Me acosté temprano, noches así, sin escenas a la almohada. Que sorprendida, la pobrecita, creyó que podía, yo, estar enfermo. Porque de pronto, apenas anocheciendo, y de la nada, me deslicé silencioso, calmado, bajo las sábanas. Apretando, como bailando un lento, a la almohada.Y no me hizo reproches, la maltratada. La almohada sola. La cama toda. Entera. Estirar la punta de los dedos del pie, los brazos, mover la cabeza. La cama tierna, amigable. El continente todo, hermosa la cama, extensa, inexplorada. Como una señorita que de pronto dice que sí. Abrazando lo nuevo. Y sonó el teléfono. Un arcoiris de penas. El maldito teléfono. No el de la línea, ése con cable, al que sólo llama mi mamá. Presa de una generación vieja, sin identificador de llamada. Sino el celular. Clave. ¿Porqué no apagué el celular? Porque le cambié el chip. Porque es MI OTRO número. Y sonó. Solamente podía ser una persona y no era esa persona. Esperanzas viejas, tengo el corazón duchándose en un telo. Me vestí, bajé, todavía las veredas mojadas por la lluvia. Los vecinos volviendo a cocinas solitarias con un bife y con puré de papas, en bolsa, deshidratado. Bolsas de supermercado. El rengo durmiendo sobre el container de la basura. Una vez lo vi desarmar el esqueleto de un pescado, riéndose del manjar, tomando una botella de un whisky carísimo, que le había regalo yo, porque me lo regalaron y no me gusta. Pero escribo estas cosas, de borracheras, de noches talentosas. Un regalo corporativo, empresario, de esas anécdotas, de hacer el ridículo a veces, se nutre un nerds, como yo, que sale poco a los bares del infierno, que lee libros que ya nadie lee, que escribe, obsesivo, en todos lados, que va con la libreta de almacenero anotando los nombres que tienen las calles, recuerdos de la infancia, la fachada de una verdulería, el perfume de una chica de vestido floreado que espera el colectivo, la amenaza nuclear del miedo inmenso al mirar una playa de estacionamiento. La calle de mi barrio. El farmacéutico chamuyándose la paraguaya que limpia casas de viudas ricas. El dealers del taxi. El cana y su ronda nunca redonda. La esquina sin misterios. El barrio, tan torpe. Tan, no sé, nada. Y yo boludeando. Todavía con la corbata. De mi abuelo. Ya falleció, pero es que yo no tengo corbatas. Y corrí de urgencias a buscar una corbata. El cura no me dejaba, sino, entrar al bautismo. Y yo era por vez que se yo cuántas, padrino. No quiero ser más padrino. Se lo dije a Luciana, mi amiga. Ahora embarazada. De Cristian, castigado, también, por sensible. Cuando todos los adoquines se prendan fuego los mejores vamos a ganar. No sé qué, no importa. Quiero fuego. Quiero que arda. Quiero alegrías. La puta madre, siempre escribiendo cosas tristes. Sobrenombres bien merecidos. Este tierno desprestigio en el que hundir adversarios. La pira de la nada. Fogón viejo y gastado.
Me senté como de costumbre. En la mesa de la esquina. Y escuché, mirando la ventana, a mi interlocutor. Ni me molesté en preguntarle cómo consiguió mi teléfono. EL OTRO, el del chip, el que espera, al pedo, que vos me llames. El que pongo para dormir con esperanzas y sin interrupciones. Se largó a llover, un poco. Después más fuerte. Después me olvidé. Después silbé, al doblar la esquina, cuando volvía a casa. Con una mochila de tristezas nuevas. Malas noticias. Y subo, pesado, la escalera. Hay un plantín en un escalón. Pero está seco. Me da pena. Yo lo vi, creo que la primavera pasada, encendido de flores. Sonriendo como dando la bienvenida, qué pelotudo, mirá de las cosas que me acuerdo. Tengo pocos muebles. Y están cansados. Entro y no me saludan. Corto lechuga, finita. Le pongo, a la operación, mucha concentración, mucho volúmen, como si en el corte de la lechuga se me fuera, no sé, algún horizonte. Y caliento la sartén, tipo parrilla. Le pongo, hoy, esta noche, pimienta blanca al bife. No puedo comer sal. Voy, con los años, perdiendo batallas. De esas peleas tontas. Las otras, las del orgullo, las de la dignidad, las de ponerme de frente ante las cosas que soñé en el pasado, ésas, bueno, en ésas voy bien. Pongo el plato. La botella de agua. Abro la novela que estuve leyendo. Página 139. El asesino es el mayordomo. Puedo seguir contando y escribiendo. Algunos lo notan. Otros, no. Acaso se burlan. De la tristeza que siento. ¿Las personas se sienten, aunque sea un rato, todas, así?
Yo solía regar el plantín de la escalera. Después la vecina, con ruleros y pantuflas, me dijo que no había que regarlo tanto. Que se iba a secar. Ahora, igual, se secó.
¿O soy anormal, soy la excepción, a mí que a veces me palmean y me dicen bienpibe, la puta madre nadie se da cuenta de esta banquina, de este miedo a que se den cuenta de la profunda verguenza que siento de mí, les pasa a todos acaso o soy yo, a quién le grito, a la ventana, a la mesa que le falta una pata, a los rincones opresivos de este monoambiente, a los hoteles de arañas, a la nostalgia de mis carpetas, al word que me paga el alquiler, a la vida, al balcón, a los recuerdos, a las comisarías, a los hospitales, al futuro negro, a la miseria de los otros, a mis vanidades, a mi tonta capacidad de escribirme y escribirme sólo para que me quieran? Para cubrir mis defectos. Para llenar la heladera. Para que me aplaudan. Para que me digan. No sé, algo. En noches así. Qué bien vendría un llano y sencillo Lucas, te quiero. Un, si querés, para bajarle el precio, un a pesar de todo, Lucas, te quiero. O sino escuchar mi nombre, dicho por alguien, detrás de ese vidrio, empañado. Y que tengas los duros ojos de la ausencia.
Noches así. Donde la almohada, otra vez, se decepcionó de mí. Tengo que reducir la sal. Y la sinceridad.
Me senté como de costumbre. En la mesa de la esquina. Y escuché, mirando la ventana, a mi interlocutor. Ni me molesté en preguntarle cómo consiguió mi teléfono. EL OTRO, el del chip, el que espera, al pedo, que vos me llames. El que pongo para dormir con esperanzas y sin interrupciones. Se largó a llover, un poco. Después más fuerte. Después me olvidé. Después silbé, al doblar la esquina, cuando volvía a casa. Con una mochila de tristezas nuevas. Malas noticias. Y subo, pesado, la escalera. Hay un plantín en un escalón. Pero está seco. Me da pena. Yo lo vi, creo que la primavera pasada, encendido de flores. Sonriendo como dando la bienvenida, qué pelotudo, mirá de las cosas que me acuerdo. Tengo pocos muebles. Y están cansados. Entro y no me saludan. Corto lechuga, finita. Le pongo, a la operación, mucha concentración, mucho volúmen, como si en el corte de la lechuga se me fuera, no sé, algún horizonte. Y caliento la sartén, tipo parrilla. Le pongo, hoy, esta noche, pimienta blanca al bife. No puedo comer sal. Voy, con los años, perdiendo batallas. De esas peleas tontas. Las otras, las del orgullo, las de la dignidad, las de ponerme de frente ante las cosas que soñé en el pasado, ésas, bueno, en ésas voy bien. Pongo el plato. La botella de agua. Abro la novela que estuve leyendo. Página 139. El asesino es el mayordomo. Puedo seguir contando y escribiendo. Algunos lo notan. Otros, no. Acaso se burlan. De la tristeza que siento. ¿Las personas se sienten, aunque sea un rato, todas, así?
Yo solía regar el plantín de la escalera. Después la vecina, con ruleros y pantuflas, me dijo que no había que regarlo tanto. Que se iba a secar. Ahora, igual, se secó.
¿O soy anormal, soy la excepción, a mí que a veces me palmean y me dicen bienpibe, la puta madre nadie se da cuenta de esta banquina, de este miedo a que se den cuenta de la profunda verguenza que siento de mí, les pasa a todos acaso o soy yo, a quién le grito, a la ventana, a la mesa que le falta una pata, a los rincones opresivos de este monoambiente, a los hoteles de arañas, a la nostalgia de mis carpetas, al word que me paga el alquiler, a la vida, al balcón, a los recuerdos, a las comisarías, a los hospitales, al futuro negro, a la miseria de los otros, a mis vanidades, a mi tonta capacidad de escribirme y escribirme sólo para que me quieran? Para cubrir mis defectos. Para llenar la heladera. Para que me aplaudan. Para que me digan. No sé, algo. En noches así. Qué bien vendría un llano y sencillo Lucas, te quiero. Un, si querés, para bajarle el precio, un a pesar de todo, Lucas, te quiero. O sino escuchar mi nombre, dicho por alguien, detrás de ese vidrio, empañado. Y que tengas los duros ojos de la ausencia.
Noches así. Donde la almohada, otra vez, se decepcionó de mí. Tengo que reducir la sal. Y la sinceridad.








Por Cristian Carrillo

