dentado. Inversamente proporcional al coraje de estos hechos, pausa, aislados. Las Madres de Plaza de Mayo ocupan ese lugar de prestigio justamente por la cobardía de la mayoría compacta de la sociedad. Que necesita, desde sus dirigencias, mentirse. Mentirse encima. Amanecer, como niños tras la separación de sus padres, con las sábanas mentidas. Guardadas, en vergonzoso secreto. Para sobrevivir psíquicamente. Y sus dirigidos, creerles a sus dirigencias, porque los exculpa. Porque servirán, además, como futura coartada. En cierto modo, esta hipocresía -cuya literatura magistral radica en los discursos exculpatorios y eficaces de Alfonsín, el Alfonsín del retorno de la dictadura y el Alfonsín privatizador, entreguista, derrotado, que dejó el país preparado para la algarabía menemista dónde, con aclamado acompañamiento fanático, la sociedad aplaudió el abrazo con la dictadura trasvestido de traumática reconciliación, la destrucción del estado, el asesinato y la cárcel de los militantes, la sacralización de las costumbres, la impunidad frívola de los poderosos, la eliminación del servicio militar, las utopías débiles y pacificadoras, el alejamiento de las pasiones, la eficacia del mercado que hoy, también, predomina (en los teléfonos, en los trenes, en los countrys, en la universidad no arancelada, en las botellas de agua mineral, en Puerto Madero, en los asesinatos policiales, en la joda hermosa que es el fútbol, en la estupidez cotidiana, contradictoria, quebradiza de las cosas)

El hombre, muy alto, del sobretodo, se acomoda el sombrero. Duda. Tira el cigarrillo. Lo apaga con un zapato de punta de metal. Lo que duelen esas patadas con puntas de metal. En el hígado. Y se da vuelta y se aleja, con su hígado. Y sus zapatos con punta, azul, de metal. Yo salgo de ese disimulado punto de mira estratégicamente tapado por un árbol. Camino, cauto. Lo veo doblar la esquina. me quedan 20 pasos, calculo, sin t5ocar las rayitas de las baldosas y andando de a dos baldosas por vez, hasta la esquina. El hombre dobla, se pierde en el misterio de doblar la esquina. En una metáfora gastada. En un embotellamiento de palabras. Que chocan, se rozan, se bocinan, para no tener que soportar el silencio de la espera. La futilidad de saber que no hay nada que hacer. La fragilidad del espacio quedado, inútil, espacio hecho para el transitar, espacio puro tiempo, espacio tiempo alborotado por lo social.

El retorno de la democracia tuvo como garante al radicalismo, fue un contrato de alquiler con un garante poco solvente pero maleable y predispuesto, con épica por el fracaso, vocación de derrota, poética de los vencidos; tanto como la inauguración de la democracia, en uno de los períodos históricos menos estudiados, 1916, por traumático. La guerrilla entonces, en 1912, cuando, si mal no recuerdo (los estudios, claro, soy malo para las fechas) estaba, desde los apogeos de la revolución del parque, la de 1890, estaban cristalizados en la derrota a través del triunfo sistémico. No es dialéctica marxista, es cosa de psicóticos. Es por eso, además de por fidelidad inaugural a su cobardía, que el radicalismo resigna su principal potencial revolucionario y se acota manso al voto universal de los machos. Las mujeres, no cuentan. No es mi culpa, es la historia. Cruel, la verdadera. La de los sumisos y sumisas. La que ahora, psicótica, viene en frasco chico, como todo lo bueno, para digerirlo rápido y sin complejos. ¿Es negar los progresos señalarles sus traumas, sus negaciones, sus complejos? ¿O es potenciarlos?

Y terminé, no sé porqué, capaz que para probarme, de manera oscura, algo a mí mismo, terminé doblando y siguiendo al tipo de sobretodo. Y cruzó la calle y a media cuadra se frenó y yo, instintivamente, crucé, pero venía una moto, un pibe con dos pendejas atrás, venían muy rápido y tambaleando y haciendo eses entre los adoquines y me quedé en medio de la calle y retrocedí y volví a la vereda y la moto, con un rugido y risas borrachas de las dos rubias, se alejó. Miré al hombre del sobretodo, estaba parado frente a una puerta vieja y parecía tocar el timbre. Retrocedí a la vereda. El hombre del sobretodo ni siquiera dio vuelta la cabeza. Seguía tocando el timbre, entre el viento.

El pacto para que los radicales -las mayorías propietarias de la etapa- tengan lugar fue, bue, una pequeña negociación, acorde con el fascismo de la época: quedan afuera los extranjeros, o sea, los trabajadores. La argentina inauguró su democracia con el voto de más o menos un 15% de su población: no votaban los trabajadores, las mujeres, los que a la policía no les gustaban, los que no vivían cerca del puerto, los que no estaban armados, los que tenían ganas de decidir. El fraude organizado fue cumplido. En la Argentina hay una especie de farsa donde cada tanto sobreviene la alucinación colectiva de la esperanza autoplagiada. La argentina no tuvo elecciones libres hasta, por lo menos, 1983. Pero si me obligan, mire, señor, propietario, creo que las primeras elecciones libres, democráticas y limpias fueron, en la argentina en 1995 y gracias a Menem, a esa circunstancia de la historia que puso al hombre indicado en el momento indicado. Fue el momento de blanquear que las instituciones y reglas electorales estaban organizadas para conservar la situación patrimonial emergente del terrorismo de estado. Yo no fui "de" Menem ni del Frepaso ni Radical ni de Duhalde, no tengo que explicar, ni zapatear, yo hablo de lo que creo. Con esta falta de timidez. Esta vocación por la arrogancia. Yo creo que la democracia es un regalo del mercado mundial. Yo dudo de la pasión democrática de nuestra sociedad. Yo no le adjudico méritos heroicos a nuestra sociedad. Yo soy un disidente. Yo, qué se yo.

Nadie lo atendió, nunca, al hombre del sobretodo. Me dio impresión, cuando lo dejé tirado sobre la banquina, un pedazo de algo gelatinoso cubierto de sangre rojo flúo, como a tres metros del cuerpo del hombre. Capaz que eran sesos, no sé. Corrí. Hasta que no me dieron más los pulmones. Y me apiadé. Llamé a la ambulancia. Capaz, nunca lo sabré, se salvó.
Yo me quedé hasta que amaneció mirando el punte y el río y las nubes.
Y tiré la pistola al agua.
Después me tomé un colectivo y esa mañana desayuné tostadas con manteca. Como las que me preparaba mi abuela.


martes, abril 24, 2012

De un tirón

Las naranjas, antes, se pelaban con un solo corte: toda la cáscara daba vueltas en trompo, como la forma que adquieren las uñas cuando están larguísimas -qué asco- que dan vueltas sobre sí, las cáscaras de naranja, todo un arte, se cortaban en una sola y larga cáscara que, después, se ponían a secar sobre la misma soga donde se colgaba la ropa a secar al sol. Al sol de un otoño que guardo. Adentro de mi cartera del Jardín de Infantes, donde entraba una casa rodante, un yo-yó y un montón de soldaditos y dibujos que había hecho para mi mamá.


En esa bolsa, que se colgaba de un piolín y contenía el mundo entero, cabían hasta los duendes que se escondían atrás de las latas de arroz. Y las cáscaras de naranjas se secaban al sol. Aunque el sol otoñal está hecho con cáscaras de mandarina.


Una vez guardé detrás de una hoja una vaquita de San Antonio que -me acuerdo- era roja como los chicles bazooka de fruta, pero con lunares blancos que tenían en el medio un puntito negro.

No podía guardarla en la bolsa del jardín de infantes porque no iba a tener agua para tomar. Si guardaba agua se me iba a caer. Y no me quedaba jugo. Y al otro día volví, al arenero del jardín, a buscar mi vaquita de San Antonio. Y se había ido. Pero no me puse triste. Capaz que la mamá la llamó a tomar la leche. Y mañana volvía.


Secas, quebradizas, las cáscaras de naranja servían para ponerle a la yerba y entonces, en aquel momento que no existían industrialmente las yerbas saborizadas, por la tarde, los mates tenían gusto a naranja. Por la mañana tenían que ser amargos como el frío que resecaba los labios y pegaba contra los botones descosidos del guardapolvo.
Todo lo que vino después, fue mejor.
Pero en ese entonces, no teníamos miedo.


La mamá de mi maestra de jardín de infantes pelaba las naranjas de un tirón, sin sacarse los ruleros y el delantal de cocina, y nosotros le llevábamos naranjas y hacíamos una cola esperando, educados, nuestro turno. Y yo sabía que cuando sea grande iba a aprender a atarme los cordones solo y a pelar así las naranjas. De un tirón.