domingo, marzo 06, 2011

De mí




Oscar Cuervo me ha hecho sonrojar (y eso no es fácil, mirá que soberbia y egocentrismo, me sobra) con esta nota sobre, entre otras cosas, este servidor: 




Hasta donde yo sé hay una sola persona antikirchnerista que está haciendo un esfuerzo por pensar el kirchnerismo: es Beatriz Sarlo. La ventaja de Sarlo consiste en una práctica sencilla de enunciar pero difícil de poner en marcha: revisar continuamente sus propias hipótesis. Por eso es, entre los columnistas que aparecen en los medios de derecha, la menos previsible, la que en cada nota puede iluminar un aspecto distinto de la disputa política que se está llevando a cabo en la Argentina de hoy. De sus notas puede decirse que uno no adivina aburridamente antes de leerlas qué va a decir. Esta semana publicó un interesante artículo en La nación, titulado Hegemonía cultural del kirchnerismo. El objeto de su análisis no es de por sí muy atractivo: el candombe "Nunca menos", que un grupo de militantes, artistas y músicos le dedicó a Néstor Kirchner, y que fue difundido profusamente en las primeras fechas de este año de Fútbol para todos. Digo que el candombe propiamente dicho no es atractivo para pensar, o lo es bastante menos que las ideas que Sarlo pone en juego:

"Tengo, por primera vez -dice Sarlo-, la sensación de que así se expresa una hegemonía cultural no simplemente en el vago sentido de llamar hegemonía a cualquier intento de dirección de la sociedad, sino a una trama donde se entrecruzan política, cultura, costumbres, tradiciones y estilos. Fontova, en el video que muestra la grabación de 'Nunca menos' en el centro cultural apropiadamente llamado Homero Manzi, dice: 'Es la primera vez en mi vida que algo en la política me cierra, a pesar de que muchas voces de culebra están diciendo que está todo mal; Cristina es una mujer alucinante'. Nadie hasta el momento se preocupaba mucho de las opiniones de Fontova en relación con tal o cual gobierno; pero ahora su voz dice algo que otros quieren escuchar y decir, incluido el adjetivo 'alucinante'. Fontova flasheó con Cristina".

Es interesante el párrafo de Sarlo en la medida en que reproduce un eco, no sé si deliberado por parte de la autora, entre su "Tengo, por primera vez, la sensación de..." y la afirmación de Fontova: "Es la primera vez en mi vida que algo en la política...". Se trata de distintas primeras veces, y sin embargo se refieren a lo mismo. Lo que parecen compartir Sarlo y Fontova es que no están asistiendo a un cambio como cualquier otro, sino a uno de esos que sólo pasan una vez cada muerte de obispo. Sarlo dice que se trata de una nueva configuración en la que se entrecruzan política, cultura, costumbres, tradiciones y estilos. Esta trama toma forma no dirigida desde un aparato propagandístico estatal, como pretenden simplificar Fontevecchia o Tomás Abraham, con un reduccionismo casi ofensivo de la inteligencia de sus lectores. Los que se ponen en marcha son estratos sociales heterogéneos, con vínculos inéditos y códigos innovadores: se organizan en torno a ejes nuevos, conectándose por las redes sociales digitales, creando jergas novedosas. El candombe, insisto, no es el mejor ejemplo, pero es el que le sirve a Sarlo para pensar el asunto. 

Los intentos anteriores de reducir esta novedad, fracasaron estrepitosamente: la derecha se burló de Carta Abierta, de 678, presupuso que los blogs kirchneristas respondían orgánicamente a las directivas de un sector estatal, abusó hasta el hartazgo de la estupidez de creer que la gente se implica en política por el chori y el vino o por un cargo rentado. Cuanto más recaen en semejante simpleza, el fenómeno más se les sustrae, y esos intentos de neutralizar la novedad degradándola a una figura banal ("los viejos setentistas", "el clientelismo", "la Cámpora", "PPT"), caducan más rápido.

Creo que Lucas Carrasco es un claro emergente de esta novedad que trata de pensar Sarlo desde el otro lado. Es difícil encuadrar a Lucas, más allá del episodio que lo hizo saltar a las tapas de la prensa derechista ("el blogger K que amenazó con masacrar al periodista Alfredo Leuco"). No hace falta que vuelva a contar ese episodio, porque debe ser lo menos interesante que Carrasco produjo. Es cierto: tiene un blog y quizá él mismo se defina como kirchnerista, pero habiendo dicho esto aún no empezamos a comprender qué hace, qué dice y quién es Lucas Carrasco. El postea sus textos cada amanecer a eso de las 5 y media, y al leerlo uno tiene la sensación de que no es lo primero que hace en el día, sino lo último que hace en la noche. Por otro lado, no es fácil prever con qué se va a encontrar cada mañana en su República Unida de la Soja, puede tratarse de agronomía o de desesperación, de una declaración de amor o de abstinencia sexual, de una broma o una evocación de su infancia, de un desborde de odio contra los porteños o el capítulo de una novela negra que jamás será completada. (O tantas otras cosas: ver Comunicado de Pino Solanas sobres las valijas yanquis retenidas en Ezeiza, Santiago Llach, Me tenés podrido, tarada, etc.).Una escritura así, demasiado manchada de marcas coyunturales como para considerarla literatura, demasiado anárquica como para considerarla militante, demasiado desgarrada como para considerarla política, demasiado caprichosa como para considerarla periodismo, es todo eso junto: literatura, militancia, política, desgarro, periodismo. Pero sobre todo es algo más o algo distinto que la simple suma de esas cosas. Puedo imaginar que, si dentro de medio siglo alguien trata de comprender cómo era la Argentina kirchnerista, va a leer con mayor provecho los posts de Carrasco que los textos de Lanata, Aguinis o Nelson Castro. Carrasco es un punto de cruce de ciertas direcciones de la cultura argentina de comienzos del siglo xxi; y uno no concibe a un Carrasco en los años 70, así como resulta imposible concebir a un equivalente a Lucas escribiendo en favor de Pino Solanas, Lilita Carrió o Ernesto Sanz.

Esta noche (0:00 hs. del lunes) Lucas Carrasco viene en vivo a los estudios de FM La Tribu; será un gusto sostener un mano a mano con él.

La otra.-radio. 88.7. Escuchar on line.

sábado, marzo 05, 2011

Y seguimos, muy productivos, contando las grandes verdades que los medios hegemónicos ocultan

La carne se pudre. Como un alimento fuera de la heladera. El tiempo la corroe, y últimamente –ponele en unos 4.000 años de historia- muchos se han desvelado buscando el secreto, la fórmula, para perdurar. Para disminuir el dolor de los huesos, de los músculos, de las enfermedades. Algo se ha logrado. No digas que no. Los seres humanos, en promedio, viven más. Cada vez más. Y, ciertamente, una gran parte en relación a cualquier antes, vive, además, mejor. Sienten menos dolor. Tanto para paliar un cáncer como para operarse las tetas, el dolor, a veces, disminuye. Y nos vamos acostumbrando a eso. Entonces es natural temer más al dolor que a la muerte. Así de simple. Total, que la muerte no existe, en tanto no sabemos que és, la muerte no tiene existencia material más que lo de material que tiene el lenguaje. Que no hay nada allá atrás. Entonces, el problema es, claro, el dolor. No la muerte en sí. Aunque nos provoque. Negar la muerte es una cosa. Negar el dolor muy otra. Y el dolor, sin embargo, existe. Se apodera de la gente, de gente cercana, de gente lejana, engalana las tragedias, se pasea amargo por cualquier hospital. Como en todo, una sociedad dividida en clases, esa categoría tan vieja ahora que estamos en armonía nuevamente (dada la muerte, que no existe, de las ideologías), en el dolor también hay gente que es más igual que otra. En el reino de la igualdad hay siempre uno que es el rey, a eso se le llama liberalismo. Hay gente con más posibilidades de conservar esa efímera juventud eterna. Hay gente que no. Como en todo. Claro que es importante mantener la distancia, que la vulgaridad no pierda su estatuto de vulgaridad, como consuelo para pobres. Y yo creo que no. No me gustaría que así fuese. Aunque así es, claro. Y es muy poco lo que puede hacerse para transformarlo y mucho para evitarlo. Basta no ver, no mirar, hacerse el boludo.
Cualquier dislocación puede resultarnos perjudicial para nuestra propia salud. Que siga, entonces, todo igual. Que un ladrón de bancos sea menos prestigioso que un médico millonario, que una publicidad de una prepaga sea menos dañina que una publicidad de cigarrillos, que los medicamentos tengan patentes, que hay que pagar el conocimiento. En este mundo tan competitivo.

Si fuera guionista de cine, me gustaría narrar una película donde se les dé un golpe mortal al más grande laboratorio de medicamentos. Un grupo de ladrones, entrenados, que sin tirar un tiro, logren el botín de toda la producción de medicamentos de, ponele, un mes. Y luego los vendan en el mercado. Más baratos, que total es un fangote de guita. Y los farmacéuticos, que no son muy diferentes que los carniceros, van a comprar sin chistar mucho, en negro. En cuanto el mismo laboratorio, para recuperar las pérdidas, produzca más y lance al mercado los medicamentos, ya está. Iguales, a los otros, los robados. Sería linda la campaña, de periodistas muy pero muy serios, alertando a la población con la veintinueveava campaña de concientización del año, para que no compre el medicamento robado. Qué lindo que sería. Hasta podría tener un papel Ricardo Darín, que ahora-después de Nueve Reinas y Luna de Avellaneda- me cae bien. Total, ¿qué es robar un laboratorio comparado con fundarlo?

Contando

A las tres de la mañana llegué al despacho de mi contador. La secretaria no me hizo esperar. Cierre del año impositivo, siempre lo mismo. El impuesto provincial, las tasas municipales, imuestos nacionales, hay cambios en el monotributo y te pasaste acá y eso.
Además, mirá. Miro los papeles. Mierda.
A fin de año.
Una boleta impaga con intereses. Acumula madrugadas. Y parece que el cuerpo, también, me pasa factura. Firmé un pagaré, ni me acordaba, a nombre del cansancio. Y un año más y pasan cada vez más rápidos y densos. No cumplí, tampoco este año, las previsiones. Un montón de sueños están ahí: ¿los paso para el año que viene?, me pregunta el Contador, mientras saca del cajón la botella de whisky, no, le digo, dejalos. Estoy podrido de acumular deudas.
Y me sirve a mí también un vaso y se queda callado. Parece que lo peor está por venir.
-¿Vas a hacer un balance?
-No.
La secretaria abre la puerta, se despide del contador. Quedamos solos. Hay un porcentaje de vida como impuesto al consumo. No se paga, me explica, en todos los productos. En algunos, nomás, me dice, señalando el vaso. Ajá, miro la ventana, me saco el sombrero y lo tiro sobre el sofá. Me gustaría ser un tipo duro. No acariciarme el labio, por ejemplo.
-¿Puedo desgravar algo con la culpa?
-No- me contesta, seco. Y ahora también lleva los ojos a la ventana, como evitando mirarme.
-¿Llegó la factura?
-Sí. ¿Querés verla?
-Mmm, no sé. ¿Cuánto me queda?
-No te lo dicen. Es en cuotas, pero no te dicen cuándo termina.
-¿Se puede eludir?
-Boludo, no. Lo único que no se puede eludir es la muerte.
Y deja el vaso. Y se levanta. Hay algo afuera, porque cambia la mirada. Y la luz de la calle le da en la frente.
-¿Este año vas a blanquear la…
-No.
Asiente. Es un contador raro: no le importa conservar clientes. Ni aconsejar nada. Me estoy cansando, dejo también el vaso.
-¿Hay alguna moratoria?
-Nadie te perdona nada, siempre preguntás lo mismo. Si no querés, no pagues. Pero las cosas se acumulan.
-Mierda, digo, a nadie, y cierro la puerta. Un segundo me dura el intento de reflexionar. Hay luces en la esquina, camino hasta ahí. Mañana se verá.
Hoy no te fíes, mañana sí.
Al doblar la esquina me cruza un gato negro, ni se asusta. Una prospituta, ni me habla. Un ratero, ni me juna. Un taxi libre, casi me pisa el pie. Tomo un callejón más oscuro, un pasaje que lleva el nombre de un concejal muerto hace ochenta años. Está oscuro. Nadie me ve. Me prendo un pucho.
No voy  pagar ningún impuesto en el pulmón por este pucho. Estoy podrido de vivir en blanco.
Y el callejón se ilumina, con las luces rojas y celestes de un patrullero.
Me pide documentos.
Le muestro los documentos.
Creo que está por caer una llovizna.

Y bueno.


Estoy en la cola del banco. Hay bastante gente y calculo que tengo para rato, pero necesito cobrar un cheque. Llega atrás mío, un hombre joven, delgado, atlético, bronceado, de un traje bien cortado y una corbata sin discreción. Los zapatos le brillan. Lleva portafolios, obvio, lo abre, mira papeles, mira la hora, está preocupado, le suena el celular, lo apaga. No es un teléfono cualquiera, claro. Antes le dice, al teléfono, estoy en el banco, te llamo al celu en 20, y a esa voz la conozco, desde hace mucho. Te llamo al celu.
Y nos contamos de nuestras vidas, sí, ahora es abogado, está casado, de vez en cuando una trampa, le va muy bien, se le nota, ya no se ríe como antes, me pregunta por otra gente que él dejó de ver. Yo también. Mi remera y mis bermudas y mis zapatillas, capaz también las ojeras, le llevan a preguntarme, como si igual podríamos conversar casi de igual a igual, casi, lo llevan a preguntarme que tal me va, a mí, ¿a mí?bieeeen, le digo. Sin entusiasmo y levantando los hombros. Me enteré de no sé que cosa de vos, me dice, y yo le digo, ah. Este hombre, que tiene mi edad, está hecho un boludo. Posiblemente, cuando fue uno de mis mejores amigos en la adolescencia, debía haberlo proyectado: terminaría así. Porque difícilmente tenga ganas de comenzar algo, alguna vez, está terminado. Este hombre -tiene mi edad, pero es así: este hombre- está definitivamente terminado. Me está contando cuántos años faltan para que tengan un hijo con no se quién, pero ya no quiero escucharlo y busco con la mirada alguna chica que me entretenga. Las faldas nunca fallan para no mirar más a un boludo. Aunque. Todos sabemos que eso no es posible en los bancos, en ningún banco, no hay que hablar en plural: todos son iguales. La fila avanza y el corralito me deja frente a una rubia de lentes de contacto menos creíbles que su rubio, abrazado,  leyendo unos apuntes de facultad.  Los dos son falsos. Los dos son estúpidos. Me estiro un poco, contabilidad, lee, el rubio. Corroborado, es un estúpido.  Ni siquiera por ahí. Ahora me cuenta, El Hombre Boludo, que alguna vez, cómo pudo ser, fue mi amigo, ay, la adolescencia, qué cosa horrible, me cuenta los problemas para los papeles del auto, porque hay que comprarlo en tal mes y no en tal otro y no se qué impuesto, ni un celular tengo para que me suene, dónde mierda lo dejé anoche, los cajeros van lentos, son cuarentones acabados, pelados, sin ganas de estar ahí pero con la columna derecha. Viejas que van a cobrar y pagar facturas. Nadie en la cola de los plazos fijos, pocas abogadas con sus carpetas. Una que, sí, le digo, me acuerdo, fue con nosotros a la escuela. No ha perdido todas las formas, pero también está grande, adulta, de ella nunca esperé que sea otra cosa y está como siempre la había pensado. Pasable físicamente, anti sensual, haciendo un poco -un poco- de guita, vulgrizándose con los años, crecidita pero a la vez quedada en Franja Morada, tiene, también, mi edad, pero el tiempo no le hace estragos porque, se ve, nada le hace estragos. Detesto a la gente sin estragos. Sin úlceras en el alma. La cola del banco. Te pone así de cursi. Jamás podría pensar en "úlceras" del alma, dios, la cola del banco, te deja estos pensamientos, bancarios, poesía bancaria, voy a quedar pelado, con corbata roja y camisa blanca, la espalda derecha, los ojos marchitos, muertos siglos atrás, contando billetes de otros, odiando a mi esposa, incapaz de amar, empleado bancario, una mugre así, una porquería, un imbécil más esperando que llegue el fin de semana.¿Qué es robar un banco comparado con ser empleado?
Como algunas veces la había pensado, ella, altivita apenas, pocas mentiras, vulgarcita, medianamente inteligente, medianamente todo, hasta las tetas, medianas y medianamente caídas, y la cadera, medianamente ensanchada a su mediana edad, quee s mi mediana edad, por cierto, algunas veces la pensé de otra manera: ahora, por ejemplo, está vestida. Son filas diferentes, la de los abogados y sus carpetas y sus vidas aburridas es una cola con menos gente, la nuestra, da vueltas y vueltas en un cuadrado de señales en tela que le llaman corralito y el Hombre Boludo mira la hora y me dice no sé si me quedo, ah, le digo, sabiendo que va a quedarse. Un hombre boludo es un hombre ocupado. Un hombre boludo es un hombre superado. Un hombre boludo jamás tiene urgencias entre los cheques, no le tiemblan las manos, no le duran las resacas. Un hombre boludo es esencialmente feliz, a su manera, superficial y boluda. Un hombre boludo es un hombre admirable. Un hombre boludo es lo que yo quiero ser, de 11 a 15 pasado el meridiano. Mira para atrás, nadie más todavía se sumó a la cola. Pero un hombre boludo no nació para ser último. Amaga, mira para otro lado, qué hombre ocupado. Yo odio los bancos, pero su apuro me tranquiliza, hasta me estoy empezando a sentir bien. Un hombre boludo, con portafolios, éxitos en las paritarias, uno de esos tipos que nunca se olvidan de cambiar las ilas del reloj, ni de correjirse las patillas, un tipo así, en la cola del banco, me hace feliz. La Abogada ordena sus expedientes, sale de la ventanilla, se agacha a juntar un portafolio: sigue conservando sus mejores atributos. Fuimos, con ella, simpáticos compañeros y algunos intereses en común en algún tiempo nos hicieron pararnos a conversar. Siempre lo odió al pendejo rebelde y quilombero, marginal del fondo, de bromas pesadas que ahora se convirtió en el Hombre Boludo y mientras viene con sus tacos se para y lo saluda. Amablemente, con la misma simpatía profundamente falsa de aquellos años. Me ve a mí también, un poco menos de simpatía, algo de nostalgia y de qué es de tu vida. Además de tus zapatillas, tus bermudas, y que en el barrio se cuenta que estás en contra de la patria y de De Angelli, me mira extraviada: ¿vos no eras rubios, no tuviste los ojos claros? ¿Cómo fue, no me pregunta, que te hiciste comunista?
No ser abogado es quedar afuera de un mundo de portafolios y apuros, una secta secreta, parece, un trampolín de promesas. Me doy cuenta. Hablan un rato y ahora me ignoran, como hago yo, sólo que si cualquiera de ellos no tuviese un cómplice insistiría en hablar conmigo. Debe quedar feo para los abogados estar haciendo cola y que el tiempo pase sin que uno lo invierta en el futuro. Así sea para hacer una excursión a los indios ranqueles. Como el amigo judío que te da crédito en la tarjeta del antisemitismo, un perito mercantil te acerca al pueblo. Te da la coartada para alzar la naríz en los reencuentros anuales de egresados. Donde ya no me invitan. 
Los lentes de contacto, a ver, ponete optimista, tiene buen culo,  ya me parecen menos falsos los lentes  y el teñido, bueno, ponele onda: acordate de esa amante que tuviste y se teñía y aunque no se le parezca ni en los talones, con un poco de esfuerzo, buena voluntad y predisposición que, vamos, vos sos un tipo imaginativo, aunque sea de mañana, sonreí, fijate que tratan, misericordiosos, de hacer caridad e integrarte a la conversación. Y la Abogada se va y que te vaya bien y duda y vuelve y nos pide los teléfonos. El Hombre Boludo saca su celular y le da el número. No sé para qué necesita sacar el teléfono, cualquier Boludo lo puede saber de memoria. Yo le doy mi número, de un teléfono que se de memoria dónde lo perdí y en qué noche y porqué. Que total el contestador no se tomará la molestia de escuccharte: jamás vas a llamarme, doctora.
La estudiante de contabilidad ya está en una caja y el Hombre Boludo vuelve a hablarme y a decirme te acordás. Sí, me acuerdo. Tantas cosas me acuerdo. Preferiría, sino te molesta, no acordarme, ni reírme a carcajadas porque pintaste una pija en el pizarrón durante el recreo. Mirá, banana, tus travesuritas me parecen tan idiotas como tu saco cortado a medida, tu sonrisa autosuficiente, la vida arreglada que llevás. Serás candidato a algo. Seguro que nunca delegado de fábrica ni al frente de la comisión vecinal. A vos e van a concesionar una autopista, vas a matar una viejita para robarle la herencia, vas a colaborar con la cooperadora deun jardín privado, sos de los que les muestran fotos a los que visitan tu casa, con jardín, helechos y jazmines, al frente. Sos el Hombre Boludo. No lo olvides. N te agaches ara conversar conmigo. No trates de congraciarte, de hacerme sentir un igual. Me hacés sentir mal, en serio, mejor hablá por celular y que el guardia de seguridad, aburrido, se te acerque al oído, discreto -la gente con vos es discreta, sos un hombre con portafolio- para ordenarte que lo apagues. 
Llego a la caja, mientras el cajero, pelado, derrotado, aburrido pero con la espalda firme cuenta los billetes yo voy pensando en mis deudas y sacando números. Nunca cierran. Las deudas, los bancos cierran, en las provincias, a la una del mediodía y todos van a dormir la siesta. Los bancarios también. Después sacan la reposera a la vereda y miran a la hija adolescente de la vecina. En algo tienen que pensar mientras se cogen a la misma esposa de hace 35 años.
Le doy amablemente la mano al Hombre Boludo. No me pide el teléfono. Está apurado. Afuera, a pesar del ruido del tránsito, la gente que se choca en la peatonal, el calor, la policía, los vendedores ambulantes, los repartidores de volantes, hay aire puro, un sol berreta. Me tomo un trago a fondo blanco de ese aire y busco un bar con poca gente. No hay, aunque encuentro una mesa y una ventana y pienso en todo lo que nos separó del Hombre Boludo, de la Abogada, de la estudiante de contabilidad y del cajero.
Los hospitales, las drogas, el whisqui, las comisarías, los micros, el desempleo, las miserias, los libros, la tristeza, los tríos, las discusiones políticas, la superficialidad del periodismo, el hastío, el asado con amigos, las calles sombreadas, la mina que, una vez, en una terminal de Puerto Madryn me dio un beso y me dijo quedate
Quizás debí haberme quedado.

viernes, marzo 04, 2011

Iracundia

Tantas reuniones y cosas y proyectos y promesas y cuentas y adversarios y datos y revuelos y nervios y gente estúpida y gente brillante y gente con cara de nada que es nada y capaz que está bien que así sea, quién sabe. Una vorágine camino a nada.
Me acabo de sentar en la plaza, a comer un pancho.
Cuando cruzo las piernas, muerdo el pancho y me acuerdo del cumpleaños 88 de mi abuela, que fue ayer. Me acordé tarde, pero la llamé. Me cuenta de los bocaditos, 17 variedades, que hizo mi hermano menor. Y la voz, por teléfono, de mi vieja, que cada vez se parece más a la voz de mi abuela. Aunque desde chiquito, cuando mi vieja habrá tenido 25 años (uf, 8 años menos que yo!) ya me parecía una señora grande y adulta y segura. Después, bueno, después, todo lo que pasó después.Fue tanto. Fue tan rápido.
Y ahora, de pronto, las insinuaciones de la vejez desde el teléfono, mi vieja, jubilada de la docencia. En un matíz, se percibe, un giro de la voz. En algo que está secreto, en el fondo, ella lo sabe, yo también: hay algo horrible que se acerca. Algo innombrable que acecha. Siempre fue una posibilidad, después de todo. Pero, ahora, como un gato que viene lentamente, resignado, que trepa la alcantarilla, entra por la ventana, camina atravesando el living. Pronto, dice el gato, negro y de ojos brillantes, pronto.
Una señora se sienta al lado del mismo banco que yo. Una costumbre muy porteña. No pasa en otras plazas del país, eso de sentarse en un banco -diseñado para que entren dos personas, parejas, en general- eso de sentarse al lado de un desconocido en su banco y ni siquiera hablarle o mirarle la cara. La señora se saca los anteojos de sol.
Me suena el celular, lo apago. Ya voy, a esa reunión. Basta de joder tanto. Dije que iba a ir. Descruzo las piernas para darle más lugar a la señora.
Prendo, muy lentamente (es importate esto: muy lentamente) un cigarrillo. Hay algo que ahora sí se nota. Solamente ahora.
No toda la gente está apurada, loca, desquiciada, sobrepasada, nerviosa. Están los que duermen entre harapos. Están los que comen ensaladas. Están los que, como yo, se sientan un rato. Un rato largo, de cinco minutos hermosos y plenos. Y se sientan por el sólo placer de la duda.
¿Vale la pena todo esto?
Probablemente, sí.
Probablemente, no.
La señora hace un gesto de asco cuando le llega el humo del cigarrillo. Me levanto, camino un poco. Quizás nunca vuelva a cruzarme con esa señora. Saludo al del kiosco de diarios, a la boliviana que vende los panchos, al cadete del banco, al mozo que anda a las corridas llevando una bandeja por la calle, al agente de seguridad de mi edificio. Vuelvo a casa. Tengo media hora. Antes de rajar.
Me cortaron el gas.
Hay un ciego en el subte D que se llama Javier.
Una vez, medio en joda, escribí una biografía social de Los Iracundos. Ya cansado de escuchar, con la guitarra, a los borrachos de ese bar en calle 3 de febrero y Don Bosco, en Paraná. Me terminaron gustando, Los Iracundos. Me entusiasmé con eso, ya era casi un libro de unas 300 páginas. Estaba, en esa casa, solo. No tenía trabajo. Así que escribía, algunos bolazos miserables que mejor ni recordar, puchereando, nunca fui bueno para ganar unos mangos, y entonces para descargarme, unos bolazos entretenidos escribía, para mí, para joder. Los años 70 y Los Iracundos. Los revolucionarios años 70, je.

Comer un pancho, que vale 5 pesos, sentado en una plaza. Tomarme un rato. Tomarme un mate, con la pava eléctrica. Me cortaron el gas. También el teléfono. Compré, en una librería de saldos, una gran novela policial. Inconseguible desde hace unos años. El Séptimo Círculo, coleccion fundada por. En fin. Hay un montón de mundos apacibles entre las páginas y en los teclados. Hay un montón de cosas.

Anoche, cuando volvía a casa. Se me ocurrió una gran idea. Que a nadie le debe importar, por supuesto. Tengo un montón de ideas que a nadie le importan y un montón de anécdotas donde no pasa nada.
Creo que el pancho me cayó mal.
O que estoy triste.
En todo caso, tampoco es tan importante.
Pero tengo esa compulsión por tomarme el pelo, así, sin ningún sentido. Sólo porque me aburro o porque, en el fondo, como un grito desesperado, tengo esta necesidad serena de decir ese algo que es tan simple: yo sé que no hay nada verdaderamente importante por decir. Yo, lo sé. Nunca se me nota. Lo disimulo. Sospecho que a otra gente le pasa.
Se me enfrió el agua.
Tengo que comprarme, por fin, un termo.

Trabas

Date: Fri, 4 Mar 2011 10:48:57 -0300
Subject: Fwd: Las trabas del Gob.Ciudad para no hacer el reclamo por inundaciones
From: matias.m.fernandez@gmail.com
To: lucas-carrasco@hotmail.com

Hola Lucas, yo otra vez rompiendo las pelotas, te escribo este correo para solicitarte que me ayudes esta carta sobre las trabas que pone el Gobierno Macrista para no tomar los reclamos de las inundaciones de hace 2 semanas, reduciendo así visiblemente el número de afectados
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Escribo este correo para quejarme contra el Gobierno de la Cuidad y los CGP que ponen lo mejor de sí para cansar a los reclamantes por las inundaciones, ya que hacen lo imposible para que el trámite sea largo y engorroso, así la gente termina cansándose, no generando el reclamo correspondiente y reduciendo visiblemente la cantidad de afectados.

Les cuento mi experiencia

El día Domingo 20 de Febrero (la última inundación), el nivel del agua rebalsó cualquier medida posible de contención, arrastrando mi auto que estaba estacionado en la puerta de mi casa (Olazábal entre Conde y Superí) 45 metros y tapándolo casi hasta el techo, zafé de que no lo arrastrara aún mas por que el auto se subió a la vereda (sin heridos por suerte por que fue a las 4AM) y "encayo", pero hubo vecinos cuyos autos fueron arrastrados mucho más.

El día Lunes fuí a llevar el auto al taller mecánico a primera hora de la mañana y luego a reclamar infructuosamente a la compañía de seguros, los cuales como es común explicaron con lujo de detalles y en jerga jurídica el por qué la póliza que yo estaba pagando no "cuadraba" para que me cubran (véase se abrieron de gambas).

Luego, fuí al CGP de Juramento y Quesada, a informarme sobre qué papeles eran necesarios para poder realizar el reclamo, donde me dieron una lista bastante larga de documentación que debía presentar, como ser fotocopia del titulo de propiedad del auto, fotocopia de cédula verde, certificado de libre deuda de infracciones, un cd con fotos del auto, etc, etc, etc, etc, etc.

Como dato curioso, me comunicaron que el certificado de libre deuda de infracciones no podía ser el que se saca en internet, ni el que se saca en el mismo CGP, había que ir a las oficinas del registro automotor y sacar el que te dan ahí, obviamente jugando con que tengas que pedir más tiempo en el trabajo y desistas de entrada ante lo tedioso del trámite.

Obviamente no desistí, entre mi mujer (co-titular) y yo nos repartimos las tareas y fuimos haciendo los trámites, para el día viernes teníamos todos los papeleríos, muy sobre la fecha, ya que el Gobierno de la Cuidad dispuso que el plazo máximo para presentar la denuncia eran 7 días posteriores al día de los hechos, nuevamente, jugando con que la gente no pueda completar la mansalva de trámites que te tiran por la cabeza y desistan.

El mismo Viernes, cuando fuimos a presentar los papeles y luego de 2 horas de esperar a 1 número de que nos atiendan por que no habia NADIE para tomar los reclamos, conseguimos que nos diera bola alguien, nos comentaron que del Lunes al Viernes había cambiado todo, que además del libre deuda de infracciones había que sacar un libre deuda de patentes que se sacaba ahí mismo, y tenía un costo de 30$ (no se pierde oportunidad de recaudar), por lo que tuvimos que hacer una nueva cola que nos demandó 1:30hs adicional, y cuando finalmente tuvimos el papel y retomamos el trámite nos comentan que tampoco nos podían recibir el cd con las fotos, que teníamos que imprimirlas para que ellos despúes puedan escanearlas y enviarlas a la superintendencia de no se qué.

Acá quiero hacer un alto, o sea, miren si no será tan evidente que quieren demorarte el trámite lo máximo posible que nos piden fotos impresas para luego escanearlas (o sea DIGITALIZARLAS) pero no nos aceptan un cd con las fotos ya digitalizadas... inentendible.

Nos reconfortan diciéndo que igualmente no nos hagamos problema por que habían extendido el plazo a 20 días en vez de 7, por lo que nos tuvimos que volver a ir, mi mujer imprimó todas las fotos y fue el día Martes a completar el trámite, ya que a mi no me daba más la cara para seguir pidiendo tiempo en el trabajo.

Ese día aterriza con las fotos y le comentan que no encuentran el expediente del reclamo, por lo que estuvieron 2hs buscándolo ante la negativa de mi mujer a reiniciar el trámite de 0 y finalmente apareció, imagino que esta repentina "desaparición" del trámite no habrá sido intencional y realmente se les extravió, no vaya a ser cosa de que algún malpensado vaya a creer que cuando se acaban las excusas para tomar el reclamo los expedientes mágiacamente desparecen de algun cajón.

Finalmente, luego de 1 semana y 2 días pudimos realizar el trámite y ahora estamos a la espera de que nos contesten, aunque tampoco tenemos mucha fé ya que varios vecinos nos comentaron que pasaron por lo mismo y todavía estan esperando una respuesta (amén de una indemnización) por la inundación de Febrero de 2008.

Como para ponerle la frutilla al plato, el día Viernes 18/2 (2 días antes de la inundación), llamó un contestador a mi casa del Gobierno de la Cuidad que decía (textual) "¿Te acordás cuando Belgrano se inundaba cuando llovía? Ahora, con las obras del Gobierno de la Cuidad no se inunda más!", ¿irónico, no?

Como segunda frutilla al plato, me pregunto, a qué genio se le ocurrio hacer el bajonivel de Monroe (actualmente cortada para su construcción) en una zona inundable, ¿van a repartir trajes de buzo para curzarlo cuando se inunde?

Muchas gracias por su tiempo

Saludos,
Matías Fernandez

Y la foto es en ExpoAgro, eh


jueves, marzo 03, 2011

Me tenés podrido, tarada.


Así que hoy, cuando al mediodía, me levanté, tomé un vaso de agua y dije basta, vamos a hablar. Sentate ahí, quiero explicarte algo.
No lo tomes a mal, pero me tenés podrido. Llevamos mucho tiempo juntos, y creo que, sinceramente te lo digo, me rompés las pelotas. Quizás sea que esto ya se volvió una rutina, que el tiempo todo lo arruina, que algo se marchitó. Quién sabe. Pero ya no aguanto más. Date cuenta, esta relación no va. Yo quiero hacer una cosa, y vos otra. Yo quiero ir a un lado, vos a otro. Quiero comer una cosa, vos querés una distinta. Me vivís retando, y mirá, ya no soy un niño, verás, estoy crecidito, mirá, incluso, la panza que tengo, eh.
No puede ser que no nos pongamos de acuerdo.
No siempre tengo estas valentías, así, todo seguro, definido y contundente, como para terminar sintiéndose uno, sintiéndose propio.
Terminé el vaso de agua. Ella estaba en la otra silla, sentada ahí, sin decir nada.
Contestame algo, le dije, por favor, también le dije por favor, como para matizar. Pero ella, mi cabeza, seguía sentada ahí, si no me hubiese quedado yo con la espalda me daría la espalda. Me enferma, me enferma y me enferma cuando trato de hablar con ella y ella en otra, pensando dios sabe en qué.
Así que la saqué de la silla, me la coloqué y me rendí. No se puede hablar con la cabeza de uno. No te da bola. No quiere escucharte, no quiere tampoco, no sé, nada.
Pero, igual, te lo advierto, un día de estos, dejo mi cabeza ahí, sentada como una boluda, y me voy a la mierda.  No vuelvo más. Jodete. Ya me vas a extrañar, cuando no me tengas. Te creés autosuficiente, te creés todo, sabés qué? te la creés demasiado.
Y te estás quedando sin pelos y arrugada y en los labios se te nota que vivís de mal humor, el cuello te lo dejo, todo duro, y si querés la garganta, mejor, así decís pelotudeces vos y me liberás a mí de la culpa al otro día. Es más, llevate todo, hasta el cepillo de dientes. ¿Para qué quiero un cepillo de dientes sino tengo más cabeza?
No entiendo, hay gente que se lleva bien con su cabeza. Yo, no. Estoy harto.  Hay gente que la lleva de paseo a muestras de artistas plásticos, que la mima en la peluquería, que le hace masajes con el psicoanalista, que la mete en vaya a saber qué entrepiernas, hay gente lo más pancha con su cabeza,  caminando juntos por la costanera. Como fusionados. Como si fueran uno. Es más, aunque digan lo que digan que el amor se acaba, hay gente que pasa toda la vida junto a su cabeza. Conviven, obvio, con sus problemas, sus desacuerdos, pero jamás un desencuentro definitivo, ni siquiera una ruptura temporaria. Yo, no puedo.
 Nunca, en nada, nos ponemos de acuerdo. Encima, hay gente, ponele, en los parques, en las plazas, en el colectivo, no se los ve incómodos, no van discutiendo. La gente de la televisión, por ejemplo, todos llevan la cabeza puesta. No sé si tienen los huevos bien puestos, eso en la tele no se ve, pero la cabeza la portan con orgullo en primer plano.
Las modelos de las revistas, fijate, también.  Los pilotos de aviones, los astronautas, hasta los muñecos de ventrílocuos tienen la cabeza más o menos simétricamente.  No sienten lo que yo: dónde ponerla, cómo acomodarla, hacerla callar. Sobre todo eso: hacerla callar, un rato. Que me deje dormir. Que me deje de hinchar las pelotas. Aunque sea en los velorios, o en las fiestas, o mientras uno está cogiendo. Qué tiene qué meterse, en todo.
Hay días que quiero cagarla a palos. Decirle que hoy no, basta de discutir. O llegar a un arreglo, sentarla en la cocina, y decirle: cabeza, mirá, no nos queda otra que seguir juntos el tiempo que sea, quién sabe cuánto, así que lleguemos a un acuerdo: vos no me contradigas en todo, no te quieras fugar por la mañana, no sueñes mirando a la ventana ni te compliques por todo lo que falta y por todo lo que sobra, no preguntes como un chico de cuatro años porqué  porqué, no me hagas sufrir, ni me muestres el futuro, ni me muestres el pasado, ni me muestres, ya que estamos, por un rato, no me muestres más nada. Te lo pido por favor.
 Yo prometo, en serio, dejarte tranquila.  Que cada cual haga su vida. Sigamos, si querés, juntos, para que no nos miren raros los vecinos (queda mal, ya sé, una cabeza decapitada en el cesto de basura, solterona y solitaria, y yo, con el cuerpo liberado, de joda en joda sin tomar conciencia ni, de paso, sin tomar alcohol, sin fumarme un pucho, sin besar desprevenidas, aunque puedo inyectarme heroína no puedo tener alucinaciones: ok, estoy dispuesto a pagar el costo que sea porque, al verdad, de onda, me tenés podrido. Recontra podrido)
Pensalo, en el fondo, cuando andamos bien, hacemos una buena pareja, podemos convivir, intentar no dañarnos, firmar un pacto. Ya somos grandes. Los dos, de hecho, tenemos la misma edad, así que, no sé. Me parece que no me estás escuchando. Me dejás hablando solo, como si fuera un loco. Mejor, sabés qué: andate a la mierda.
Adonde vamos me dejás mal: todos creen que yo estoy loco, por tu culpa. Porque vos estás enferma, estás, no sé, sos complicada. Un día de estos voy a ir al psiquiatra. Y dejarte ahí, hasta nuevo aviso.  Y agradecé que te voy a dejar en un loquero, no en una guarderia para perros, aunque a vos no te arregla ni un veterinario, tarada.
Al cuerpo, cuando ya no sirve, se lo deposita en un geriátrico y se lo visita los lunes. Con vos, tendría que hacer eso, dejarte ahí, con el doctor, visitarte los lunes, y seguir una vida normal. Conseguirme un personal trainer y regar las plantas del patio.
Me da un poco de culpa, sé que estoy teniendo una actitud egoísta, sobre todo porque en algún momento -me vienen a la memoria los días de la infancia, donde vos inventabas los juegos- nos llevamos bien y fuimos el uno para el otro. Pero las relaciones con el tiempo se desgastan. Es así. No, no me digas que son problemas como los que afronta cualquier pareja, cabeza. Lo nuestro no da para más. No quiero abusar de mis brazos y arrojarte por el balcón, no, o cagarte a trompadas por más ganas que tenga –jamás le pegaría aalguien con anteojos-  ni encerrarte en el placard ni golpearte contra las rejas de una comisaría. Nunca fui un hombre violento. Ni pienso comenzar a serlo ahora. Pero, o te vas vos o me voy yo, en serio te lo digo. Tenés que reconocerlo: ya no nos soportamos más. Te paso una cuota alimentaria: con mi brazo izquierdo te doy cucharadas de sopa, te prendo un pucho, te afeito los viernes. Pero esto no da para más.
Basta de buscar excusas: la espalda, sí, es cierto, me duele, me jode bastante, pero la espalda puede curarse, qué se yo, unos masajes, paracetamol, y listo. Vos no parás ni cuando estoy durmiendo. Insisto. Hasta acá llegamos. Por lo menos durmamos en cuartos separados. Entendeme. Es, te lo juro, por el bien de los dos.
¿Qué?
No.
Te digo que no.
¿En qué sentido?
Ah, sí,  ahora yo tengo la culpa.
¿Qué yo nunca te escucho? Pero si la única que no para de hablar todo el tiempo sos vos!
Pará, pará un poco. No grites. Serenate y leeme. Leeme lo que te digo y después hablás vos, eh?
Fo. Bueno, dale, decime.  Te escucho.  
Bueno, puede ser. Pero si respetás el pacto. Más de una vez yo te propuse llegar a un acuerdo, vos me dijiste que sí, que todo bien, y después, a los días, nada. Hacías la tuya. Si esta vez me prometés que vas a cambiar puede ser... Al final siempre te salís con la tuya. ¿Te das cuenta que siempre terminamos haciendo lo que vos querés?
Bueno, basta. Basta, te dije. No quiero discutir más.
Vení, ponete acá, arriba de los hombros, que tenemos que salir.
Má qué a pasear, tarada, tenemos que ir a trabajar, y te necesito.
Pero cuando volvamos a casa vamos a hablar muy seriamente. En serio te digo.

miércoles, marzo 02, 2011

La Banda de los policías santiagueños




Los apellidos de la gente del común otrora, provienen en general de las ciudades, oficios u especializaciones regionales de cada nativo, en tiempos donde se viajaba poco. La argentina no está entre los 10 principales productores de centeno del mundo, aún siendo un país agrícola importante en el mapa mundial.
No sé si por esa razón, el apellido Centeno no es común, aunque sí lo parece al remitir a un grano relativamente conocido.
En la Alcaidía (nombre colonial si los hay) de la Unidad Regional Nro 2 de la ciudad de La Banda, provincia de Santiago del Estero, se escapó el preso Daniel Centeno, arrestado por estar sospechadode robo calificado. Se escapó el 7 de febrero de la misma comisaría donde, casi un mes antes, el 14 de diciembre, se escapó su hermano, Cristian David Centeno, que luego fue capturado.
Cristian primero estuvo preso en la Unidad Penal Nro 1, donde se organizó un motín. Tras controlarlo, derivaron a 35 de los supuestos involucrados a dos sitios distintos. Cristian Centeno fue derivado a la Alcaidía de La Banda, donde luego se escapó. Según informaron las autoridades del Penal, con su metro setenta, descalzo, con la camiseta del club San Martín, Centeno, tras permanecer en la cárcelde La Banda dos meses, abrió con las manos una puerta, forzándola (ajá) y se dirigió a una cisterna, donde trepó casi 7 metros (ajá) para luego, por los techos (ajá) huír, hasta el segundo piso de la Alcaidía (ajá), bajando por la puerta de la cárcel (ajá) e irse caminando (ajá) por cualquiera de las 3 calles disponibles (ajá). Supuestamente, esto sucedió adelante de 36 presos (ajá), entre quienes nse encuentra ningún buchón de la cana (ajá). De hecho, ninguno de los 36, durante un supuesto recreo (ajá) notó la ausencia de Centeno, porque éste se fue a un patio más alejado de las duchas donde se bañan los reclusos (ajá). No hay datos de que los mozos de la cárcel, al ir a recoger los pedidos de meriendas para cada recluso, ni las azafatas que reparten las almohadas y la revista "Rejas" de Sergio Szpollki, ni los personal trainer ni los decoradores interiores advirtieran nada. Pero, la sagacidad de los guardias, onda el Agente Mancuso,  advirtieron que Centeno se había dejado un par de ojotas. Bah, es así: vieron las ojotas sin dueño en medio del patio (los presos no van a andar llevándose lo que no es de ellos, claro) y entonces, se sentaron a reflexionar y...zaz! lo descubrieron, falta un preso!.
Por la noche, fue recapturado. Al igual que su hermano, fue recapturado, bien, bravo, tras pasar una tarde/noche libre. Ambos están presos por robo calificado.
Muy lindo todo.
Eso sí, si es usted santiagueño de La Banda -de la ciduad de La Banda, no de La Banda de los policías chorros-  y es robado por alguno de los Centeno, vaya y búsquelos al otro día, cuando vuelven a la cárcel. Y pídales a los sagaces agentes penitenciarios que le devuelvan lo que mandaron a robar a través de los hermanos Centeno.
Esta criminalidad organizada es garantizada por el juez Néstor René Miguelles que, o lo hace gratis y de puro boludo nomás, o tendrá su parte en el botín.