La Patria, ese desgarro, tiene, más que otras ocasiones históricas, su corte transversal a la vista. Agrede, el corte transversal, la esencia única de lo social. De lo cultural. De lo económico como totalidad, digamos, orgánica.
Prosaicas imágenes, una manera de buchonear que otra vez con la misma cantinela, que requieren, además, de prosas viejas. Y bueno. Uno es sus obsesiones y desiluciones, también. O sobre todo.
Tanto la de la patria profanada que persiste en denunciar la intrusión de la negrada. Como la de la patria maternal, la Matria, que persiste en narrarse como la auténtica Patria, mayúsculas del original. Que, como todo lo auténtico, sólo es contra lo falso. El pensamiento binario se realiza, digamos, en Argentina. De un lado, Casa Tomada, de Julio Cortázar, descendiente de Una Excursión a los indios ranqueles, de Lucio V Mansilla. Apostillas del periódico La Tribuna, periodismo militante, de calidad. Ni Cortázar ni Mansilla carecieron de sinuosidades y su obra tiene una espacialidad compleja que es, todavía, territorio de disputas. Pero en esas obras específicas, sintetizadoras de La Patria, están las coordenadas de la Argentina racista, oprobiosa, cargada de odio y esa vocación de unicidad que en La Hora de la Espada puede ser dramáticamente violenta.
De la otra esquina del ring descendiendo del primer Martín Fierro, de José Hernández, Cabecita Negra, de Germán Rozenmacher.
Tanto la de la patria profanada que persiste en denunciar la intrusión de la negrada. Como la de la patria maternal, la Matria, que persiste en narrarse como la auténtica Patria, mayúsculas del original. Que, como todo lo auténtico, sólo es contra lo falso. El pensamiento binario se realiza, digamos, en Argentina. De un lado, Casa Tomada, de Julio Cortázar, descendiente de Una Excursión a los indios ranqueles, de Lucio V Mansilla. Apostillas del periódico La Tribuna, periodismo militante, de calidad. Ni Cortázar ni Mansilla carecieron de sinuosidades y su obra tiene una espacialidad compleja que es, todavía, territorio de disputas. Pero en esas obras específicas, sintetizadoras de La Patria, están las coordenadas de la Argentina racista, oprobiosa, cargada de odio y esa vocación de unicidad que en La Hora de la Espada puede ser dramáticamente violenta.
De la otra esquina del ring descendiendo del primer Martín Fierro, de José Hernández, Cabecita Negra, de Germán Rozenmacher.
Lucio Mansilla (cuya obra cumbre, premiada internacionalmente, fue publicada como parte del periodismo militante que él ejercía en beneficio de sí mismo en un diario fundado, auque no por él sino por amigos, en beneficio del sector político que él integraba), Cortázar, Hernández; no requieren de mayor explicación. El último escritor citado, Rozenmacher, goza, en cambio, de un desmerecido olvido. Saludable, ciertamente, hasta el clima cultural imperante a partir del kirchnerismo. Ahí, ese olvido es un desperdicio. Pero tiene que ver con las operaciones intelectuales, poco estudiadas, que en el plano de la literatura se han sucedido, incorporando el gorilaje, ciertamente resignificado, al acervo, digamos metafóricamente, popular. A la esquina barrial de este costado de la Argentina, el de la Matria. Pongámoslo, como convención linguística, en esos términos: la Patria y la Matria conviven, antagonizadas, pero como contracaras de sí mismas. Se acusan, mutuamente, de no representar la totalidad, dando por sentado el razonamiento inverso de que el emisor sí representa esa totalidad. Jorge Asís, lo enfoca desde Eduardo Mallea. Y lamentando la falta de síntesis. Con reminiscencias a los grupos literarios de Boedo y de Florida. No creo que esa división haya sido más que un episodio de desgarros profundos. Me parece que, esa vieja categoría propia de otra economía de las palabras, la del escritor regional, que surge después del peronismo, es más apropiada. Pero no es, tampoco, el núcleo del asunto.
Las diversas argentinas, en algunos momentos de densidad, se aglutinan, en bandos que pierden la calma, alrededor de la Patria y la Matria. Y entonces viene el pasaje a la lucha política y no quedan matices ni espacios afuera, el afuera pasa a ser, para el paria, la nada. Devenires que remiten a la lucha, en realidad, por los beneficios del puerto. Y sus desajustes sociales y desacoples literarios. Del lado de la Patria está el cura, el milico y el gaucho. Disputan, con relativo éxito, el folclore, son los dueños de las letras, más hoy que están etiquetadas académicamente y ellos, por supuesto, son los dueños de las mejores academias. La Matria vive de promesas imposibles. Como el peronismo mítico, el cristianismo con potencia, la promesa insensata del federalismo. Por ejemplo.
Rozenmacher es, aún siendo peronista, también un exponente de la Facultad de Letras, UBA. Territorio, de acuerdo a la clasificación, intrínsecamente de la Patria. Aunque Rozenmacher tuvo el descuido de no parecerlo, es un producto porteño, esquivo a su biografía, es cierto, pero también es cierto que es un producto académico. Hoy, olvidado. Por la academia, por los porteños y por el peronismo.
Rozenmacher tiene el desarraigo judío y pobre que todavía se respira en las calles cosmopolitas del barrio de Once. Que de día deslumbra de colores artificiales y bolsas grandotas de señora del interior. Que viene a proveerse. El circo de las chucherías guarda, todavía, cierto encanto literario. Ha inspirado algunas canciones, ya no de tango, sino de ese género barrial que es el nuevo tango, recitado, infatuado para seguir con el verbo. Y pocas, pero buenas, producciones literarias. Casi todas perdidas en ese género estúpido que son las antologías de sub 35. Destinado a morir, también, por la internet. Y entonces, morirán esas epopeyas que en un tiempo me parecieron simpáticas, las editoriales independientes. Que han sobrevivido gracias a un estado municipal que no tiene que "gestionar" nada. Puede darse el lujo de las bellas artes. En La Matanza no se consigue. Y ahí deschavé mis simpatías por la Matria.
En Requién para un viernes a la noche, su faceta dramatúrgica, que puebla, en realidad, toda su literatura -incluso, el periodismo militante que ejerció, entre otros lugares más vistozos de la época, en la revista Compañeros- ahí Rozenmacher, en los años 60 que fueron prólogo para los sobreinterpretados 70, expone los sinsabores de adherir al peronismo, ese torrente de juventud vitalizada, desde su cosmovisión y sentido de pertenencia judío. Hoy, por esas operaciones literarias, lo judío no es dicotómico del peronismo, y eso es muy bueno, pero situados en esa época cerrada, como el prólogo de los años 70, que hoy se presentan abiertos y libertarios, claudicando, justamente, las luchas de la época, clausurando su sentido, hoy es distinto, y quizás en buena medida esa distinción sea tributaria de aquella época. Pero tributaria, a mi juicio, de sus derrotas. No tanto, aunque también, de sus promesas.
Cabecita Negra fue editado por él mismo primero, por Jorge Álvarez después, ilustrado por Francisco Solano López, finalmente.
El perseguido y el perseguidor, en clave literaria, de Casa Tomada a Cabecita Negra, aunque en la explosión parisina de los 60 los encontraron, relativamente juntos a Cortázar, en su inmensidad literaria, y a Rozenmacher, anclado en Once.
Creo que sus obras no fueron reeditadas. Algunas, incluso, son inconseguibles. Por ejemplo, la obra de teatro que sobre el fin de la dictadura interpretó Luis Brandoni. Un actor cuya espesura, capaz que por esa impostura (tenía que aparecer el verbo impostura, je) de la televisión masiva, no sé, pero cuya espesura todavía no tuvo la atención hermosa que requiere.
Y Germán Rozenmacher falleció joven.
Y el olvido es, también, una intervención política.
Creo que sus obras no fueron reeditadas. Algunas, incluso, son inconseguibles. Por ejemplo, la obra de teatro que sobre el fin de la dictadura interpretó Luis Brandoni. Un actor cuya espesura, capaz que por esa impostura (tenía que aparecer el verbo impostura, je) de la televisión masiva, no sé, pero cuya espesura todavía no tuvo la atención hermosa que requiere.
Y Germán Rozenmacher falleció joven.
Y el olvido es, también, una intervención política.
