[Publicado el 29/06/2009] -
“Se condenó a sí mismo”, por Joaquín Morales Solá para el diario La Nación
Quizá
no lo supo o no lo quiso saber, pero
Néstor Kirchner se condenó a sí
mismo a la derrota el día en que les declaró a los ruralistas una guerra
perpetua. Tampoco imaginó o no quiso imaginar que
se sentenció él mismo
al descalabro personal el día en el que decidió competir como candidato
a diputado nacional por Buenos Aires. Era una buena táctica de campaña
para disimular la irreparable pérdida de la mayoría parlamentaria; en el
plazo que venció ayer,
el resultado fue su ruina.
El
kirchnerismo ha concluido anoche como ciclo político. El tiempo que le
resta es el de un paisaje resbaladizo, en el que Kirchner hará lo que
pueda ?o lo que quiera? para preservar una inestable gobernabilidad.
Además, el peronismo tiene desde ayer el candidato que buscaba para
relevar el liderazgo de Kirchner: es Carlos Reutemann, que ganó en Santa
Fe contra la mayoría de los pronósticos.
Reutemann es uno de los pocos
referentes que el peronismo no discute.
Francisco de Narváez se
erigió anoche en uno de los mayores líderes políticos de la Argentina y
Julio Cobos se convirtió en el presidenciable de más peso de las
corrientes no peronistas. De Narváez no sólo derrotó personalmente a
Kirchner, el hombre fuerte de la Argentina durante los últimos seis
años; también ganó en el mayor y más contundente distrito electoral del
país. De Narváez estaba el viernes decidido a depositar en Mauricio
Macri su apoyo presidencial. Aunque Macri no hizo una excelente elección
en la Capital, tuvo ?debe reconocérsele? un papel protagónico en el
proyecto que derrotó a Kirchner por primera vez en 22 años de política.
De Narváez contó con el apoyo de Macri en el díscolo conurbano.
De
Narváez le aconsejó a Macri, en la noche del viernes último, que
lanzara su candidatura presidencial en las próximas 72 horas, si ellos
ganaban la Capital y Buenos Aires. Esos triunfos sucedieron. De Narváez
está dispuesto a negociar con Macri, Reutemann y Cobos la gobernabilidad
de los tiempos inminentes. Lo cierto es que De Narváez sólo quiere
despejar pronto el escenario de las futuras elecciones presidenciales.
Elisa
Carrió cayó en la Capital, donde salió tercera, y en la provincia de
Buenos Aires, donde también ocupó el tercer lugar. Ha cometido errores,
aunque sería injusto desconocer que fue el primer exponente de la
política argentina en denunciar los desaguisados institucionales del
kirchnerismo y la corrupción de muchos funcionarios de confianza del ex
presidente. Su candidatura presidencial se diluyó anoche. Hermes Binner
terminó siendo víctima de la dura batalla santafecina entre dos
presidenciables: él mismo y Reutemann.
Binner, como Carrió, no podrá
reivindicar un rol presidenciable en las próximas elecciones que
definirán a un jefe de Estado.
Sólo Cobos, entre los principales
líderes no peronistas, se alzó con un triunfo arrollador en Mendoza.
¿Es sólo casualidad que los tres hombres que tuvieron un notable
protagonismo contra Kirchner en el conflicto contra el sector
agropecuario (De Narváez, Reutemann y Cobos) hayan ganado en el domingo
de elecciones? Seguramente, no. Una lectura de la derrota de Kirchner en
Buenos Aires es el profundo rechazo que su figura provoca en el
interior rural de la provincia, más profundo que el que estimaban las
mediciones de opinión pública. Algo del conurbano se contagió también de
esas fobias. Y Reutemann se alejó de Kirchner para que lo votaran los
campesinos.
Alberto Fernández, ex jefe de Gabinete, recurría
ayer a Einstein: "Si sigues repitiendo los errores, no esperes
resultados mejores", aguijoneaba. Y Kirchner redundó en su error de
enfrentar al campo hasta ponerlo de rodillas. Llegó a hipotecar la única
solución argentina para esquivar una parte de la crisis económica
internacional con tal de no perdonarles a los campesinos la irreverencia
de haberle dicho que no. Cometió demasiados errores nuevos: desde
pronosticar un nuevo 2001, si resultaba derrotado, hasta pedirle
públicamente a De Narváez que se presentara ante un juez sospechado y
sospechoso. En los últimos tiempos, sólo se rodeaba de Hugo Moyano y del
progresismo peronista, que no es malo por progresista, sino por
antiguo.
Acorralado por derecha por De Narváez y por izquierda
por Pino Solanas, lo que decantó ayer es que
al ex presidente le quedan
muy pocos seguidores, se mire por donde se mire. "Tendrá que parcelar el
gabinete entre los gobernadores peronistas si quiere conservar el
gobierno", se animó a predecir ayer un alto funcionario kirchnerista.
¿Aceptará Kirchner gobernar con un gabinete parcelado y con un Congreso
en contra de él? El Congreso se formará con un oficialismo derrotado en
casi todo el país. Su composición física cambiará el 10 de diciembre; su
composición política se modificará desde mañana.
Anoche, en la
intimidad de un debate consigo mismo, debió pensar que lo que sucedió
ayer (cuando perdió hasta en su natal Santa Cruz, que dominó con mano
férrea durante casi veinte años) fue algo más que una derrota: fue una
guillotina que cayó, rápida y definitiva. No tiene mucho tiempo para
contestar aquella pregunta sobre sus posibilidades de controlar el
gobierno: los conflictos de la Argentina se abatirán sobre él y su
esposa velozmente. Toda derrota opera sólo para diezmar el poder.
Kirchner
pertenece a esa raza de políticos que no abandonan el poder hasta que
los echan. La incógnita consiste en saber ?y aún no se sabe?si él
considera que ayer la sociedad lo echó. Debió de ser una dura sorpresa
para él si sus palabras íntimas de los últimos días ("Ganaremos Buenos
Aires por más de 10 puntos") fueron sinceras. Si fue franco, entonces
hay que creer que está desde hace mucho tiempo perdido en un laberinto
de paranoias conspirativas.
Solanas fue la expresión de un voto
moral y de rechazo a la corporación política tal como es. Al mismo
tiempo, el más fenomenal aparato político del país, el peronismo
bonaerense, caía batido por un recién llegado a la política. "Jugó la
selección argentina contra Talleres de Córdoba. Y ganó Talleres",
ironizó un peronista perdidoso.
Es cierto. El núcleo duro del
poder se había derrumbado. Kirchner, Daniel Scioli, Sergio Massa,
Alberto Balestrini y casi todos los intendentes del conurbano cayeron en
un paisaje calcinado por esperanzas derrotadas.
“¿Asumirá Kirchner el costo de corregir sus errores?”, Por Roberto Cachanosky para el diario La Nación
Si
bien una política económica exitosa requiere de consistencia en las
medidas, también son relevantes las expectativas que generen en la
población, tanto las medidas económicas, como el contexto político que
las respalde.El resultado electoral del domingo, en que el kirchnerismo
perdió en todos los grandes distritos, incluida la estratégica provincia
de Buenos Aires, muestra a un Kirchner, ministro de economía de facto,
profundamente debilitado.Al mismo tiempo, Kirchner pierde la mayoría en
el Congreso. Estos dos datos implican que, en principio, el gobierno
empieza tener un claro límite en las políticas que puede adoptar. Ya no
podrá manejar la caja a su antojo, imponer derechos de exportación
ridículos, prohibir exportaciones, etc.Por lo tanto, en principio,
debería haber un cambio de expectativas favorables en los agentes
económicos. Particularmente en el sector agropecuario.
El
problema es que ese cambio de expectativas, que seguramente se producirá
en los agentes económicos, sólo será de aplicación concreta en
diciembre cuando asuma el nuevo Congreso. Es más, recién en marzo
comenzará a trabajar el nuevo Parlamento en que el kirchnerismo no podrá
hacer y deshacer a su antojo.
La buena noticia es que la
sociedad le ha puesto un límite a una forma arbitraria y prepotente de
manejar la economía. La mala noticia es que habrá que esperar casi ocho
meses para hacer efectivo ese límite. Con esto quiero decir que, en todo
ese tiempo, Kirchner puede seguir haciendo lo que vino haciendo hasta
ahora. Aumentar impuestos, confiscar, prohibir exportar, usar las
reservas del BCRA, etc., por lo tanto, el escenario para los próximos
meses es de esperar y ver, porque nadie va a ponerse a invertir hasta
tanto no vea concretadas las limitaciones del poder.
Tampoco,
porque Kirchner haya perdido las elecciones la gente va a salir mañana a
comprar autos, casas, electrodomésticos, etc. Hasta tanto no se vean
políticas consistentes la gente seguirá con el miedo de perder su
trabajo y las empresas haciendo malabarismos para no despedir personal.
Es
más, la situación fiscal es lo suficientemente delicada como para
generar incertidumbre en materia cambiaria, derechos de propiedad,
tarifazos e incrementos de impuestos. Si Kirchner ganador era
arbitrario, un Kirchner perdedor y acorralado política y económicamente
puede serlo aún más.
Las provincias también tienen serios
problemas fiscales y no podrán esperar demasiada ayuda de la Nación
porque las cuentas del Sector Público Nacional son lo suficientemente
complicadas como para ayudar a las provincias. Puesto en otros términos,
si la Nación no tiene con qué mantener sus cuentas, mal pueden esperar
los gobernadores que salga en su apoyo.
Los límites a las
barbaridades que se han hecho en materia económica comenzarán a regir en
marzo, pero los problemas fiscales, de actividad económica y de tipo de
cambio están hoy y habrá que resolverlos en forma casi inmediata
teniendo en cuenta que
el país se encuentra virtualmente paralizado.
El
argumento que en su momento esgrimió Cristina Fernández de Kirchner
para adelantar las elecciones era que la crisis internacional había
impactado en la economía y no podíamos estar esperando hasta octubre
para realizar las elecciones y recién entonces adoptar las medidas
necesarias. Las elecciones se hicieron y el oficialismo perdió
categóricamente. Ahora, la pelota está del lado del Gobierno. Si no
reacciona a tiempo,
el segundo semestre puede llegar a ser realmente
crítico en materia social y de actividad.
¿Querrá Kirchner
asumir el costo político de corregir todas las macanas que hizo en estos
seis años o tratará de estirar los plazos
a la espera de un milagro,
confiscando, emitiendo y debilitando más el patrimonio del BCRA?La
verdad es que luce bastante difícil que Kirchner vaya a cambiar el rumbo
en 180 grados y se transforme en un defensor de los derechos de
propiedad y en un hombre previsible en sus políticas. Kirchner ya no
tiene excusas para demostrar si está en condiciones de recomponer la
economía. Ya no tiene las elecciones de por medio, sabe lo que la gente
no quiere que haga y todavía conserva la mayoría en el Congreso porque
el nuevo asume en diciembre. Ahora es su turno. Si vuelve a equivocarse
creará un caos social, económico y político que la derrota del domingo
será un poroto para su futuro político.
“La derrota tiene padres”, por Ricardo Kirschbaum para el diario Clarín
El
resultado de ayer revela un malestar con el Gobierno mucho más
importante de lo que las encuestas detectaban. Y que ese estado de ánimo
se fue construyendo sobre los errores en cadena del oficialismo.
Cristina Kirchner fue electa Presidenta en octubre de 2007, hace 20
meses, con más del 45% de los votos. Los resultados de ayer en todo el
país muestran
la magnitud del deterioro que ha sufrido el liderazgo de
los Kirchner. De aquel octubre victorioso, con promesas de consensos
ampliados y más calidad institucional, a este desastre electoral hay una
explicación simple: la estrechez de u
na conducta sectaria y excluyente
que dilapidó su capital político y entregó a sus adversarios razones
para la victoria.
Cobos, por ejemplo, ha sido uno de los netos ganadores
de anoche.
Tres son los ejes para analizar la derrota:
1)
El efecto práctico de esta elección de medio término. El oficialismo ha
perdido 17 diputados propios y 4 aliados. El control de la Cámara
dependerá de una compleja trama de alianzas, con negociación y
concesiones. Pondrá a prueba la capacidad política de una administración
que necesitará más muñeca que látigo. En el Senado, también, el quórum
propio ha terminado. Y los Kirchner, como peronistas, conocen la
ingratitud de la política cuando comienza la sangría de
poder.
2)
El efecto político de la pérdida de liderazgo de Kirchner, en cuyo
derredor se fue construyendo, desde 2003, un poder de decisión cerrado e
indiscutible, que no admitía acuerdos, coincidencias o apoyo crítico.
Kirchner no ha querido alianzas: siempre ha tratado de imponer una
rendición incondicional. O subordinados o enemigos ha sido su lema.
Kirchner
adelantó las elecciones, se puso a la cabeza de la lista en Buenos
Aires, forzó a Daniel Scioli y a los intendentes del conurbano a
acompañarlo, buscando evitar la traición tan temida. Es decir, condujo
la campaña personalmente y llevó al Gobierno a una derrota electoral
cuyas consecuencias políticas serán duras: ya una ministra ha anunciado
que se irá del Gobierno. ¿Quiénes le seguirán?
3)
El peronismo
está buscando otros liderazgos. Declinado el poder de los Kirchner,
derrotados Schiaretti y Busti, con Scioli pagando el duro precio de
haber acompañado al ex Presidente hasta dentro del cementerio en vez de
quedarse en la puerta, la construcción de ese líder es una incógnita.
Reutemann exhibe un triunfo decisivo. ¿Qué hará Gioja? ¿O Solá? ¿O
De
Narváez que, a pesar de haber nacido en Colombia, podría acudir a la
Justicia para que lo habilite a aspirar a la Casa Rosada? ¿O Macri
ofreciendo sus servicios outsourcing al justicialismo?.
Ya lo dijo
Gerardo Morales: el radicalismo, que ha dado señales de vida después de
mucho tiempo, votará por la primera minoría en las cuestiones
institucionales. Es una declaración que no puede pasar desapercibida en
tiempos políticamente tan volátiles.
“Una innumerable lista de errores que concluyeron en un derrumbe”, por Eduardo van der Kooy para el diario Clarín
La
última jugada política de
apostador empedernido le salió muy mal a
Néstor Kirchner. El plebiscito que buscó con denuedo para reemplazar lo
que debió ser una elección legislativa de medio término, normal, se
convirtió en una verdadera trampa para él. El ex presidente asistió
anoche a
la asfixia final de su liderazgo peronista y, de modo
incomprensible, dejó además en estado de
acentuada debilidad al Gobierno
de su esposa, Cristina Fernández, a quien hace apenas un año y medio
entronizó sin un solo chistido del partido oficial.
La derrota
¿o
el derrumbe¿ se conoció anoche pero se vino edificando desde hace
mucho tiempo. Con una persistencia, de parte de Kirchner, que
aconsejaría revisar en forma simultánea los manuales de la política,
desde ya, pero
también de la psicología.
Ningún presidente salió
del poder en la Argentina de la nueva democracia con la ponderación
social de Kirchner. Ese margen generoso le permitió resignar la
reelección y cederle su lugar a Cristina. En el 2007 la Presidenta logró
el 47% de los votos en el orden nacional y el 48% en Buenos Aires. Le
arrancó 23% de ventaja a la oposición.
Contó además con un ciclo
económico interno y externo muy favorable, por lo menos hasta comienzos
del 2008. Tuvo en todo ese trayecto una oposición fragmentada e
insolvente. Pero su sensibilidad política y percepción de la realidad
viró bruscamente desde el mismo instante en que cambio su domicilio de
la Casa Rosada por la residencia de Olivos.
Kirchner había
proclamado durante su mandato que ningún proyecto de tinte nacional
podía excluir a las clases medias. Soñaba con aquel viejo molde de
convergencia de clases que sintetizó, durante décadas, el peronismo de
Juan Perón. El ex presidente nunca logró seducir a aquellos sectores en
los años de su mandato. Pero la bonanza económica le acercaron,
inevitablemente, muchos de esos votos. Sin ir lejos, Cristina triunfó
con respaldo de la clase media y del campo bonaerense cuando se consagró
Presidenta. Fueron casi 900 mil en el principal distrito electoral.
El
largo y todavía irresuelto conflicto con el campo le ahuyentó esos
votos y también la mas solidaridad mínima de los sectores medios. La
radiografía de las legislativas de ayer resulta, en ese sentido,
implacable: los Kirchner perdieron Buenos Aires, Capital, Santa Fe,
Córdoba, Mendoza y Entre Ríos. No pudieron vencer tampoco en ninguna de
las ciudades grandes.
Aquel pleito con el campo fue uno de los
disparadores de la derrota. Pero lo fue también un deterioro económico
negado de modo sistemático por las cifras virtuales del INDEC. Las
mentiras del INDEC crisparon a los sectores medios pero dañaron, sobre
todo, el bolsillo de los sectores populares. Esa combinación resultó
letal para la derrota en Buenos Aires que
aniquiló el último argumento
político con que contaba Kirchner para cantar una supuesta victoria que
no fue.
Buenos Aires, aunque parezca paradójico, terminó
desnudando
la fragilidad del armado político de Kirchner. Con tantos
años de buena economía el ex presidente fue
incapaz de consolidar un
proyecto: deambuló por la transversalidad, por la concertación, y
terminó refugiado en la maquinaria vetusta del PJ bonaerense. Pero nunca
se percató de un detalle: ese peronismo le respondía casi por rutina,
porque, mal o bien, se cobijaban en el calor del poder. Porque recibía
beneficios económicos. Pero
nunca existió una comunión política y
afectiva sustantiva entre el partido y el ex presidente.
El
peronismo del interior de Buenos Aires lo dejó librado a su suerte luego
del conflicto con el campo. Daniel Scioli debió encargarse de la
campaña en esas tierras hostiles al Gobierno. Ayer hubo, con seguridad,
un dato histórico: el kirchnerismo no tuvo ningún voto en América, un
poblado de 3 mil habitantes, del centro de Buenos Aires. El problema
insoluble fue el conurbano y muchos de los intendentes aceptaron las
candidaturas testimoniales sin gusto y con resignación. La clave de la
debacle en Buenos Aires se escondió en esas zonas de cierta vecindad a
la Capital.
Muchos intendentes instaron a corte de boletas.
Entregaron las suyas y dejaron librada a la voluntad del votante la
elección de Kirchner, Francisco De Narváez o Margarita Stolbizer. Varios
intendentes, también, cargaron los cuartos oscuros con las llamadas
"boletas espejo", en las cuales figuraban ellos sólo acompañados por
candidatos a cargos vecinales. La mecánica sucedió en todo el conurbano
incluido el segundo cordón, donde los Kirchner conjeturaban la fidelidad
inclaudicable de la gente.
La estrategia electoral del ex
presidente terminó siendo, al fin de cuentas,
tan estéril como todos los
proyectos partidarios y políticos que pergeñó en estos años. ¿Alguien
podía suponer que los habitantes del segundo cordón del conurbano no
tienen padecimientos similares ¿o peores¿ a los del resto del país?.
¿Nadie pensó que
el indisimulado mal humor social en el país, en la
Capital y en el interior bonaerense podía desparramarse a manera de
contagio?.
Tampoco Kirchner reparó en otra lección. El peronismo
mas poderoso de la historia de Buenos Aires, el que comandó en su época
Eduardo Duhalde, resultó perforado en 1997 cuando irrumpió la Alianza y
Graciela Fernández Meijide. ¿Por qué razón habría de salir indemne
ahora?. Aquella vez pesó la saturación con el menemismo; ahora puede
haber sido
decisiva la bronca acumulada contra los Kirchner.
El
ex presidente y su esposa no pudieron ayer resolver el problema
electoral que les plantearon las legislativas. Desde hoy tienen otro
desafío de no menor envergadura: resolver el problema político. Hay un
partido oficial ¿
el peronismo¿ que resultó descabezado con la excepción
de Carlos Reutemann, apretado ganador en Santa Fe. Hay un Congreso que
mutará de manera sustancial a partir de diciembre, aunque el impacto
político de la derrota, con seguridad, caerá también sobre los diputados
y senadores oficiales que continuarán seis meses mas. Hay una oposición
que puede empezar a desperezarse, a pesar de su diáspora, luego del
espaldarazo popular.
Hay, en suma, una nación política mucho mas compleja. Muy distinta a la que siempre conocieron y disfrutaron los Kirchner.
“Cobos, Macri y Reutemann, los presidenciables que dejó la elección”, por Julio Blanck para el diario Clarín
Reutemann, Macri y Cobos, aún las dudas que despiertan, son emergentes de una sociedad que se cansó y busca otro camino
El
voto de los argentinos diseñó un país político diferente. Hay un cambio
que emerge de esta elección.
Se aleja sin retorno la hegemonía
kirchnerista, pero asoma el equilibrio necesario para garantizar la
gobernabilidad de los próximos dos años. Ni el Gobierno sufrió la
licuación terminal de su poder, a pesar de la derrota durísima en casi
todo el país, ni la oposición es depositaria de un mandato popular para
rectificar dramáticamente el rumbo del país sin más demora. Lo que ganó
es la voluntad de cambio,
el rechazo social a una forma de conducir los
asuntos públicos de manera cerrada y conspirativa, y de entender la
política como
la exasperación constante y el aniquilamiento del
adversario, convertido en enemigo por una lógica que aborrece de los
matices y desconoce la tolerancia. Mantener vigoroso el funcionamiento
de las instituciones, empezando por el Poder Ejecutivo, depende ahora de
la racionalidad de los actores políticos.
El voto popular les
definió un escenario de compromiso mutuo que sobre todo debe verificarse
en el Congreso, necesitado a partir de esta renovación legislativa de
un sistema de acuerdos mínimos que le permita funcionar. Allí, ni el
oficialismo tendrá número para imponer su voluntad, ni la oposición
podrá simplemente oponerse a todo porque de aquí en más será necesario
su voto para que las leyes se aprueben. Nunca había sucedido algo así en
los años del poder de Kirchner. Tampoco había sucedido, que se recuerde
en mucho tiempo, la consagración de una
vacancia virtual en el
liderazgo peronista. Por definición genética el peronismo necesita un
líder. Fue Juan Perón en vida, y después fugazmente Lorenzo Miguel a la
salida de la dictadura.
Fue Antonio Cafiero en la renovación que
buscó reparar la derrota histórica de 1983, hasta que lo sucedió Carlos
Menem. Llegó luego el tiempo de Eduardo Duhalde y más tarde,
hasta
anoche, el de Néstor Kirchner. La gran paradoja política de hoy es que
el peronismo, en ejercicio del poder y con dominio electoral en buena
parte del país,
está a la búsqueda de un nuevo jefe. Esto se explica,
sobre todo, por la
extraordinaria serie de errores y torpezas que
Kirchner cometió en los últimos dos años, quizás a partir del momento en
que decidió, sin consultar a nadie, que su esposa lo sucedería en el
poder. Carlos Reutemann lograba sostener una estrechísima ventaja en
Santa Fe sobre los socialistas.
Reutemann, presidenciable por derecho
propio, es un eje -si no el único, al menos el principal- alrededor del
cual el peronismo buscará reorganizar su poder. Y quizás ese
reordenamiento adquiera una manera más asociativa entre sus jefes
territoriales de lo que jamás se haya conocido. El golpe electoral que
la sociedad le propinó a Kirchner en la Provincia, en los grandes
distritos y en muchos otros puntos del país,
fue brutal.
El
peronismo requiere ahora de una sanación rápida, eficaz y prolija, que
le permita mantener su espacio de poder frente al derrumbe de su último
líder. Esa caída de Kirchner arrastró a quiénes le fueron fieles hasta
el último día, como el gobernador Daniel Scioli, que ahora tendrá la
ímproba tarea de recomponer su proyecto personal. Además del diseño de
equilibrio institucional que decidieron los votantes, serruchando desde
la base el dominio kirchnerista, la elección de ayer permite perfilar la
proyección de otros líderes políticos de cara a la renovación
presidencial. Y permite hacerlo aún con la nitidez precaria que siempre
contienen los primeros resultados. De ese puñado de hombres que quizás
contengan el futuro, los que se favorecieron con más claridad fueron los
que jugaron sin jugar, los que armaron de atrás, sostuvieron,
contuvieron e impulsaron, pero no pusieron su nombre en la boleta.
En
esa lista exigua,
Mauricio Macri es el que asoma con mayor claridad.
Forzó la candidatura de Gabriela Michetti en la Capital. Y en febrero
convocó a Francisco De Narváez y Felipe Solá a un frente común contra el
kirchnerismo. Jugó dos apuestas que fueron ganadoras. Y anoche contó
con la generosidad de De Narváez -la estrella del domingo electoral-
quien, en el discurso del triunfo, le concedió el reconocimiento como
primera figura de un espacio que ahora va por más. El fuerte de
Macri no
son los discursos. Pero sus palabras de anoche fueron las de un hombre
que
inicia un camino por el que pretende llegar a la Presidencia. Con
algunas difusas invocaciones a Perón, un llamado genérico al diálogo con
los gobernadores y hasta algún elogio a rivales de otras escuderías.
Aunque la sobrevida política de
Reutemann, que habilita su lanzamiento
nacional y la expectativa de un peronismo reunido, le puede estropear a
Macri el intento de reunir a una gruesa franja de peronistas disidentes.
Otro ganador de la elección, en esta perspectiva, fue Julio Cobos.
De
regreso en el radicalismo, con un candidato muy sólido en Mendoza como
el senador Ernesto Sanz, se puso al frente de una elección contundente
que le permitió duplicar al peronismo gobernante en su provincia. Los
radicales también celebraron elo notable desempeño en Córdoba, que puso a
Ramón Mestre (h) en el Senado relegando al candidato del peronismo
gobernante. Pero más que nada destacaron el triunfo de
Cobos como la
consagración de un candidato presidencial. Cobos hizo lo que tenía que
hacer. Y los demás hicieron lo que él necesitaba. El tropiezo feo de
Elisa Carrió en la Capital -también ella fue generosa en una noche
difícil- y la caída del socialismo de Hermes Binner en el duelo con
Reutemann,
dejaron al vicepresidente en posición privilegiada para
representar en 2011 a este espacio de vigor renovado, que será la
segunda fuerza parlamentaria. Los liderazgos en construcción que
encarnan Reutemann, Macri y Cobos, aún las dudas que despiertan, sus
titubeos y sus definiciones imprecisas, son emergentes de una sociedad
que ayer dijo que se cansó y busca otro camino.