viernes, julio 17, 2009

Convengamos que soy un genio


Te lo dije, te lo advertí: ese granadero trae mala suerte....


Me estaré quedando pelado, pero soy un genio. En determinado momento, jugando con el código HTLM, del cual entiendo tanto como de la rebelión de los monjes tibetanos, pensé que este blog se autodestruiría a los cinco minutos, pero, fijate, no.
Tengo una alegría enorme: sólo he perdido la mitad de la información...juaz, qué zapallo, por dios.
Ahora tengo que volver a organizar el blogroll, por ejemplo. Pero no importan, con tiempo, dedicación, sin tratar de arrancarme los pelos que me quedan, tomando una cerveza, compadiéndome, suspirando como una colegiala enamorada, bueno, también podría decirme, vamos, tú puedes, y esas cosas.
La puta madre que los parió.
Todo, porque estaba aburrido, no tenía ganas de trabajar y bue, me puse a inventar algo que, evidentemente, no funcionó como debiera.
Al final, en estos momentos cruciales de la vida, es cuendo uno duda, dolorosamente, de la existencia de dios. He dicho.

Por amor a Honduras

(Clik en la imagen para agrandar)

La argentina después del voto de Cobos


Aunque los dirigentes del campo popular de la Mesa de Enlace brindaron con chapaña el voto "no positivo" de un timorato, titubeante, dubitativo Cobos que, al otro día nomás, ya recompuesto sonreía muy chocho ante la cámara que lo requiriese; evidentemente, o bien por el despliegue informativo corporativo posterior, o bien porque el voto "no positivo" fue un error, según los dirigentes patronales "el campo empeoró" y según cierto sentido común hegemónico, ése fue el comienzo de la crisis financiera mundial, ni más ni menos. Pero de cualquier modo, el empeoramiento del campo tras el voto timorato, devino en el título de Campeón del Diálogo y Héroe del Consenso a Cobos,d e quién sólo conocemos que se guía, para las grandes ocasiones definitorias de problemas muy complejos, por la opinión de su hija en relación a lo que le digan las amigas, todas ellas cursando el secundario, y quizás, sólo quizás, conscientes de la apabullante tarea histórica en la que están inmersas como asesoras ad honorem.

Más allá de eso, y de que desde ese momento la imagen en las encuestas de los Kirchner bajó y, consecuentemente, se activaron las más sofisticadas ideologías diferenciadoras de peronistas de la pampa rica y progresistas porteños, es evidente que la dirigencia política en conjunto, ahora abocada al diálogo y el consenso en la mesa de las corporaciones, y de Mirta Legrand, claro, están oyendo el "mensaje de las urnas" -que suele coincidir con lo que opina, vía el Grupo Clarín, al Asociación Empresaria Argentina, para facilitar la tarea de comprensión a los sociólogos, psicólogos sociales y a las hijas de Cobos- y una clara expresión de que se escucha el "mensaje de las urnas" está dada en una mayor flexibilización, menor rigidez y más movilidad, en este caso, y como ilustra la foto, de los granaderos de la Casa Rosada.


Todo para que después no digan que nadie hace nada, más allá de que, como viene la mano, Argentina, con Maradona, no clasifica para el mundial. Demasiada intolerancia y crispación. Fijate lo que pasó con Riquelme. Si se gana, está bien renunciado, si se pierde, es que está mal.

Grandes reflexiones matinales


Estoy leyendo una apasionante novela de Nelson Demille, llamada La Estrategia del león. Aunque leo la traducción, es evidente que está muy bien escrita. Es del año 2000 y, como está escrita y publicada antes del atentado a las torres gemelas, por la trama en que se desenvuelve, tiene, leída ahora, en el 2009, un encanto sutil, un bonus extra además de la novela en sí.
A mi hermano le di un libro de Juan José Sebreli, que él detesta y yo no, aunque no acuerde. Y él me dio ese libro, con la aclaración: es muy bueno. ¿Porqué la aclaración?.
Por algo simple: creo que ni le hubiese leído la contratapa. Me explico: la editorial atlántida lo editó con ese formato de Manual Kapeluz, con una tapa de color lila (sí, color lila chillón) letras doradas que dicen el título del libro, y una espantosa selección de letras (podría preguntarle a mi pequeña qué letra es; pero me hace acordar a las imprentas que todavía, en el año 2000, funcionaba como editoras de diarios en el interior) para poner, inmenso, el nombre del escritor, y abajo, por el Autor de La Isla de las Plagas. Novelas escritas para cine, pero hasta la portada de Los Puentes de Madisón (por poner una novela, digamos, “romántica”) era más sutil. Esta, parece, de Daniele Stell (¿se escribe así?) o uno de esos, y entonces, uno mira la portada, y dice: no, querido, no. Yo prefiero las novelas donde hay cínicos y alcohólicos, que sepan rehuir con inteligencia la primera persona (si es que no hablamos de Chandler, claro) con protagonistas que sean, preferentemente, periodistas o, en su otra variante de ese personaje, detectives, que sepan odiar con fina caligrafía a la policía.
A esta altura no debería sorprenderme que sea un manojo de prejuicios pero, de verdad, en este caso, la verdad que el envoltorio está tan desacoplado de la mercancía (perdón a los –tan queridos en los ámbitos culturales escolásticos- que hacen de los libros un santuario, por hablar de envoltorio y mercancía) que desorienta profundamente.
Pero, todo esto tiene algo bueno: debería dejar de guiarme por esas reacciones automáticas, propias de las reglas del mercado a las cuales, uno, o cualquiera, se adapta con reflejos condicionados.
Sí, es evidente que levantarme en pleno amanecer del mediodía, me pone un poco idiota para reflexionar sobre cosas nimias. Es la falta de sueño, lo juro.

Miedo


Si, cuando empezábamos a conocer las respuestas, nos cambian las preguntas, hay una natural tendencia a sentir miedo. Se teme a lo desconocido, principalmente. Puede que, por diversos factores (que no hacen solamente al “hecho”, sino también a mecanismos psíquicos de “recepción del hecho”), ante lo conocido y peligroso, se sienta terror, un terror paralizante. No la ansiedad que activa las señales de peligro, la adrenalina que busca rápidamente los archivos creativos de la imaginación y la audacia para salir del entuerto. Se teme, por eso, a lo desconocido.
Cuando yo era chico tenían que prenderme una luz. Había un armario grandote, del tiempo de los primates, que parecía, lo juro, un fantasma. Prendían la luz y se me iba el miedo.
En cambio, una muñeca –yo tenía una muñeca, cuando comencé a ir al jardín, tendría unos cuatro años: jugaba con la muñeca junto a mi amiga india, que, creo, estaba con el padre en algún consulado de Rosario: no hablaba una palabra en castellano y yo, que era tímido, cuando me soltaba hablaba por los codos, pero éramos buenos amigos, de cualquier modo. Quién sabe que habrá sido de la indiecita- me daba miedo por las mañanas. La muñeca era fea, más alta que yo (lo que no quiere decir mucho) y tenía esa pinta trágica de los payasos, si la hubiesen visto, lo comprenderían. Sin embargo, la muñeca me gustaba. Pasa que me daba miedo que, si yo no la vigilaba, cobrase vida, y asesinase a toda mi familia. Tenía una frondosa imaginación: yo, no la muñeca, como verás.
El fantasmal armario y la muñeca asesina no tienen nada que ver, pero grafican, mientras lo pienso, esto: se teme a lo desconocido, y en cambio, el peligro conocido (o imaginado, de ahí los “mecanismos de recepción del hecho” aunque, si por esas casualidades es correcto lo que digo, sin dudas que no hablo con propiedad: un psiquiatra se debe estar matando de risa) puede generar terror, paralizante, que no es lo mismo.
Quitando las exageraciones, que siempre pintan mejor el paisaje, algo así sucede, en términos generales, con las nuevas categorías con las que pensamos lo público. Voy al caso de los partidos políticos.
Su debilitamiento –por lejos, un factor que supera las posibilidades argentinas, aunque a los que quieren el “ordenamiento partidario” (traducido: la conversión del peronismo en, mi dios, ALGO) no suele gustarles pensar que no hay, en este tema, mucha especificidad nacional- su eventual desaparición, su relajamiento, sus modificaciones, serán siempre resistidas. Desde posiciones aún más precarias.
Las formaciones jurídicas –porque llamarlos partidos sería mucho- que aparecen y desaparecen ante cada coyuntura, por derecha y por izquierda (por ejemplo: Unión por todos de Patricia Bullrrich y Movimiento por todos de Claudio Lozano; pero ojo, en la izquierda también pasa: Proyecto Sur, por ejemplo) suelen despotricar contra la falta de ordenamiento partidario, contra la falta de coherencia entre prácticas e ideologías, etc. Practican esta crítica con más desorden, y está bien. Esto lo superan diciendo que ellos vienen a, justamente, superar el desorden. Otro recuerdo de mi infancia: para que no me mande a ordenar el cuarto, yo iba y me quejaba primero de que el cuarto estaba desordenado….por culpa de mi hermano. (La treta no duró mucho: mi hermano se la tomaba a golpes conmigo. Por eso te digo: desde muy chiquito conocí las injusticias).
Pero, desde los analistas independientes, a ver si el chiste se entiende, lo repito: desde los analistas independientes se sigue insistiendo en la necesidad de partidos políticos fuertes. Eso sí, que no se diga que el analista, o el economista, o el periodista, tiene partido. De hecho, no suele ser así: tienen intereses, más bien transversales. Pero intereses patrióticos, nobles, sublimes, eso sí. Y piden, a la vez, diálogo y consenso. ¿Entre quiénes, si no hay partidos políticos fuertes? Entre “referentes”, “líderes”, etc. El discurso puede ser confuso. Pero la platea aplaude. La platea suele estar compuesta por la Mesa de Enlace, Poder Ciudadano, la Asociación Empresaria Argentina, Luis Barrionuevo y el Momo Venegas.
Pero esa es, apenas, la coyuntura.
Pronto de andar, los partidos, se sabe ya, no serán lo que fueron, cuando había que proscribirlos, sacarlos del gobierno e ilegalizarlos (a pedido de la misma platea, qué cosa!) y entonces, cada uno saca a relucir lo que, de estas nuevas modalidades partidarias, conviene según sus intereses. Lo que no conviene, está mal, claro. Le hace mal al fútbol y a la democracia, cuando no, también, a dios y al día del amigo.
Sin embargo, cualquier experiencia de organización –más allá de que luego se busque cómo sortear o acomodar lo jurídico- en el plano partidario, suele ser recibido con miedo, con ese miedo ante lo desconocido. Y a poco de andar, si esa organización es efectiva, entonces, sobreviene el terror: las reacciones, a veces irracionales, para rechazar lo desconocido.
“Zelaya quiso reformar la constitución” le dijo, Francisco de Narvaez a TNmbaum cuando le preguntó por el golpe de estado y la dictadura hondureña.

jueves, julio 16, 2009

La argentina de Kirchner cambió inexorablemente


No jodan, vendepatrias gorilas que sólo quieren un retorno a los años felices (del cura Grassi); la argentina cambió, y al que no le guste, que brinde con champagne porque, total, ganaron las elecciones.

En efecto, efectivamente, posta: la vieja argentina neoliberal donde había que soportar comerciales con Valeria Linch a los gritoooooos de te vaaaaaaas-te vaaaaaas cada día maaaaaaas, cambió, para mejor.

Desde que el transversal y progresista amigo Aníbal Fernández se hizo cargo del ministerio de justicia no se reprime en las calles, y entre las medidas de profundización del modelo nos hundimos todos se dispuso, con carácter de política de estado pensada para el largo plazo como parte de los dos o tres temas en los cuales debemos ponernos de acuerdo los argentinos con diálogo y consenso, que los Granaderos, esos torpes agentes del turismo del interior provinciano que, estudiados los manuales de Marcos Kapeluz Aguinis, creían que los granaderos, por defender a la patria, debían ser objeto de burlas, pullas, chascarrillos, monigotes y arlequineces varias, en pos de defender su dignidad y derechos humanos del presente no sólo del pasado donde torturaban y secuestraban que en última instancia: quién no ha afanado un bebé, eh?, se les permitió moverse, posar de giles y hacerse los graciosos.

La foto de mi hermano menor, al lado del granadero banana, atestigua este cambio inexorable donde jamás de los jamases, los granaderos de la casa rosada volverán a ser los playmóviles papanatas que supieron ser en las épocas de la valorización financiera y la valorización de chacho álvarez, para de ahora en más, retomar la senda nacional y popular y ser jodones y atléticos como Reutemaaan. Porque este gobierno, señores, terminó con el milicaje que tiene las manos y los brazos atados, sin poder hacer nada. Ahora se mueven al ritmooooo de la noche. Matar al que lo hizo no es mala idea. Alika, alikate, pelotudo.
Y andá a llorar a lo de Mirta, burgués hijo e tu madre.
De nada por el dato.

miércoles, julio 15, 2009

Un Martín Fierro por esa actuación, che!!

Bueno, igual, el imitador también merece algún crédito, no?

Lo que resta


Recién hablé con La Bloguera y no se entendió un pomo, no sé porqué (mi celular debe andar mal, aunque estaba en la Cámara de Diputados de Entre Ríos, sonaban teléfonos por todos lados, que mi amigo Cáceres-el vicepresidente- atendía para tapar el ruido: nuuu...naynadie che! tahoooora nuu tás hablando con el uurdenanza, decía. Y me hacía reír, claro).

Antes sostuve otra conversación radial, hartamente desagradable, muy desagradable. Mejor no ganarme más enemigos, los tengo como para exportación (ahora que se podrá sin retenciones), pero bue, hay UN dirigente Santafesino que está, me dicen, podrido de que lo gaste y lo mencione con muchas aaaaa. Aclaré que en primer lugar no tengo, contra él "ningún odio".
Si total siempre sale segundo.

-Vos seguís siendo kirchnerista, no?

-Sí.

-Pero el kirchnerismo está terminado.

-Soy lo que resta.



Lo que resta. Juro que me faltaba, para otra cosa que estoy escribiendo, un título. Se ponen, claro, al final. O se cambian al final. Mientras tanto, en el proceso de obsesión, necesitan un nombre. Lo que resta. Me gustó.

Muchas gracias.



RETEMAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAANNNNNNNNNNN
Al final, el burro se ríe del resucitado.


Religiones cívicas


La comedia del diálogo despliega, en su ineficacia concreta de set televisivo, las interesantes tácticas del estilismo opositor.
La ausencia del gran dialogador de la traición, Julio Cobos, revela que jamás puede construir su imagen de mequetrefe por encima de rehusar los escenarios que otros, más creativos, le arman.
La de Carrió, en cambio, visibiliza que el único escenario donde su dramaticidad cargada de cinismo tiene cabida es en el apocalipsis que desde hace tanto desea, vestido de anuncio.
Morales, el titular de la ONG radical, en cambio, se mueve a sus anchas: ésa es la única razón de ser tras la muerte del liderazgo de Alfonsín y el corrimiento hacia la centro derecha del radicalismo: moverse en las plastificadas instituciones como entidad jurídica de alquiler a la corporación de moda.
El peronismo disidente, o peronismo iraní, en cambio, puteará con razón: no tienen juego cuando se habla de institucionalizar el diálogo, porque algunos de sus líderes tienen votos, más no instituciones que los sostengan. Curiosa pirueta de la ambigüedad de cuestionar, desde el naufragio de ayer a los papelitos picados de comparse de hoy, la falta de diálogo.
¿En nombre de qué, o de quién, más allá de las plumas alegres del Grupo Clarín, podría, por ejemplo, Reutemaaaaan sentarse a escuchar un diálogo (suponer que él verbalice algo sería demasiado)? ¿Del peronismo como individualidad, del peronismo oportunista, de la politiquería de encuestas de imagen, de la rentabilidad sojera, en representación de su doble en Gran Cuñado?
No, si hablan los partidos políticos, no habla el poder, a eso, los radicales le llaman diálogo.
Al cual, por supuesto, no puede concurrir ni Technin ni Clarín, ni las cinco exportadoras multinacionales granarías. A lo suma, con la vestimenta de la AEA, de la UIA, de la Mesa de Enlace, pueden negociar en secreto, mano a mano con las autoridades estatales, cómo se llevan nuestros impuestos.
A eso se le llama diálogo. Se lo festeja, se lo exalta, se lo bendice en el altar de las virtudes de los dioses.
Es el viejo modelo corporativo, edulcorado con toques de tarta gallega, sinopsis dudosas de lo que ocurre “en los países serios” y otros sudarios, de consumo interno, que solamente dejan fuera, en el mejor de los casos, al 60% de los argentinos. En el mejor de los casos.
Ya tuvimos una experiencia dialoguista, consensual, corporativa. Se la recuerda poco. Comenzó con un ministerio para cada corporación real, una secretaría para nicho ideológico, una subsecretaría para su lista contraria. Terminó con gabinetes de unidad nacional y llamados al diálogo, y 37 muertos.