
Soy un tibio incurable
Soy un blogger tibio y nada combativo. No estoy acá combatiendo, no entiendo la terminología bélica, me parece absurda, y más que absurda: soberbia. Me parece que si esto fuera una guerra, suponéte que fuera una guerra, la blogósfera no sería un batallón de nada, ni debería serlo, y cuando lo fuera, dejaría de ser esto y pasaría a ser otra cosa (y acá iba a sacar mi tibieza e iba a decir: ni mejor ni peor. Las pelotas: peor, sería una cosa peor de lo que hoy es, con todos sus límites). Hay blogs porque afortunadamente la política transcurre en un estado de normalidad, con todos los picos de exaltación que existen, sí, pero en un marco de tibieza.
En un marco de tibieza, que yo celebro. Por racional. Porque además de tibio y nada combativo, me gusta la racionalidad.
Me parece que nos debemos una ducha fría de humildad: que no importa cuánto peronismo alardeemos, la (por cierto falsa) aguja del peronómetro no se mueve cuántas más fotos colgamos de Evita, ni cuánto más defendamos lo nacional y popular, ni cuanto más idolatremos el festejo popular, el chori, el vino, el bombo (y sobre todo cuando se nos va la vida en esa idolatría, y nos olvidamos que en el peronismo hay algo más aparte de eso). Acá no se milita, acá no hay representación porque no hay nada que deba ser representado, no hay organización porque no hay nada que deba ser jerarquizado, porque no existen necesidades operativas que deban ser resueltas de manera urgente. La militancia está allá, en otra cuadra, en otra calle y haciendo otra cosa, como corresponde a dos cosas que son distintas: el que la quiera correr que la corra, aplaudo. Pero que la corra con la humildad de ir a presentarse y decir: "Hola, me llamo Magoya y quiero laburar con ustedes". Y agarrar el tachito, el palo, la soda cáustica y hacer el engrudo. Y arrodillarse a doblar afiches, si hace falta. Lo que no se hace es caer a algún lado a jugarla de dirigente de algo que no existe para saltearse los pasos más chotos, pero más pedagógicos políticamente, de la militancia.
Y no lo digo sólo por las cosas que uno debería dejar de escribir, porque si esto es militancia, la militancia implica ceder algunas cosas, funcionar como grupo. Lo digo por las cosas que voy a dejar de leer: no quiero ver a los mejores blogs de mi generación haciendo pomelo-kirchnerismo, ¡Moreno-na-na-na-na patriota!, no quiero más odas a las peores cosas del kirchnerismo solamente porque Clarín dice que son malas, como si todo, todo en la política, fuera una cuestión de acomodo relativo de las piezas que juegan. Como si el kirchnerismo fuese esa cosa cuadrada, pomelesca: ese es el diagnóstico que comparte el peor fundamentalismo kirchnerista con la derecha que impugna las políticas públicas de este Gobierno. Ambos comparten la sencillez en el diagnóstico. Así serán las soluciones, también. Ahí sí, los blogs son importantes para algo: para DECIR, para tratar de pensar un poco más allá, sin tener que bancar todo a cualquier costo, sin tener que impugnar todo a cualquier otro costo. Asumiendo que existen las contradicciones, sin ocultarlas: explorándolas, incluso.
Y el que quiera oir, que orga.
Soy un blogger tibio y nada combativo. No estoy acá combatiendo, no entiendo la terminología bélica, me parece absurda, y más que absurda: soberbia. Me parece que si esto fuera una guerra, suponéte que fuera una guerra, la blogósfera no sería un batallón de nada, ni debería serlo, y cuando lo fuera, dejaría de ser esto y pasaría a ser otra cosa (y acá iba a sacar mi tibieza e iba a decir: ni mejor ni peor. Las pelotas: peor, sería una cosa peor de lo que hoy es, con todos sus límites). Hay blogs porque afortunadamente la política transcurre en un estado de normalidad, con todos los picos de exaltación que existen, sí, pero en un marco de tibieza.
En un marco de tibieza, que yo celebro. Por racional. Porque además de tibio y nada combativo, me gusta la racionalidad.
Me parece que nos debemos una ducha fría de humildad: que no importa cuánto peronismo alardeemos, la (por cierto falsa) aguja del peronómetro no se mueve cuántas más fotos colgamos de Evita, ni cuánto más defendamos lo nacional y popular, ni cuanto más idolatremos el festejo popular, el chori, el vino, el bombo (y sobre todo cuando se nos va la vida en esa idolatría, y nos olvidamos que en el peronismo hay algo más aparte de eso). Acá no se milita, acá no hay representación porque no hay nada que deba ser representado, no hay organización porque no hay nada que deba ser jerarquizado, porque no existen necesidades operativas que deban ser resueltas de manera urgente. La militancia está allá, en otra cuadra, en otra calle y haciendo otra cosa, como corresponde a dos cosas que son distintas: el que la quiera correr que la corra, aplaudo. Pero que la corra con la humildad de ir a presentarse y decir: "Hola, me llamo Magoya y quiero laburar con ustedes". Y agarrar el tachito, el palo, la soda cáustica y hacer el engrudo. Y arrodillarse a doblar afiches, si hace falta. Lo que no se hace es caer a algún lado a jugarla de dirigente de algo que no existe para saltearse los pasos más chotos, pero más pedagógicos políticamente, de la militancia.
Y no lo digo sólo por las cosas que uno debería dejar de escribir, porque si esto es militancia, la militancia implica ceder algunas cosas, funcionar como grupo. Lo digo por las cosas que voy a dejar de leer: no quiero ver a los mejores blogs de mi generación haciendo pomelo-kirchnerismo, ¡Moreno-na-na-na-na patriota!, no quiero más odas a las peores cosas del kirchnerismo solamente porque Clarín dice que son malas, como si todo, todo en la política, fuera una cuestión de acomodo relativo de las piezas que juegan. Como si el kirchnerismo fuese esa cosa cuadrada, pomelesca: ese es el diagnóstico que comparte el peor fundamentalismo kirchnerista con la derecha que impugna las políticas públicas de este Gobierno. Ambos comparten la sencillez en el diagnóstico. Así serán las soluciones, también. Ahí sí, los blogs son importantes para algo: para DECIR, para tratar de pensar un poco más allá, sin tener que bancar todo a cualquier costo, sin tener que impugnar todo a cualquier otro costo. Asumiendo que existen las contradicciones, sin ocultarlas: explorándolas, incluso.
Y el que quiera oir, que orga.



